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Pablo Cabañas Díaz.

En el sexenio de José López Portillo en México, inició el régimen de terror y extorsión que su amigo, el “General” Arturo “El Negro” Durazo construyó al frente de la Secretaría de Protección y Vialidad del entonces Departamento del Distrito Federal. Durazo al paso de los años sigue siendo un símbolo de la corrupción policiaca. A la vez, el jefe de la policía era el responsable de llevar a cabo las campañas de moralización y “mano dura”, que hoy se añoran en pequeños segmentos de nuestra sociedad.

“El Negro” fue nombrado general de brigada, por su amigo el presidente. Sus ingresos, no venían de su sueldo, sino de otras fuentes: el contrabando a través de las aduanas, el tráfico de drogas y de armas, la trata de personas, la comisión sobre las compras de implementos para la policía -uniformes, vehículos, combustible-, y de una cuota quincenal y “voluntaria” que le pagaba cada uno de los oficiales y agentes de la institución para mantenerse en su cargo. Todo eso lo redondeaba con la nómina completa de tres mil agentes imaginarios de la policía, que sólo existían en el papel y para que el jefe cobrara los salarios en su nombre.

Fue escolta personal del presidente electo de México en 1976, y en diciembre del mismo año, José López Portillo lo nombró jefe de la policía capitalina. Más allá de los ”partes policiacos” nunca escribió un texto, pero un libro sobre su vida vendió más de 800 mil ejemplares. Permaneció ocho años en la cárcel, y desde ahí ganó un litigio por difamación en contra de su presunto biógrafo, José González González, quien también fue su guardaespaldas. Jamás tuvo voz para cantar y se le hizo un corrido que interpretaba El Charro Avitia.

Arturo Durazo Moreno, El Negro, fue un individuo carismático y cruel, que tuvo casi todo en sus manos -poder, dinero y honores-, perdió lo primero y lo tercero, y terminó su vida como altruista, convenciendo a alcohólicos de dejar de tomar, antes de exhalar su último suspiro en la cama, donde permaneció por casi cinco meses, víctima de un cáncer.

El resto, está narrado en el libro “Lo negro del Negro Durazo“, que se publicó en México en noviembre de 1983 y se convirtió en un bestseller : en el primer mes se vendieron 225 mil ejemplares, y las tiradas sucesivas superaban los 800 mil, sin contar las segundas partes ni las adaptaciones para comics. Allí se cuenta todo -o casi todo, puesto que aún faltaba la continuación, titulada “Lo que no dije del Negro y de otros”-; y casi todo lo que se cuenta, desde el asesinato común hasta la tortura, pasando por la extorsión.

Quienes piden “mano dura,” tienen nostalgia por el 9 de marzo de 1984, ese día, la ciudad de México fue el escenario de la que se consideró la redada más grande hasta entonces. Los policías de Durazo “recorrieron desde las 23 horas hasta las 4:30 horas (…) las más importantes avenidas con el propósito de detener a quienes parecieran dedicarse al oficio más antiguo del mundo”. En todo caso, la medida era para extorsionar a las personas capturadas.

La acción se concentró en la Zona Rosa, algunos medios, reportaron la inconformidad que provocó la gigantesca redada, que terminó por afectar también a turistas nacionales e internacionales que disfrutaban de la vida nocturna. A los pocos días, el semanario Proceso publicó un amplio reportaje de Carlos Monsiváis, en el que se denunciaba lo que parecía ser una política nacional de redadas. Con base en testimonios de la redada del 9 de marzo y de otras más en distintas ciudades de la República, el reportaje argumentaba que, con la excusa de enfrentar la delincuencia, los agentes policiales ocultaban sus propias fechorías: la extorsión y el robo a los sectores más vulnerables de la sociedad.

El periódico Unomásuno publicó el 28 de marzo de 1983, una columna que afirmaba que, además de afectar a las nuevas culturas juveniles, las redadas eran una política clasista. El mismo día, el periódico El Universal también reportaba los abusos de la policía en las redadas y se anunciaba una manifestación de protesta frente a la delegación Cuauhtémoc.

En todos los reportes destacaba, además, el robo, la extorsión y el cobro de multas por cargos administrativos, a menudo inventados. En las crónicas se asoma, también, la existencia de un sistema de “cuotas” de detenidos, y de zonas de la ciudad en las que había una “vigilancia” especial, lo que permite intuir ahora, la existencia de acuerdos tácitos y preexistentes que dotaban de tranquilidad a la vida nocturna y a las “buenas conciencias

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