lunes, mayo 27, 2024

Unión Soviética: réquiem sin pena y funerales sin gloria

Luis Alberto García / Moscú

*Revelaciones sobre los últimos días del comunismo

*Los secretos del Kremlin, al descubierto años después.

*Situación en Moscú recordaba los días dramáticos de 1917.

*Las actas de las reuniones del Politburó en 1989 y 1990.

*Detalles sobre la acelerada descomposición del antiguo imperio.

*Peleas y denuncias donde, entre camaradas, se acusaban de todo.

Apenas cabe imaginar acontecimientos más dispares que los que tuvieron lugar en octubre de 1990 en Berlín y en Moscú: a las diez de la mañana de un soleado miércoles 17 de octubre, dos semanas después de la reunificación alemana, se celebraba en el Kremlin una reunión del Consejo Presidencial, el grupo de asesores especiales de Mijaíl Gorbachov, entonces dirigente máximo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

No se trataba de una sesión rutinaria, sino todo lo contrario: más tarde, Anatoli Cherniáyev comentó que aquel encuentro le recordó “la situación existente en San Petersburgo en octubre de 1917, cuando los bolcheviques amenazaban con asaltar el Palacio de Invierno”, y vale recordar que, en 1990 ese experto en política exterior, era alguien como el Henry Kissinger de Gorbachov.

El temor cundió en la reunión ante una frase dicha por uno de los más notables asistentes: “La desintegración avanza a toda máquina”, clamaba indignado Nikolái Rizhkov, jefe de Gobierno de la Unión Soviética. “¡Todos los medios de comunicación de masas trabajan para la oposición! ¡El consejo central de los sindicatos también! ¡Incluso el Partido!”.

Vladímir Kriuchkov, el pálido responsable del Komitet Gosudarstvennoy Bezopasnosti (KGB), el poderoso Comité para la Seguridad del Estado, es del mismo parecer: “Esto es una declaración de guerra contra el régimen”, gritaba. “Si no hacemos algo, se avecina el final”.

Qué escena tan diferente tenía lugar en ese mismo instante mil 600 kilómetros al Oeste, donde toda Alemania seguía presa del vértigo de la reunificación, y el Este se había aliado con el Oeste. Hace dos semanas que la República Democrática Alemana se había adherido al “ámbito de vigencia de la Constitución”.

No faltó quien dijera que la campana de la libertad sonaba mientras los alemanes izaban la bandera federal roja, negra y oro delante del Reichstag berlinés; luego suena la Novena sinfonía de Beethoven con la Himno a la Alegría de Schiller, y acto seguido se celebran fiestas populares a lo largo y ancho de un país que todavía medía más de 22 millones de kilómetros cuadrados, de Moscú a Kamchatka, de Leningrado (hoy San Petersburgo) a Sebastopol, de Stalingrado (hoy Volgogrado) a los confines de Siberia y el Polo Norte.

Tras algunas indecisiones, Gorbachov había preferido quedarse en casa, enviar un mensaje a Berlín, escribir que ése era un “gran acontecimiento no sólo para los alemanes”, que la reunificación se llevaba a cabo en la “frontera que separa dos épocas” y que se convertiría en un “símbolo” y, sin lugar a dudas, también en un factor que contribuiria a “consolidar el orden general que sustenta la paz”.

Aquel día de octubre, Mijaíl Sergueiévich Gorbachov, quien había iniciado la renovación de la Unión Soviética hacía ya cinco años y medio al implementar la perestroika y la glasnost, veía sus ilusiones hechas pedazos en su propia patria.

Han pasado bastantes años desde el desmoronamiento del imperio soviético y todavía sigue siendo un misterio lo que ocurrió en el Politburó, en aquel clan o gremio dirigente del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) creado por Nikolai Ilich Uliánov, Lenin, poco antes de la Revolución que puso el 25 de octubre de 1917 en su acta de nacimiento.

En esos cónclaves jamás se permitieron las transcripciones taquigráficas, y es cuando cabo preguntar: ¿De qué hablarían cada jueves aquellos trece personajes señoriales vestidos de gris, de los cuales el más mayor contaba ochenta años de edad en promedio, y el menor de ellos era Gorbachov, con solamente 54 aniversarios?

Un legajo de actas auténticas del Kremlin –mil 400 páginas cuya segunda parte se publicó a principios de noviembre de 2006- resolvió el enigma, al saberse que, desde 1985, tres colaboradores de confianza de Gorbachov registraron lo que ocurría en las reuniones confidenciales del Politburó del PCUS, del Consejo Presidencial y del Consejo de Estado.

También se supo de aquello que hablaba Gorbachov en su círculo más íntimo -incluso en conversaciones sin testigos-, del que formaban parte Anatoli Cherniáyev, su asesor en cuestiones internacionales; Vadim Medvedev, secretario del Comité Central y experto ideólogo, y Gueorgui Sachnasárov, especalista en todo lo que ocurría en los países socialistas.

En la era de Gorbachov, la polémica arreciaba en el Politburó soviético, había peleas y denuncias, la gente hablaba mal de los demás, los camaradas no se medían en sus dichos, y por eso, las actas en las que se abordaba el destino del imperio soviético se leían como si fueran una novela de suspenso sobre las intimidades palaciegas.

Eso no lo consiguió ni siquiera Bernard Lecomte en “Los secretos del Kremlin” (Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2017), libro que pretende revelar los secretos de lo que ocurría en uno de los edificios más representativos de la historia de la humanidad.

El 3 de noviembre de 1989, seis días antes de la apertura de la frontera berlinesa y la demolición del muro, los camaradas de Moscú reflexionaban acerca de la conveniencia de ordenar tirarlo antes de que otros lo hicieran, como finalmente pasó.

O sobre si no sería oportuno que el jefe del Gobierno de la RDA, Hans Modrow, aún siendo miembro del Partido Comunista de la RDA (SPD), se infiltrara en el SPD alemán oriental como su futuro líder, y también trascendió de cómo al final Cherniáyev pedía desesperado a su jefe que dejara de oponerse de una vez por todas al ingreso en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de la Alemania unificada.

Esta colección de actas fue editada por la Fundación Gorbachov, con sede en Moscú, ya cuando Cherniáyev había cumplido 85 años en 2006, y fue quien dirigió la labor de compilación, logrando una antología que solamente él, que antes de ser nombrado asesor por Gorbachov, en 1986 había trabajado durante dos décadas años al servicio de la sección internacional del Comité Central del PCUS.

Político ordenadísimo y con una inteligencia superior, había llevado un diario de todo cuanto ocurría y probablemente cuando más empeño derrochó tomando notas taquigráficas, fue en las reuniones del Politburó o en los encuentros con otros jefes de Estado.

Los papeles moscovitas sacan a la luz cómo los sóviets ignoraron deliberadamente al canciller de la República Federal Alemana alemán durante casi dos años, argumentando que “Helmut Kohl tiene que aprender la lección”; pero hubo que esperar al verano de 1987 para que comenzara el deshielo con una conversación de Gorbachov en Moscú con el presidente alemán, Richard von Weizsäcker.

Inmediatamente después, el líder del Kremlin recibía la aprobación del Politburó para poner en marcha un “gran diálogo” con Bonn; pero hay otro motivo que explica este giro en redondo: “No podemos dejar la RFA en manos de Erich Honecker”, el máximo dirigente de la República Democrática Alemana.

Gorbachov y Honecker no tenían mucho que decirse, y fue cuando se decidió que fuese Helmuth Kohl quien se reuniera con el hombre que miró el final de un sistema político y económico septuagenario, en un capítulo que merece revisarse en una segunda parte.

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