fbpx SIN LÍNEA: Capos muertos, suplantados o robados | Almomento | Noticias, información nacional e internacional

José SANCHEZ LOPEZ

***”El Señor de los Cielos”: momia irreconocible
***“El Nacho” Coronel: muerto “de fotografía”
***“El Chayo”, muerto revive; lo mataron dos veces
***“El Lazca”: cadáver “robado” de la funeraria
***”El Azul”: capo por el que aun muerto, ofrecen 135 millones de pesos

Conforme han magnificado los gobiernos la neutralización de los capos más buscados, bien capturados o abatidos, surgen dudas en cuanto a la versión que ofrecen a la ciudadanía, pues en varios de los casos más relevantes como lo fueron los de Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”; Ignacio “Nacho” Coronel Villarreal; Nazario Moreno González, “El Chayo” y el de Heriberto Lazcano Lazcano, “El Verdugo”,  entre otros, los cadáveres no aparecieron, los cambiaron o simplemente “los robaron”.

Así lo consideraron destacados penalistas, ex comandantes federales, investigadores en activo y expertos en narcotráfico, quienes al ser  entrevistados dijeron que las explicaciones oficiales respecto a la  ausencia del cadáver de un narco de elevado nivel, resultan absurdas y sólo mueven a la incredulidad.

AMADO CARRILLO FUENTES, “El Señor de los Cielos”

El reconocido penalista Héctor Segovia Tavera, catedrático de la Universidad de La Salle, rememoró el sonado caso de Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos” cuya supuesta muerte, en 1997, no convenció a nadie y dio detalles de algunos puntos por los cuales se estima que sólo se trató de un montaje como resultado de un acuerdo
previo.

Hasta la fecha, pese a la dimensión que alcanzó Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, robustecida por sus dos espectaculares fugas de penales de máxima seguridad, a grado tal que lo equipararon al capo colombiano Pablo Emilio Escobar Gaviria; el máximo narcotraficante que ha “producido” México, ha sido “El Señor de los Cielos” del que incluso
se llegó a decir que como era poseedor de una valiosa información que perjudicaría a personajes del ámbito policíaco y político, se acordó que lo más oportuno y lo más prudente, era que “se muriera”

Se sabía que una de las estrategias de Carrillo Fuentes para no ser atrapado, era recurrir a “dobles” o bien cambiar frecuentemente de fisonomía, mediante cirugías plásticas y eso fue, supuestamente, lo que lo llevó a la tumba cuando estaba en la cima del narcotráfico
mexicano.

En 1996, a petición de Estados Unidos, la PGR giró orden de arresto en contra de Carrillo Fuentes. Los reportes de agencias extranjeras, indicaban que su imperio ya se había extendido a todo Centroamérica, a Europa y ya comenzaba a explorar en Rusia.

Sin embargo, la noche del cuatro de julio de 1997 los mismos servicios de Inteligencia de la Unión Americana, no las autoridades mexicanas,  informaron oficialmente que “El Señor de los Cielos” había muerto durante una intervención quirúrgica en el hospital “Santa Mónica”, en la Ciudad de México.

Hasta ese momento, la Procuraduría General de la República y los servicios de Inteligencia mexicanos no habían hecho declaración alguna, sin embargo la Drug Enforcement Administration (DEA), a miles de kilómetros de distancia, sin tener a la vista el cuerpo y, lógicamente, sin haber tenido la oportunidad de practicarle los  exámenes correspondientes para confirmar la identidad del capo, fue la primera en validar su muerte.

El cuerpo embalsamado de quien se dijo que era Carrillo Fuentes, fue llevado a la exclusiva funeraria “García López”. Los medios abarrotaban el recinto mortuorio tomando gráficas de una “momia” que en nada se parecía al difunto Amado.

La señora Aurora Fuentes, mamá de Amado, que jamás mostró el  abatimiento normal que sufre una madre ante la pérdida de un hijo, se trasladó hasta el Servicio Médico Forense de la Ciudad de México, donde identificó plenamente a su vástago, respaldando con ello la postura de ambos gobiernos.

Cuatro meses después, en noviembre, los médicos Jaime Godoy Singh, Ricardo Reyes Rincón y Carlos Humberto Avila que habían intervenido a Carrillo Fuentes, aparecieron muertos, incinerados, dentro de unos tambos metálicos, en Acapulco, Guerrero. La versión oficial fue que había sido una venganza por la muerte del capo, aunque de manera
extraoficial se  dijo que el mismo Amado Carrillo había ordenado que “los silenciaran” para que no hablaran.

Otro punto oscuro, fue la repentina e inexplicable desaparición del comandante José Luis Rodríguez, (a) “El Chiquilín”, que pertenecía a la desaparecida Policía Judicial del Distrito y estaba adscrito a la Delegación de Xochimilco. Las investigaciones revelarían que por su parecido con Amado Carrillo, varias veces le había servido como “su doble”. El agente desapareció a fines de junio, a una semana de la muerte del capo, y nunca más se le volvió a ver.

Un detalle más que ahondó el escepticismo respecto a la muerte del capo, ocurrió a mediados de 1999; el periodista y escritor José Alfredo Andrade Bojórquez presentó su libro “Desde Navolato Vengo, Biografía de Amado Carrillo Fuentes”, cuyo contenido remarcaba numerosas desapariciones de jefes policíacos, médicos y licenciados
que habían sugerido que Amado Carrillo Fuentes no estaba muerto. El autor también desaparecería en el mismo mes noviembre y jamás se le volvió a ver.

IGNACIO “El Nacho” CORONEL VILLARREAL

Por otra parte, comandantes de la desaparecida Policía Judicial Federal, entre quienes figuran Fidel Reina Carrasco, José Luis García Velasco y Juan Alberto García Urbina, abordaron el caso de quien fuera uno de sus principales hombres de confianza de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera y su tío consuegro: Ignacio “Nacho” Coronel Villarreal, presuntamente muerto en julio de 2010, en Zapopan, Jalisco.

“Nacho”, en su momento uno de los líderes más poderosos del Cártel de Sinaloa y segundo de “El Chapo”, uspuestamente murió a dos fuegos, en su residencia de Paseo de los Parques 1464, en el exclusivo fraccionamiento Colinas de San Javier, en Zapopan, Jalisco. El capo, de manera extraña, se encontraba solo, sin nadie que lo escoltara y armado solamente con una pistola escuadra, sin cargadores extras.

Su cadáver sólo fue visto en fotografías, proporcionadas por las mismas autoridades y para variar, de nueva cuenta fue la DEA la que avaló, a miles de kilómetros, sin tener a la vista el cuerpo, que se trataba de Ignacio Coronel Villarreal, pero argumentó que el narco ya
no era como lo describía la PGR: un hombre blanco, de cerca de 1.70 metros de estatura, barba cerrada perfectamente recortada y pelo negro, sino otro individuo de características faciales diferentes, porque se había sometido a varias intervenciones de cirugía plástica.

Para los viejos investigadores, resulta inverosímil que alguien que evadió hábilmente a la justicia y a la muerte por más de 20 años fuera “cazado” en condiciones tan absurdas de desventaja y también el hecho de que pudiendo haber sido capturado con vida, los militares prefirieron matarlo, “lo que indicaría que más que un enfrentamiento,
fue una ejecución”.

El cadáver jamás fue mostrado como tal a la opinión pública; fue solamente a través de gráficas en las que supuestamente aparecía el capo, además de que, en contraposición a otros narcos de elevado nivel, no fue reclamado de inmediato y permaneció varios días en el anfiteatro.

Cuatro días después, el cuerpo de Ignacio, apodado también “El Rey del Hielo”, por la producción de la droga sintética llamada “Ice”, fue reclamado por la señora María de Jesús Coronel Villarreal, quien aseguró ser su hermana. Ni en la morgue, ni en el velorio y menos aún durante el sepelio, en Canelas, Durango, donde se le sepultó, pudo verse su cadáver.

NAZARIO “Chayo” MORENO GONZALEZ, fundador de “La Familia”

Otro caso singular, en opinión de los penalistas y criminólogos Juan Rendón Macías, Fabiola Guevara Téllez e Irma Gracia Ponce, fue el de Nazario Moreno González, alias “El Chayo”; creador y fundador de “La Familia Michoacana”, supuestamente muerto (la primera vez) por las fuerzas federales el 11 de diciembre de 2010, en el estado de Michoacán y vuelto a “matar” en marzo del 2014.

El 8 de diciembre de 2010 la entonces Secretaría de Seguridad Pública Federal, a cargo de Genaro García Luna, recibió información de inteligencia que indicaba que Nazario Moreno estaba en Apatzingán, por lo cual se ordenó el operativo.

La información oficial de la SSPF, detallaba que sólo en ese día los uniformados se enfrentaron a 90 bloqueos, además de una veintena de enfrentamientos con narcotraficantes seguidores del “Más Loco”, como también se conocía a Moreno González.

La versión del gobierno federal de Felipe Calderón indicaba que la madrugada del jueves 9 de diciembre de dicho año los federales ubicaron el convoy de Nazario Moreno. Se produjo la reyerta y las persecuciones por aire y tierra, hasta que dieron muerte al capo.

El 10 de diciembre, el entonces vocero de seguridad del gobierno    federal, Alejandro Poiré Romero, confirmó la muerte del capo y el  entonces mandatario Calderón, en una entrevista, reconfirmó que  Nazario Moreno fue abatido luego de una gran fiesta organizada por “La Familia Michoacana”.

Sin embargo nunca fue visto el cadáver, a lo que el gobierno panista argumentó que Nazario había sido abatido al quedar en el centro de la balacera, a dos fuegos y que cuando cayó y las fuerzas federales  trataron de ir por el cuerpo, decenas de sicarios regresaron al campo de batalla, se expusieron al fuego cruzado, cargaron el cuerpo de su jefe y lograron llevárselo, sin que ninguno de los delincuentes resultara herido, “pero de que estaba muerto, estaba muerto”.

No obstante, cuatro años después, el domingo 9 de marzo de 2014, el gobierno federal, pero ahora bajo el mandato de Enrique Peña Nieto, volvía a informar que Nazario Moreno González acababa de ser abatido, en Michoacán, por miembros de la Secretaría de la Defensa Nacional y de la Marina Armada de México.

Detallaron que en las primeras horas del domingo, las fuerzas federales localizaron a Moreno González en los alrededores del municipio michoacano de Tumbiscatío, que trataron de detenerlo pero se resistió, por lo que tuvo que ser abatido,  dijo ante la prensa Monte
Alejandro Rubido García, secretario ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Antes de confirmar la muerte de Moreno oficialmente, las autoridades dedicaron buena parte del domingo a hacerle pruebas de identidad al  cadáver y finalmente, aseguraron que el análisis de las huellas dactilares confirmó al 100 por ciento que “ahora sí, se trataba de “El Chayo”.

De acuerdo a Rubido García, Moreno González se ocultó los últimos tres años en montañas y pueblos de Michoacán, donde fue creciendo un culto hacia su persona con altares y figuras en honor a “San Nazario” en los que se le veía con una espada, túnica y cruz roja en el pecho características de “Los Caballeros Templarios”.

Lo cierto es que tampoco en su “segunda muerte”, se vio físicamente el cuerpo y las autoridades, como de costumbre mostraron solamente fotografías.

HERIBERTO LAZCANO, “El Verdugo”; uno de los líderes de “Los Zetas”

Otro de los casos de ese tipo de muertes confusas, fue el de Heriberto Lazcano Lazcano, conocido también como “El Lazca” o “El Verdugo”, presuntamente abatido el lunes 8 de octubre de 2012, cuyo cuerpo sin vida, luego de prolongado enfrentamiento con la Marina, permaneció en poder de las autoridades más de 12 horas, tiempo en el que, según las
autoridades, le pudieron tomar fotografías, impresiones de sus huellas dactilares, practicarle la necropsia de ley e integrar la averiguación previa correspondiente.

Sin embargo, en todo ese tiempo resulta que ni las autoridades estatales ni las federales supieron que habían abatido nada más ni   nada menos que al jefe máximo de “Los Zetas” en todo el país y por lo mismo, no optaron por proteger el cadáver que fue a dar a una modesta funeraria de Sabinas, Coahuila, sin guardias ni vigilantes.

Supuestamente se dieron cuenta que se trataba de un pez gordo, hasta que un comando, fuertemente armado, de hombres embozados, tomaron por asalto la funeraria “García” y se llevaron el cuerpo de su jefe y de su escolta, sin disparar un solo tiro.

Para los especialistas en materia de narcotráfico, quedaron muchas interrogantes, como el hecho de que si hubo una intensa balacera, con muertos y heridos y se aseguraron armas poderosas, de muy alto calibre, incluso más letales y mortíferas que las del Ejército
Mexicano, ¿no era lógico suponer que no se trataba de un narco cualquiera, sino de algún capo de las drogas y por lo mismo, tenían que extremar las medidas de seguridad y vigilancia?

JUAN JOSÉ ESPARRAGOZA, “EL AZUL”: CONSIGLIERI DE CAPOS

El caso de Juan José Esparragoza Moreno, apodado “El Azul” por el color de su piel, no morena, sino de un negro “azulado”, merece un capítulo aparte, pues a diferencia de los arriba citados, supo por varias décadas moverse en penumbras, siendo discreto hasta para morir, pues pese a que la familia lo ha dado por muerto, ninguna autoridad lo ha confirmado.

Juan José Esparragoza Moreno, alias “El Azul”, nacido el 3 de febrero de 1949, que permaneció 42 años activo en el narcotráfico como jefe, merced a su bajo perfil, presuntamente está muerto, pero sólo es una especulación pues la PGR sigue ofreciendo 30 millones de pesos y la  DEA 5 millones de dólares por su captura.

Esparragoza Moreno, contemporáneo de grandes barones de la droga como Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, Pedro Avilés, Rafael Caro Quintero, Amado Carrillo Fuentes, entre otros, habría muerto la tarde del viernes 6 de junio de 2014, a la edad de 65 años, víctima de un infarto.

Una versión señaló que el deceso acaeció en un hospital privado de Guadalajara, Jalisco, mientras que otra indicó que tuvo lugar en uno de los mejores hospitales de la Ciudad de México; ninguna de las dos fue confirmada.

Según la hipótesis que difundió en su momento el portal sinaloense “Río Doce”, “El Azul” convalecía de un accidente automovilístico  ocurrido a fines de mayo, que le ocasionó graves lesiones en la columna vertebral.

El supuesto, señalaba que Esparragoza Moreno trató de incorporarse de la cama hospitalaria y por el esfuerzo realizado, le sobrevino el infarto que le causó la muerte.

Sin que tampoco fuera confirmado, se dice que un día después (el sábado 7), fue cremado y sus cenizas entregadas a sus familiares quese las llevaron a su natal Badiraguato, Sinaloa.

Hasta la fecha, la información se ha mantenido en total hermetismo y ni la PGR, con Jesús Murillo Karam, después con Arely Gómez González, luego con Raúl Cervantes Andrade y ahora con Alberto Elías Beltrán, ni tampoco el todavía secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong, confirmaron o desmintieron tal rumor, aunque dijeron, en su
momento, que se estaba investigando.

“El Azul”, originario de la localidad de Huixiopa, municipio de Badiraguato, Sinaloa, desde los 23 años ocupó un lugar preponderante en el mundo del narcotráfico en el que, al menos durante cinco lustros, se convirtió en el consejero y conciliador de las diferentes
organizaciones criminales del país.

El gobierno de los Estados Unidos, hasta la fecha, ofrece una recompensa de cinco millones de dólares y la PGR 30 millones de pesos, por su captura, un total de 135 millones de pesos, lo que indica que amos gobiernos consideran que está vivo.

A principios del año 2014, los Estados Unidos lo sacaron de su ostracismo al boletinar decenas de empresas y presuntos cómplices que lavaban millones de dólares del Cártel de Sinaloa, organización de la que se convirtió en líder, junto con Ismael “El Mayo” Zambada García, tras la captura del “Chapo” Guzmán.

Los mismos capos, consideraban a Esparragoza Moreno como el mejor   negociador entre cárteles, de tal suerte que era llamado, al estilo de  la mafia siciliana, “El consiglieri de los consiglieri”.

Fue capaz de sentar a negociar a los líderes de los cárteles de Juárez, Sinaloa, Golfo y a otras organizaciones, excepto al Cártel de Tijuana, ya que los hermanos Arellano Félix jamás aceptaron llegar a algún acuerdo con sus enemigos.

En diversas ocasiones burló la acción de la justicia y escapó lo mismo de manos de militares, marinos, federales, estatales y municipales, gracias a su equipo de seguridad que se anticipaba a los operativos implementados en su contra.

Uno de tantos fallidos operativos, se realizó en las inmediaciones de Plaza Antares, entre avenida Acueducto y Patria, en pleno centro de Guadalajara, pero al frustrarse dio pie a que corrieran diferentes versiones, entre ellas la de que ambos narcotraficantes, “El Azul” y
Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho” habrían muerto; lo cierto es que ambos fueron alertados a tiempo y a la hora de la balacera ya no estaban en el lugar.

Con esa escapatoria sumaron tres intentonas –de 2010 a la fecha en que Juan José escapó por diferencia de horas o quizá de minutos, gracias a su red de guardaespaldas y escoltas que le informaban a tiempo.

La explicación de que Esparragoza Moreno hubiera permanecido casi tres décadas como uno de los más importantes barones de la droga y desplegado una actividad de 42 años en el mundo del narcotráfico, sin que fuera reconocido, fue por su bajo perfil, señalan expertos en la materia.

A diferencia del clásico capo de las drogas, presuntuoso y ávido de fama, Esparragoza siempre fue (¿o es?) discreto, amable, nada  ostentoso, culto y excelente conversador; de buen gusto para vestir,  no al estilo del narco de antaño, con botas, chalecos de pieles
exóticas cinturones piteados, joyas, cadenas, relojes, escuadra al cinto y el “cuerno de chivo” al hombro, dueños de mansiones y palacetes, sino austero y discreto.

La primera exigencia a sus hombres cercanos, era no llamar la atención, bajo ningún motivo; tanto él como el personal a su servicio tenían que pasar desapercibidos y quien no respetara esas reglas pagaba las consecuencias a veces hasta con su vida.

Un anécdota que pinta de cuerpo entero a Juan José, ocurrió a principios de 1995 cuando se encontraba en uno de los reservados de un exclusivo restaurante en la zona de Polanco, en la Ciudad de México.

Se disponía a comer. Sus escoltas se hallaban distribuidos estratégicamente en varias mesas alrededor de su jefe y otros de sus hombres en diferentes puntos del establecimiento, incluso en el exterior para cubrir cualquier eventualidad.

De pronto, uno de ellos corrió a avisar a su jefe que estaba por llegar gente de la PGR, por lo que “El Azul” se levantó y salió apresuradamente. En su precipitada carrera no se fijó en un hombre que esperaba le asignaran una mesa y trompicó con él de manera accidental.

Detuvo su marcha y se excusó: “Por favor, discúlpeme”, le dijo a aquel comensal, elegantemente vestido, que esperaba de pie en el vestíbulo.

—No se preocupe, no hay cuidado, dijo el recién llegado, a lo que Juan José le dijo “buen provecho”, respondido por un “gracias” del recién   llegado y siguió caminando con tranquilidad.

El personaje que esperaba su turno, era nada más ni nada menos que Fernando Antonio Lozano Gracia, recién designado procurador general de la República (PGR), pero como ninguno de los dos se conocía cada quien continuó por su camino.

Cuando estaba por iniciar el operativo, uno de los guardaespaldas del procurador Lozano le informó que se disponían a capturar a Esparragoza Moreno, que comía en el lugar.

-¿Cómo es? preguntó el procurador.

Al describirle a un hombre alto, fuerte, moreno, de tez casi cobriza y pelo quebrado, entrecano, supo que se había topado de frente con el escurridizo capo, quien todavía tuvo tiempo de ofrecerle disculpas y desearle bon appetit,

A “Don Juan”, como le llamaban sus colaboradores, no le gustaba la fama e incluso no permitió que le hicieran corridos, a diferencia de la mayoría de capos que hasta pagan para que se los escriban.

La orden de pasar desapercibidos era tajante. Su lema  era: “No hay que dejarse ver, sino hacerse sentir”.

“El Azul”, un año más viejo que “El Mayo” Zambada y nueve más que “El Chapo”, ha sido uno de los pocos sobrevivientes durante décadas de una  generación de capos que hoy están muertos o presos, como Miguel Ángel  Félix Gallardo, “El Jefe de Jefes”; Rafael Caro Quintero, prófugo; Albino Quintero Meraz, Ernesto, “Don Neto” Fonseca Carrillo, en
prisión domiciliaria; Emilio Quintero Payán, Manuel Salcido Unzueta, “El Cochiloco”, ejecutado con más de 250 tiros; el “desaparecido” Amado Carrillo Fuentes y el también asesinado, Pablo Acosta Villarreal, alias “El Pablote” o “El Zorro de Ojinaga”.

La generación de narcos que precedió a la anterior, también fue asesorada por Esparragoza Moreno, entre los que destacan Vicente Carrillo Fuentes, “El Viceroy” y “El Mayo” Zambada, el primero también detenido en este sexenio y el segundo, que nunca ha sido capturado,
continúa operando como uno de los principales líderes del Cártel de Sinaloa.

El desaparecido José Luis Santiago Vasconcelos, cuando era subprocurador en Delincuencia Organizada, dijo del “Azul”: “Es un gran negociador, quizá el más fino estratega que ha tenido el narcotráfico en México, el único que ha podido sentar a la mesa de negociaciones a  asi todos los capos, sabe, como pocos, estar siempre en segundas posiciones, pues su experiencia le ha dictado que sacar la cabeza significa la muerte o la cárcel”.

Según una carta fechada en octubre de 2004 y que fue enviada a la Presidencia de la República, varios capos se reunieron un mes antes en Monterrey, Nuevo León, para discutir la forma en que podrían constituirse como un grupo hegemónico para manejar el narcotráfico en México.

En ese encuentro, Esparragoza Moreno pudo sentar a la mesa de  negociaciones a Ismael Zambada García, al ya “muerto” Amado Carrillo Fuentes, a Joaquín Guzmán Loera, Juan García Ábrego y a Marcos Arturo Beltrán Leyva, entre otros narcotraficantes de importancia.

El ex agente de la Policía Judicial Federal, estrechó lazos con “El Chapo” Guzmán, al casarse con la cuñada de éste, Gloria Monzón y fue  compadre de Amado Carrillo Fuentes al apadrinar a Juan Manuel, uno de los hijos del desaparecido “Señor de los Cielos”. También entabló relación de compadrazgo con “El Mayo” al ser padrino de bautizo de uno
de sus hijos.

Esa “alianza de sangre” siguió cuando Juan José Esparragoza Monzón, primogénito de “El Azul”, se casó con una hermana de los hermanos Beltrán Leyva y se fortaleció aún más cuando Patricia Guzmán Núñez, “La Patrona”,  sobrina del “Chapo”, fue pareja de Alfredo Beltrán Leyva, alias “El Mochomo”, actualmente preso.

El 12 de junio de 2013, “El Azul” acudió a una fiesta de XV años en el estado de Colima, en el exclusivo Fraccionamiento Residencial Victoria. Al término del vals de la Quinceañera, Esparragoza Moreno fue informado de un posible operativo en su contra y antes de la
medianoche abandonó el lugar.

Dos horas después, cientos de federales, militares y marinos, a bordo de unidades terrestres y helicópteros Black Hawk, llegaron al lugar en su “operativo sorpresa”, más los sorprendidos fueron ellos porque “El Azul” nuevamente  se les había escapado de las manos.

Estuvo preso en tres ocasiones por delitos contra la salud; dos veces fue absuelto, pero en el tercer proceso tuvo que purgar, “de punta a  cola”, dicen en el argot carcelario, una pena de siete años de cárcel. Salió libre en 1992 del penal de Almoloya, ahora llamado de El
Altiplano y enseguida se reincorporó a sus actividades.

Pero antes, fue compañero de presidio con Amado Carrillo Fuentes, en el Reclusorio Sur de la Ciudad de México, cuando todavía no se ganaba el mote de “El Señor de los Cielos”; de esa cárcel fue enviado a la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla, en Iztapalapa.

Ahí, como en el Reclusorio Sur se convirtió también en amo absoluto.  Los mismos directivos al referirse a él, decían: “El Señor”. La  propina para el custodio que le abriera la reja para pasar de un lado a otro, era de 50 dólares, cifra que lógicamente aumentaba considerablemente si el servicio lo hacía algún funcionario, incluido hasta el mismo director.

Investigadores antidrogas de la PGR, dicen que “El Azul” pudo sobrevivir tantos años en el narcotráfico por su habilidad y su excelente conversación. Le gustaba beber y sabía hacerlo, acostumbraba arreglar sus diferencias con dinero y favores, no con balas, no mataba por matar, sólo cuando lo atacaban, por eso entre los narcos lo  espetaban.

Al salir compurgado del penal de Almoloya, se perdió durante algún tiempo, pero nuevamente volvió a las andadas y se dejó ver en varias  entidades de la República, aunque en 2003 escogió el estado de Morelos para residir de manera permanente, gracias al a paro del gobierno panista que encabezaba el gobernador Sergio Es rada Cajigal.

En dicho entidad su poder no tuvo límites, no compraba jefes policíacos, sino a toda la corporación que utilizaba para su uso personal y la protección de sus socios y familiares. Los jefes de la Policía Ministerial, Agustín Montiel y Raúl Cortez, lo protegían de
manera personal para que pudiera utilizar el aeropuerto de Cuernavaca
y bajar aviones con cocaína procedentes de Colombia, que era transporta a en vehículos policíacos.  Pese a la caballerosidad y gentileza que caracterizaba a Esparragoza
Moreno, también se le consideraba un hombre extremadamente rencoroso,
cruel y vengativo, que no perdonaba nunca y menos una traición y para
cobrar venganza no le importaba esperar años.

A mediados de 1986, Esparragoza Moreno fue detenido en el Cerro de las
Campanas, Querétaro, en una casa de seguridad. El operativo de la
Policía Judicial Federal lo encabezaron Florentino Ventura Ventura y
Guillermo Robles Liceaga.

También participó el “Yankee” (jefe de plaza) Isaac Sánchez Pérez y los comandantes Eduardo Yanas, Héctor Correa Zetina y Juan Carlos Ventura Mousong (hijo de Florentino), así como el comandante Rubén  Castillo Conde, jefe de plaza en Querétaro y Guillermo González Calderoni, entonces jefe regional en Monterrey, Nuevo León, cuyas labores de inteligencia contribuyeron a detener al poderoso capo.

Dicen que fue capturado junto con su esposa, Ofelia Monzón y su hijo, quienes fueron objeto de maltratos por parte del mismo Florentino Ventura y de Robles Liceaga, lo que provocó el coraje de “El Azul” que les advirtió: “Ya me tienen a mí, con mi familia no se metan…Yo soy el de la bronca, eso no es de hombres”.

La reacción de Florentino Ventura fue feroz y tras abofetearlo, arremetió contra su hijo, Esparragoza Monzón, al que también tenía esposado y lo  sometió a diferentes torturas.

Impotente, la señora fue obligada a ver cómo golpeaban y torturaban a su marido y a su hijo, al tiempo que los federales lo festejaban con burlas y carcajadas.

Esas humillaciones jamás fueron olvidadas y menos perdonadas por “El Azul”, que esperó años y años para cobrarse la afrenta. Sus acciones se dieron paulatinamente, pero todos los que participaron en su captura fueron asesinados.

Florentino Ventura, apodado “El Tigre” por su ferocidad en el desempeño de su trabajo, se “suicidó” en 1988, frente a Perisur, en la Ciudad de México, luego de matar a su pareja; los que conocieron al jefe policiaco nunca aceptaron que hubiera decidido quitarse la vida,
dado su carácter y el poder que tenía, se decía que era el único policía con derecho “para matar”.

Años más tarde, el 19 de julio de 1996, Isaac Sánchez Pérez sería acribillado frente a su domicilio, en la avenida Puente de Alvarado, en el Distrito Federal; después seguiría Guillermo Robles Liceaga, el uno de mayo del 2002, que ya laboraba en la Secretaría de Seguridad Pública del DF y dos meses después, el 30 de mayo, Ventura Mousong, que ya era mando de supervisión de asesores de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI). Fue ejecutado cuando se dirigía a su casa, en el sur del DF.

El aún comandante federal, Rubén Castillo Conde, fue asesinado el 23 de enero de 2003, cuando se disponía a regresar de Ciudad Juárez a la Ciudad de México y el ex poderoso comandante antinarcóticos de la PGR, Guillermo González Calderoni, que se exilió en los Estados Unidos tras múltiples acusaciones por corrupto, fue “cazado” 15 días más tarde, el
6 de febrero, en Mc Callen, Texas, por un asesino profesional que lo mató de un tiro en la cabeza.

Para experimentados jefes policíacos, Esparragoza Moreno fue el autor intelectual de todas esas ejecuciones, aunque algunos calificaron los hechos como “coincidencias”, lo cierto es que todos los jefes que de una u otra forma tomaron parte en su captura acabaron  muertos.

Ahora, se habla de su muerte por un infarto, pero nunca se vio el cadáver, se cremó, según sus familiares, pero no se sabe dónde quedaron sus cenizas y dadas las frecuentes equivocaciones de las autoridades antidrogas en otros casos, hay escepticismo en aceptar tal versión y no se descarta que “su muerte” haya sido una más de sus estratagemas para seguir operando, ya no desde un segundo plano, sino “desde ultratumba”.

Esos y algunos otros casos más, que por su irrelevancia pasaron desapercibidos para la opinión pública, son los que han sumido en la incredulidad a la sociedad, pues ante tantos puntos oscuros, contradicciones e incongruencias, surgen dudas respecto a la veracidad
de cómo ocurrieron los hechos en las muertes y desapariciones de grandes capos  y, sobre todo, si no se trató solamente de simulacio es como resultado de acuerdos o pactos, para mejorar la deteriorada imagen de las autoridades y brindar impunidad a los barones de la
droga.

joebotlle@gmail.com

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