Luis Alberto García /Manaus, Brasil
*Magnate de los mega petroleros, creó el Proyecto Jarí.
*Estuvo entre los multimillonarios más acaudalados del mundo.
*Como Henry Ford, fracasó en el corazón del Amazonas.
*Adelanto sobre una trayectoria alucinante y misteriosa.
Sin que hubiese duda porque así fue documentado, Daniel Keith Ludwig fue alguna vez el hombre más rico del mundo, sin que casi nadie conociera mayor y más ampliamente su nombre, pues eso era exactamente lo que quería.
Prefirió el anonimato, y encabezó la primera lista de la revista Forbes en 1982 con una fortuna estimada en cuatro mil 500 millones de dólares, controlaba más de doscientas empresas en cincuenta países y operaba activamente en más de la mitad de ellos.
En toda su vida, de 1897 a 1992, como Howard Hughes, Randolph Hearst y otros contados magnates, jamás concedió una entrevista, ni siquiera a la revista Fortune que intentó abordarlo en 1957, ya que, decía, “evitaba a la prensa como a la peste”.
De abuelos y bisabuelos alemanes asentados en Michigan, empezó desde abajo, desde niño, cuando a los nueve años rescató y reparó un bote pequeño semihundido, abandonado a orillas de ese lago, cerca de Canadá.
Dejó la escuela al terminar cuarto año de primaria, a los veinte ya transportaba melaza y madera por los Grandes Lagos en ese barquichuelo, y en la década de 1930, cuando contrabandeaba whisky entre la Unión Americana y Canadá, inventó un truco financiero brillante:
Pedía préstamos para construir cargueros de tanques de combustible usando contratos de fletamiento futuros como garantía, para así levantar el National Bulk Carriers con sesenta buques, y años después convertirse en el pionero mundial de los super tanqueros petroleros, antes que los griegos Aristóteles Onassis y Stavros Niarchos.
En 1954 llegó a México, a Baja California Sur y fundó la exportadora de sal de Guerrero Negro, que se convirtió en la salinera más grande del mundo, y en esa región apenas habitada se dedicó a transportar trabajadores y materiales para resucitar el pueblo e Mulegé, al tiempo que adquiría terrenos para levantar el hoy célebre hotel Princess de Acapulco.
Sin embargo, cuando el país era gobernado por Luis Echeverría entre 1970 y 1976, ante rumores de una posible nacionalización, vendió su corporación salinera a la japonesa Mitsubishi por una fortuna que le dejó ganancias descomunales.
Pero ocupémonos en entregas futuras inmediatas a la mayor de sus aventuras -que acabó en un fracaso sonado y estrepitoso-, su obra más ambiciosa, el Proyecto Jarí que inició en 1967, cuando compró “a precio de banana” un millón 600 mil hectáreas en el estado de Amazonas, el mayor de Brasil -que abarca el 57 % de territorio de esa nación- por solamente tres millones de dólares.
Entre 1988 y 1989, investigamos in situ cómo quiso fabricar pulpa de papel a partir de los árboles de las florestas amazónicas, al mandar armar en Japón una planta de celulosa en dos piezas de setenta metros de altura, únicas en la historia de la marina mercante, y las remolcó por mar hasta la selva, como hizo Fitzcarraldo, personaje rocambolesco de Werner Herzog en la película del mismo nombre filmada en Ecuador, Perú y Brasil en 1968.
A lo largo de tres meses de permanencia en aquellas regiones selváticas y acuosas, al mismo tiempo paradisiacas e infernales, investigamos sobre la vida de Daniel Keith Ludwig y cómo mandó construir una ciudad planificada, cuarenta kilómetros de vías de ferrocarril y cincuenta kilómetros de caminos pavimentados, imitando lo que quiso hacer un célebre compatriota que revolucionó al mundo.
Como Henry Ford I, quien intentó poner en marcha Fordlandia hacia 1930, en las mismas latitudes al sembrar árboles de caucho -seringueiras en portugués-, Ludwig perdió millones de dólares antes de vender esas comarcas del río Jarí a quien mejor las pagara, dejando atrás ese afluente del Amazonas en 1981.
A ello se debe que posteriormente nos dediquemos a intentar una biografía narrativa sobre la apasionante, fascinante y casi desconocida existencia del multibillonario que es considerado el precursor y pionero de la mega transportación petrolera marítima mundial.
Por lo pronto, adelantemos que murió en 1992 en el penthouse de lujo de su propiedad en el Park Cinq en Manhattan, no sin antes, en 1971, vender sus activos para financiar el Ludwig Institute for Cancer Research, mirándosele desde entonces como un filántropo generoso que distribuyó más de mil millones de dólares en el combate contra el cáncer.
“Daniel K. Ludwig -hay que decirlo con franqueza y claridad- no solamente fue un hombre invisible y discreto, sino alguien que terminó siendo uno de los filántropos médicos más influyentes de la historia moderna”, aseguró el doctor Mario González Ulloa, su amigo mexicano, también dueño de una carrera humanitaria excepcional y luminosa.
