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Luis Alberto García / Moscú, Rusia

* El criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón dio su diagnóstico.
* Calvario y pasión de Ramón Mercader, un sentenciado a vivir.
* Nadie sabe y nadie supo más sobre el homicida de Trotski.
* Nunca pensó que la muerte llegara de aquel “amigo”.
* Su silencio resultó excesivamente caro para el Kremlin.
* La estancia en Lecumberri la pagó sin quejas ni reclamos.

¿Matar a un político e ideólogo de la Revolución bolchevique? ¿A un personaje clave para el prestigio del régimen soviético simplemente por despecho? Ambas preguntas parecen irracionales, sobre todo si se toma en cuenta que Lev Davídovich Trotski se preparaba a escribir la biografía del dictador de la Unión Soviética, Iósif Stalin, que sería un verdadero documento de denuncia.
Desde que Trotski fue expulsado de la Unión Soviética en 1929, se convirtió en un incansable propagandista de lo que él llamaba” la traición al proletariado por parte del chacal del Kremlin”, y fue entonces cuando criminólogos mexicanos afamados como el doctor Alfonso Quiroz Cuarón se encargaron del asunto.

Los especialistas que colaboraron con el científico aplicaron al homicida Ramón Mercader del Río un estudio social-orgánico-funcional, cuyo resultado se extendió en casi mil 500 páginas; sin embargo, la psicología aplicada no dio ningún resultado, ya que tal cantidad de hojas dibujaban a un personaje completamente falso, el “personaje cutáneo de Jacques Mornard”, concluiría Quiroz Cuarón.

Ante la imposibilidad de arrancarle la verdad y debido a su comportamiento, los estudiosos decidieron buscar evidencias por el lado de Sylvia Ageloff, la novia que lo había presentado e invitado a ver en varias ocasiones a Trotski, quien conocedora de los hechos, proporcionó la pista para iniciar una investigación valiosa.

El primer interrogatorio se lo hicieron a Sylvia frente a Mercader-Mornard-Jacson, loca de rabia y sin poder ocultar su desprecio por el hombre que el día anterior amaba y que la traicionó: pidió a gritos que lo mataran igual que él mató a Trotski.

Cuando Sylvia relató los acontecimientos con más detalle y en su búsqueda por demostrar la culpabilidad del asesino, solicitó que observaran las reacciones de Mornard, y era evidente que el asesino entendía lo que se estaba diciendo, algo reforzó la sospecha de quienes creían que el homicida era español o sudamericano.

“Mi origen es belga”, se limitaba a decir Jacques una y otra vez, ante lo cual se decidió invitar a Jean-Luc Loridan, embajador de Bélgica en México, para que sostuviera una plática con el reo, seguramente la prueba más dura por la que tuvo que pasar.

Era obvio que Iósif Stalin no se cruzaría de brazos ante el fallido asesinato y Trotski sabía que sus días estaban contados, por lo que aceleraba su trabajo y se refundía cada vez más en la casa-fortaleza de Coyoacán extremadamente vigilada.

Nunca pensó que la muerte llegara de aquel “amigo”, un estalinista encubierto que, ya en confianza, siempre amable -obsequiaba cajas de chocolates a Natalia Sedova, la esposa de Lev Davídovich- entraba y salía del caserón escudado tras la figura de Sylvia, su menuda y querida colaboradora y ferviente trotskista.

Ramón Mercader dedicó los últimos años de su vida –nació en 1913 3n Cataluña- a una empresa que también era un compromiso ideológico: dar muerte al peor de los enemigos de la Unión Soviética y del proletariado que había hecho una Revolución triunfante.

Ese enemigo habría de pasar veinte años pagando su culpa y así lo entendía él, y seguramente muchos años más invirtió en la preparación del delito que implicaría también el propio asesinato, para lo cual hubo de dar enormes rodeos y contactarse con un sinfín de gente que le permitiría acercarse a Trotski sin levantar sospechas.

Todo se facilitó cuando Mercader conoció a Sylvia Ageloff en París en 1938, y logra seducirla con su prestancia física, su inteligencia y simpatía encantadoras, no obstante que varias veces se separaron: ella por viajes que exigía su militancia trotskista, de la cual siempre fue participante activa, y él por motivos de negocios.

En Nueva York, se encuentran de nuevo y viven juntos una temporada antes de que él le anuncie su decisión de viajar a México; sin embargo, la convence de que lo acompañe y ella lo alcanza poco después, como lo documentó Leonardo Padura al escribir El hombre que amaba a los perros, novela histórica reveladora.

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