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Francisco Medina

CIUDAD DE MÉXICO, 11 de septiembre.- (AlmomentoMX).- Cada año al conmemorar la Revolución Mexicana es inevitable mirar atrás y recapitular; los análisis retrospectivos son insoslayables, aquellos que abarcan las expresiones artísticas que se han producido en torno a la Revolución, y los que ponderan los ideales, las conquistas y las secuelas de uno de los grandes movimientos sociales del siglo XX.

La narrativa reflejó los cambios experimentados en la sociedad mexicana durante el siglo pasado: la vida campirana sucumbió paulatinamente mientras se propagaban nuevas costumbres, el entorno urbano y la modernización se consolidaron como nuevos paradigmas; y en la expresión literaria se desplegó en una gama de perspectivas, voces y estilos.

Es difícil poder imaginar los súbitos y violentos cambios que vivió el pueblo mexicano entonces. Las evidencias fotográficas no son muy claras − obvio, la fotografía se encontraba en pañales − y era utópico pensar en el video. Sin embargo, existe una evidencia que prácticamente nos ubica en medio de la lucha: la novela de entonces. La literatura de la Revolución Mexicana refleja en sus letras el momento bélico que se vivió entonces, debido a que las novelas de esa época dan al lector una idea de lo que fue la Revolución.

Para poder hablar de la literatura de la Revolución Mexicana, especialmente de sus novelas, primero hay que definir su concepto. El maestro Antonio Castro Leal dice que se entiende por novela de la Revolución Mexicana el conjunto de obras narrativas, de una extensión mayor que el simple cuento largo, inspiradas en las acciones militares y populares, así como en los cambios políticos y sociales que trajeron consigo los diversos movimientos (pacíficos y violentos) de la Revolución. Así también hay que ubicarse en el tiempo: la Revolución inicia el 20 de noviembre de 1910, y termina el 21 de mayo de 1920, se puede decir que con la caída y muerte de Venustiano Carranza.

El rango de la influencia que ha ejercido la Revolución Mexicana en la literatura es un parámetro muy esquivo; sólo puede determinarse con precisión el inicio del ciclo de la novela de la Revolución Mexicana porque aún no declina su vigencia como tema ó escenario, como estilo ó técnica. Al respecto, en 1972 Seymour Menton cuestionaba el final de la Revolución Mexicana y establecía que todas las novelas escritas en México desde 1910 merecían ser consideradas como novelas de la Revolución, en virtud de que el Partido Revolucionario Institucional (PRI), instauró un régimen que conservó el poder político del país durante todo el siglo XX e influyó en todos los aspectos de la vida nacional.

El acento en el análisis de Antonio Castro Leal recae en el realismo de los autores como narradores-testigos, quienes lograron un reflejo fiel de su entorno y sus circunstancias; indica que predominan los tintes autobiográficos, las descripciones objetivas de los acontecimientos y el desarrollo lineal de las narraciones como el transcurso natural del tiempo.

Seymour Menton indica que en la novela de la Revolución Mexicana el argumento se subordina a la narración de los acontecimientos, episodios y anécdotas en los que interviene el narrador.

Joseph Sommers puntualiza que el común denominador en las novelas de la Revolución Mexicana es que capturaron el caos y la confusión de un período dramático en la historia mexicana y establece que su originalidad reside en la definición de los problemas y ansiedades del pueblo mexicano en los albores del siglo XX.

El rasgo distintivo para Inés Sáenz es la fusión entre el realismo histórico de la novela de la Revolución Mexicana y la crítica social, cultural y política. El apego a la realidad y la visión crítica impidieron que los autores idealizaran a sus personajes y al movimiento revolucionario.

En 1911, la Revolución se transformó en algo más que un hecho armado o un acontecimiento político: ese año Mariano Azuela publicó la primera novela que se refería a la bola: Andrés Pérez, maderista. A partir de ese libro -y hasta muy entrado el siglo XX- la Revolución fue uno de los principales temas abordados por los literatos mexicanos por medio de cuatro grandes estrategias argumentales: las obras de reflejos autobiográficos, la narrativa de cuadros y episodios, las obras de afirmación nacionalista y las palabras del desencanto.

La narrativa de cuadros y episodios

 

Otra característica compartida por los narradores de la Revolución es que sus obras están escritas como una serie de cuadros que -de una manera muy similar a la de una fotografía instantánea- buscan mostrar los hechos de la gesta. Por esta razón, un autor de gran capacidad como Martín Luis Guzmán no puede evitar que El águila y la serpiente sea una serie de cuadros y episodios que no tienen entre sí una continuidad perfecta. Esto mismo ocurre con Campamento de Gregorio López y Fuentes, con Cartucho de Nellie Campobello o con ¡Vámonos con Pancho Villa! de Rafael F. Muñoz.

 

El desencanto

 

El entusiasmo nacionalista de algunos autores fue compensado por la visión crítica y desencantada que marca algunas obras dedicadas a la gesta: el Ulises criollo de José Vasconcelos, La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, Lola Casanova de Francisco Rojas González, la Nueva burguesía de Mariano Azuela son -entre muchos otros- algunos ejemplos de la narrativa que mira a la Revolución desde la perspectiva de la crítica y el desencanto.

La perspectiva crítica y desencantada de estos autores/protagonistas se convirtió -con el paso del tiempo- en una de las principales características de la narrativa que se ocupó de los hechos de la Revolución de 1910. Esto es lo que puede apreciarse, por ejemplo, en El gesticulador de Rodolfo Usigli, en La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, en El juicio de Vicente Leñero o en El Atentado de Jorge Ibargüengoitia.

Elvia Montes de Oca, Navas, señala que si la Revolución Mexicana fue ese remolino violento y devastador, ¿dónde queda todo lo que de ella se ha escrito y dicho como un movimiento creador y reivindicativo del pueblo mexicano? Es claro que la respuesta es sencilla, en el sentido de que la literatura del periodo narra hechos y da interpretaciones de sentido desde la posición ideológica que le da inteligibilidad a lo narrado. Nada más lejos de la intención de los novelistas de la Revolución que proponer verdades absolutas. El suyo es un acercamiento estético a hechos que pasan por el tamiz de la ficción.

Las novelas de la Revolución presentan un mundo desordenado y sin propósitos, debajo del cual palpita el anhelo de justicia que, ahora lo sabemos, estuvo oculto primeramente y luego fue acallado deliberadamente por el estruendo de las batallas y la politiquería, por los ruidos y las voces que silenciaron las de los auténticos revolucionarios. Éstos lucharon por los derechos y libertades humanas, por el triunfo de la democracia y la participación política de todo el pueblo, por la libre manifestación de ideas, porque la nación fuese dirigida por los más aptos, por un Estado igualitario, laico y colocado por encima de los intereses particulares de los sectores sociales; porque el poder del Estado fuera ejercido por hombres venidos “de abajo”, pero sostenidos en una clara posición ideológica y en su preparación intelectual, conocedores de las necesidades del pueblo y de otros pueblos y capaces de comparar, en beneficio del país, el adelanto económico y político de otras naciones.

La riqueza de las novelas de la Revolución es muy variada. Va del testimonio literario de quienes vivieron la Revolución Mexicana y protestaron creativamente por el desarrollo que tuvo finalmente. Algunos, decepcionados de la evolución y resultado del movimiento, contrarios a las ideas políticas y sociales de ellos, se alejaron de la política mexicana. Al contrastar el tratamiento ficcional de los hechos con éstos, esas novelas dejan ver, entre líneas, las respectivas ideologías de sus autores, e incluso sus contradicciones. Son obras que, en mayor o menor medida, contienen una historia rica y profunda de la Revolución, acotada y enriquecida al mismo tiempo por el tratamiento literario. Fernando Benítez lo expresó así:  Los verdaderos historiadores [de la Revolución Mexicana de 1910] han sido los novelistas y los ensayistas. Azuela, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Vasconcelos, proyectan más luz sobre ese periodo borrascoso que toda la montaña dejada por los llamados historiadores. El arte, enemigo del fárrago, del lenguaje tartajoso, de la desmesura, al erigir su mundo recrea el pasado, le devuelve a los hechos y a los personajes su vida y su magia, en suma, su profunda, trascendente espiritualidad. (Benítez, 1985: 13)

En su artículo de 1935, Berta Gamboa había propuesto una lista de obras pertenecientes al rubro, las cuales en su mayoría entraron en la colección de 1960 (en el caso de algunos autores, se cambió la obra compilada, mientras que se prescindió de dos series episódicas de 1934 mencionadas por Gamboa: Con Carranza, del general carrancista Manuel W. González, y La mascota de Pancho Villa, del nicaragüense Hernán Robleto). Así pues, Castro Leal modificó y completó la lista (con obras publicadas después de 1935) para ofrecer al lector un am- plio espectro de producción narrativa, publicado originalmente tanto en México como en el extranjero, en un período de más de treinta años, de 1915 a 1947. Los autores del primer volumen fueron: Mariano Azuela (Los de abajo [El Paso, Texas, 1915], Los caciques [1918] y Las moscas [1918]), Martín Luis Guzmán, (El águila y la serpiente [Madrid, 1928] y La sombra del Caudillo [Madrid, 1929]), José Vasconcelos (Ulises criollo [1935]), Agus- tín Vera (La revancha [1930]) y Nellie Campobello (Cartucho [1931] y Las manos de mamá [1937]). Los del segundo volumen: José Rubén Romero (Apuntes de un lugareño [Barcelona, 1932] y Desbandada [1934]), Gregorio López y Fuentes (Campamento [Madrid, 1931], Tierra [1932] y ¡Mi general! [1934]), Francisco Urquizo (Tropa vieja [1931]), José Mancisidor (Frontera junto al mar [1953] y En la rosa de los vientos [1941]), Rafael F. Muñoz (¡Vámonos con Pancho Villa! [Madrid, 1931] y Se llevaron el cañón para Bachimba [1941]), Mauricio Magdaleno (El resplandor [1937]) y, finalmente, Miguel N. Lira (La Escondida [1947]). Un lector atento de estas obras, algunas de las cuales ya forman parte del canon de la narrativa mexicana del siglo xx, mientras otras están injustamente olvidadas, concluirá que las diferencias entre ellas son tan significativas como los paralelos que permi- tieron al antólogo conjuntarlas. Además, son notables ciertas ausencias, como José Revueltas, Agustín Yáñez y Francisco Rojas González, por sólo nombrar a algunos escritores (aunque en ciertos casos esto podría explicarse por la imposibilidad de con- seguir los derechos de edición).

AM.MX/fm

 

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