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Luis Alberto García / Moscú

*El peso y presencia de su apellido fue importante hasta 1998.

*Las malas mañas acabaron con el puritanismo deportivo.

*¿Cómo vender las bondades de una marca en nombre del futbol?

*Los grandes ricos buscan paraísos fiscales y zonas de confort.

*Sudáfrica, Corea y Japón tuvieron por fin sus Copas del Mundo.

 

 

Hasta la llegada del brasileño Joao Havelange a la presidencia de la Federación Internacional de Futbol (FIFA) en 1974 -fallecido el 16 de mayo de 2016 en Río de Janeiro, su ciudad natal-, el deporte mundial estaba aún gobernado por el puritanismo anglosajón que, sin esperarlo, saltó por los aires.

En el deporte -empezando por el futbol entraron las grandes marcas, con Adidas al frente, siguiendo la Coca-Cola, Visa y Kodak- desapareció el patriotismo y la inocencia que hasta entonces habían inspirado al deporte en general.

Éste ya no solamente tenía derecho a repartir el dinero de los asistentes a los eventos deportivos, sino también el que podrían aportar las marcas a cambio de tener la exclusiva en aquellos acontecimientos que se habían convertido en los espectáculos televisivos con más audiencia en el planeta.

Durante mucho tiempo, cada dos años el acontecimiento deportivo más visto de la historia ha sido la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, luego la final de los Campeonatos Mundiales de futbol –el de Rusia en 2018 fue visto por mil millones de terrícolas- y luego, de nuevo la inauguración, y luego, de nuevo, otra final…y así.

¿Cómo no vender a tantísima gente las bondades de tal o cual marca? Joao Havelange, Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI); y Primo Nebiolo, fundador de un Campeonato Mundial de Atletismo a la sombra del éxito de los Juegos Olímpicos, se aplicaron a ello.

El resultado fue desigual: el catalán Samaranch consiguió para los Juegos un éxito: en los de Barcelona en 1992, derrumbó la barrera del amateurismo, que para entonces se había convertido en una fachada bastante hipócrita.

Nebiolo le dio al atletismo años de gloria y difusión televisiva que se mantuvieron mientras él tuvo pulso para mantener aquéllo, y así el deporte de pista y campo vivió sus mejores años, con una alternancia brillante entre los Juegos Olímpicos y el Campeonato Mundial, pero una vez que faltaron él y sus mañas no ha sido lo mismo.

El mero hecho de que, en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro de 2016 la ceremonia inaugural se haya realizado en el estadio de Maracaná -hecho exclusivamente para jugar futbol- en lugar de en el estadio olímpico  llamado Joao Havelange, refleja esa evidente y clara decadencia.

De la mano de las grandes empresas monopólicas multinacionales, Havelange se enfrentó a la visión previa del deporte como elemento noble, educativo, faro de decencia, exaltación de los valores físicos y morales de la especie humana, transformándolo en un óptimo negocio.

Y fue para contrarrestar a los enemigos del mundo anglosajón, que se sentían dueños y cuidadores de los viejos valores deportivos, apoyándose en el cada vez más difuso y disperso Tercer Mundo, al aumentar su número de votos con su presencia en las competencias futbolísticas cuatrienales que conmocionan a media humanidad desde 1930.

Joao Havelange también incentivó la creación de torneos mundialistas juveniles –Sub 15, 16, 17, 20 y así hasta el infinito en nombre de los negocios-, y el Campeonato Mundial femenino que ganó (3-1) Japón a España en agosto de 2018, cuya organización se pretende extender a zonas distintas de Europa y Sudamérica, los espacios tradicionales del futbol desde hace casi nueve décadas.

Eso ha funcionado hasta ahora y ése es el legado de Havelange, puesto que, hasta que él llegó a la FIFA en 1974, el futbol había sido asunto europeo y sudamericano, ni siquiera de Norteamérica y el Caribe, menos de África y Asia; pero cuando se jubiló en 1998 para dejar en su lugar a Sepp Blatter, el futbol ya era universal.

Habíamos tenido la Copa FIFA / Estados Unidos 1994 –Henry Kissinger mediante y como su principal impulsor en su patria adoptiva-, estaba programado el de Corea-Japón para 2002 y quedaba abierta la expectativa de uno en el llamado Continente Negro, que por fin llegaría en 2010 para Sudáfrica, con Nelson Mandela aún vivo.

Ese es el lado más o menos claro del futbol; pero el oscuro ha sido la corrupción, que irrumpió lenta y  progresivamente en el deporte de la patadas, el pasatiempo favorito del mundo que, sin duda alguna, lleva años manejando enormes cantidades de dinero.

A partir de Joao Havelange, empezó a ser el dinero el que manejó al futbol, radicado en paraísos fiscales como las Bahamas y las Islas Caimán –los territorios que los grandes ricos prefieren-, saltadas las barreras que, anticuadamente, las viejas tradiciones anglosajonas imponían, en una nueva era en que la decencia empezó a ser prescindible.

Incluso la apariencia de decencia dejó de serlo, pues el futbol funcionó y ha seguido funcionando desde dos parámetros: la eficiencia para difundir ilusión por toda la Madre Tierra y la indecencia de quienes lo manejan.

Ejemplo de ello fue la quiebra de ISL, empresa de mercadotecnia deportiva creada para la explotación de las Copas del Mundo y sus derivados, que dejó un boquete de 196 millones de dólares, el reverso más visible de la gestión de Havelange, aunque no el único.

Ahí metieron sus dizque limpias manos él y muchos de los suyos, entre ellos su ex yerno Ricardo Teixeira –el padre de Joana Havelange, ex directora del Comité Organizador de la Copa FIFA / Brasil 2014-, al que en su momento se enfrentó el campeonísimo”Pelé”, con el respaldo incondicional de Juca Kfouri, el periodista deportivo más crítico de Brasil.

Después del fallecimiento del ex patriarca Havelange, el futbol empezó a ser otro; pero debe admitirse que a su paso por la FIFA, éste se extendió más que nunca por el ancho mundo de los “millennials”, los “hipsters” y las nuevas de cibergeneraciones, más activas y actuantes que sus antecesoras.

Sin embargo, los nuevos negocios y la globalización financiera entre otros factores, con el tiempo abrieron el futbol con alegría, descaro y entusiasmo a la corrupción más desvergonzada, contaminado por prácticas sucias de los gigantes multinacionales y sus socios de siempre.

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