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Vickie Jones, la joven que llenaba estadios haciéndose pasar por Aretha FranklinSe fue Aretha. La última –y extraordinaria- sobreviviente de la época de oro de la música negra estadounidense. Llevaba al acetato esa voz de profundas raíces, un manantial de blues, de góspel ancestral, eco de un exorcismo de sus demonios tan íntimos –una maternidad precoz, un matrimonio violento-. Voz que era el eco de un eco. Alcanzaba una sombría tonalidad de introspección y dolor, honda, ruda, matizada, ennoblecida por el tiempo. Al mismo tiempo grave, áspera y cortante,  parecía hecha para resonar en bóvedas de iglesias o entre el humo de los cafés, en la mitad de un bosque o cerca de una hoguera encendida.

Escribieron Barack y Michelle Obama: “en su voz podíamos sentir nuestra historia, toda ella y en cada sombra: nuestro poder y nuestro dolor, nuestra oscuridad y nuestra luz, nuestra búsqueda de la redención y nuestro respeto, duramente ganado”

Ramón Márquez C.

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