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Luis Alberto García / Moscú, Rusia

* Trotski y su esposa llegaron un 9 de enero a Tampico.
* Perseguido de Stalin, no conoció a Lázaro Cárdenas.
* Las primeras balas fueron disparadas en mayo de 1940.
* La televisión rusa trató mal el tema en octubre de 2017.
* El matrimonio vivió cerca de la Casa Azul de Diego Rivera.
* Una época política de desconfianza de todo y de todos.

El hecho de que el general Lázaro Cárdenas y Lev Davídovich Trotski no se conociesen en persona ni se hubiesen visto nunca, luego de que el Presidente le otorgara asilo político, seguramente se debió a las circunstancias de entonces, con la derecha autóctona agrediéndolo y con barruntos bélicos en Europa y la Guerra Civil española recién declarada.
En ese sentido, hay quienes opinan que nunca se vieron ni tuvieron la necesidad de reunirse, como ha señalado Cuauhtémoc Cárdenas, ex candidato presidencial a quien Carlos Salinas de Gortari robó las elecciones del 6 de julio de 1988 e hijo de mandatario que, el 18 de marzo de 1938, decretó la expropiación petrolera.
En Los secretos del Kremlin (Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2017), el periodista francés Bernard Lecomte recuerda que, acompañado de su esposa Natalia Sedova, el hombre que combatió a los zaristas el frente del Ejército Rojo entre 1918 y 1921, fue recibido en Tampico por Diego Rivera y su esposa Frida Kahlo.
Desconcertada por el recibimiento de que fue objeto y el clima tropical agobiante de ese puerto, del que ni idea tenía que fuera por arriba de los 35 grados, la pareja de militantes rusos pisaron tierra mexicana, lejos de Moscú, del Kremlin, de donde partían las directrices que significaban la vida o la muerte.
A su llegada a México, Trotski y Natalia se mezclaron con personajes que coinciden en esos momentos en una nación explosiva, empezando por Rivera y Frida, como refiere el cubano Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros, reforzando lo descrito por Lecomte: ambos escritores narran que, del ámbito del arte, también vendrían las balas.
David Alfaro Siqueiros, otro de los grandes muralistas mexicanos cuya obra ya trascendía en el extranjero, quien se alistaría en las Brigadas Internacionales en la guerra civil española, participó en el intento de atentado del 24 de mayo de 1940, en el que, después de ser plagiado, provocaría el asesinato Robert Sheldon Harte, uno de los guardias de mayor confianza de Trotski.
Esas circunstancias, sumadas a la forma en que fue asesinado el antiguo dirigente de la Revolución soviética, dieron un aura especial a su exilio y al de su familia, que tuvo como particularidad que la persecución nunca cesó, observa Padura.
En una era en la que todos desconfiaban de todos y de todo, arriesgándose a la especulación histórica, el novelista cubano (Premio Princesa de Asturias 2015) cree que, de haberse impuesto a Iósif Stalin en 1924, Trotski hubiera abordado con más pragmatismo las contradicciones del modelo soviético.
Posiblemente habría aplicado métodos similares –pero no peores- a los de su verdugo, apunta el escritor, evocando una reflexión suya que molestó a los trotskistas: “Trotski se hubiera dado cuenta de que, en lugar de matar a veinte millones de rusos, solamente había que matar a un millón; pero al millón que era necesario, y esa pudiera haber sido una de las diferencias”, asegura.
En 2020, ocho décadas después de su muerte, la figura del político nacido al sur de Ucrania en 1879, seguía polarizando los ánimos, como se evidenció en Trotski, serie televisiva de Netflix mal hecha, distribuida y exhibida en 2019; pero producida en sociedad por el principal canal estatal ruso, que muestra al protagonista como un asesino.
La familia vio cómo su patriarca era interpretado y caracterizado como un anciano decrépito y senil cuando su edad al morir era de 60 años, aunque su apariencia física lo hacía ver como alguien bastante mayor.
Esteban Volkov y sus hijas se negaron a que se grabara en la casa el ataque de Ramón Mercader, ya entonces convertida en Museo del Asilo Político en la avenida Churubusco, entre las calles de Morelos y Viena 19 -en el barrio bello y tranquilo de Coyoacán- en cuyo patio está la tumba de Trotski con una hoz y un martillo grabados en piedra.
La antigua guarida del viejo león está a dos calles de la Casa Azul de Diego Rivera y Frida Kahlo, en la cual -hoy punto de peregrinaje de curiosos, turistas y estudiantes-, Lev y Natalia vivieron recién llegados a México, dejando un testimonio histórico más, casi sin fin, de sus existencias trágicas.
En los viajes que hizo para presentar y promocionar su novela de más de 750 páginas, Leonardo Padura cree haber encontrado un veredicto popular a la pugna histórica: “Por haber estado fuera del poder, Trotski alcanzó otra dimensión que, pasados ochenta años, todavía tiene”.
Y añade: ‘Hay quien diga: ´soy trotskista o tengo inclinaciones por el trotskismo’, pero es difícil toparse con alguien que diga: ‘soy estalinista o tengo inclinaciones por el estalinismo’”, mientras otros de sus simpatizantes lo imaginan haciendo la revolución y lanzando discursos como ningún otro dirigente sabía hacerlo.
Sus antiguos compañeros de armas y debates en defensa del proceso revolucionario, no lo concebían cuidando conejos dentro de jaulas que, derruidas, aún se conservan a un costado del patio de la casa de Viena 19 en la que Lev Davídovich fue atacado el 20 de agosto de 1940.

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