Serguéi Krikalev, último soviético sobre la faz de la Tierra

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Luis Alberto García / Moscú

* Increíble y casi desconocida historia de un discreto cosmonauta.

* Despegó de la URSS en 1991 y aterrizó en Rusia en 1992.

* Orbitó nuestro planeta azul mientras su país se desintegraba.

* Sergio y Serguéi, entre las dudas y las incertidumbres.

* Anatoli Artsebarski fue su acompañante en esa odisea memorable.

* Margaret Iaquinto, radioaficionada, lo acompañó con su voz en el espacio.

* Implantó una marca no superada de permanencia en un satélite.

“Estamos ante una increíble y poco conocida historia, que define por sí misma y dramáticamente la situación de una nación que se desintegró y dejó de serlo debido a múltiples y complejas causas, y, por eso, el argumento de la película ´Sergio y Serguéi´, ambientada en 1991, plantea un caso más que ilustrativo”.

Iván G. Kerdan, científico ruso-mexicano, experto en robótica con estudios en la Gran Bretaña, así lo afirma y precisa: “Son las incertidumbres de un soviético dando vueltas a la Tierra mientras su país se tambalea, por un lado, y, por otro, las dudas de un cubano en un régimen cuyo principal apoyo, la Unión Soviética, deja de existir”.

Otro dato insólito y curioso es que, sin haberse visto nunca, ambos personajes compartirán en una película con argumento extraordinario sus reflexiones tras conocer solamente sus voces a través de aparatos de radioaficionados.

El caso es que la cinta, escrita por Ernesto Daranas, parte de una historia real, la del discreto y silencioso cosmonauta soviético Serguéi Krikalev quien, en espera de ser devuelto a la Tierra, pasó en el espacio 312 días, lapso de tiempo en el cual su ciudad natal dejó de llamarse Leningrado y retomó el de San Petersburgo.

En poco tiempo, la Unión Soviética redujo su territorio y, debido a los cambios instrumentados por un nuevo gobierno presidido por Borís Yeltsin, desmanteló el sistema económico nacional y destruyó la estructura política septuagenaria de la que provenía ese piloto nacido en 1958, fracturándose en quince nuevas naciones.

Serguéi Krikalev fue, de algún modo, el último soviético sobre la faz del planeta azul -mejor dicho y en otras palabras- a unos trescientos veinte kilómetros de altura sobre la faz de la Tierra, después de que todo comenzara el 18 de mayo de 1991, cuando Krikalev y su compañero Anatoli Artsebarski despegaron desde el cosmódromo de Baikonur con destino a la estación espacial Mir.

Los acompañaba Helen Sharman, primera británica colocada en el espacio sideral, sumados los tres a la tripulación original que había a bordo; pero ella regresó a la Tierra al cabo de ocho días con los demás, dejando solos a Krikalev y a Artsebarski en una misión prevista inicialmente para cinco meses.

Mientras Krikalev contemplaba a la Tierra en sus ratos libres, en ese hermoso y convulso planeta estaba sucediendo de todo: en verano, la política aperturista de Mijaíl Gorbachov, el líder de la todavía sobreviviente Unión Soviética, animó a algunos Estados que la integraban a proclamar su independencia.

Uno de ellos fue el enorme Kazajistán, donde se encontraba el cosmódromo de Baikonur, cuyo alquiler se disparó de repente: el gobierno de Moscú intentó llegar a un arreglo dando a un kazajo la plaza en la nave Mir que debía haber ocupado el relevo de Krikalev, quien tendría que seguir a bordo hasta nueva orden, con los riesgos que ello suponía

El 19 de agosto de 1991, con Gorbachov de vacaciones en Crimea, tuvo lugar un intento de golpe de Estado en Moscú, donde los comunistas ortodoxos, los de la línea más dura, se rebelaron ante las reformas presidenciales; pero la sublevación no salió bien.

Con Yelstin subido a un tanque de guerra para arengar a los ciudadanos, éstos habían salido temerariamente a las calles, precipitándose para manifestarse contra el golpe, para que Gorbachov recuperara el poder dos días después; pero, agónico, el sistema surgido después de la Revolución de 1917 estaba herido de muerte.

A lo largo de los meses siguientes, los Estados que antes integraron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas fueron declarando sus independencias uno tras otro, hasta que llegó el 2 de octubre, cuando se acercaba la fecha original del regreso de Krikalev y Artsebarski, relevados por tres nuevos astronautas a la Mir, uno de ellos el austriaco Franz Viehböck.

La venta de ese pasaje a Austria fue uno de los medios a los que recurrió la agencia Glavkosmos para reunir divisas occidentales con que seguir financiando el programa espacial, con un detalle al menos: Franz llevó a la estación limones frescos y, al cabo de una semana, junto con Artsebarski y uno de los recién llegados, volvía a la casa de los terrícolas.

Krikalev y un nuevo compañero, el ucraniano Alexander Volkov, eran conscientes de que Moscú se planteaba incluso vender la propia Mir, ya que existía una cápsula Soyuz que se podía emplear para regresar a la Tierra como último recurso; pero eso no iba a pasar: abandonar la estación a su suerte podía representar su fin, y ambos se negaban a aceptar esa posibilidad.

En la más amarga Navidad de su existencia, la Unión Soviética desapareció el 25 de diciembre de 1991, Krikalev seguía en órbita junto con Volkov y, en los meses siguientes, mientras Washington y Moscú negociaban sobre un sinfín de varios asuntos no solo ni estrictamente terrenales, un acuerdo se abría paso para sufragar con dólares las operaciones espaciales en curso de los ex soviéticos.

Al fin, el 25 de marzo de 1992, Krikalev era reemplazado y regresaba a la Tierra, imponiendo una marca histórica: ningún ser humano había pasado tanto tiempo en el espacio hasta entonces, y luego de unas semanas para recuperación, el cosmonauta fue condecorado no como Héroe de la Unión Soviética, sino de la nueva Rusia.

Había que preguntarse cuál iba a ser el siguiente paso, pues de todo aquel desaguisado político nacería algo espectacular, resumido por Iván G. Kerdan en esta frase: “Así se inició una genuina cooperación entre Estados Unidos y Rusia, dando lugar a la creación de la Estación Espacial Internacional, que en realidad arrancaría hasta 1998”.

El honor y la distinción de pisar primero esa base fueron concedidos a Serguéi Krikalev, el día que el cosmonauta ex soviético cumplía cuarenta años de edad, con los ojos azules entrecerrados e iluminados de gusto, levantando ambos brazos sobre su larga estatura.

Otra parte de esta historia la relata Kerdan, al referir que Margaret laquinto -nacida en 1945, fallecida en 2014-, la radioaficionada real que se comunicó con Krikalev, no permite trazar grandes alegorías sobre el destino de dos países; pero es también un personaje relevante.

“Nació estadounidense –explica el científico-, se trasladó en la década de 1970 a Australia, donde se convirtió en maestra de secundaria, con la radio como afición. En 1990 contactó casualmente con el cosmonauta Musá Manarov, y emocionada, se percató de que por fin podía rescatar sus conocimientos de idioma ruso, para así poner en práctica su licenciatura en lenguas eslavas”.

Lo que hizo más feliz a Margaret fue que podía hablar con alguien que estaba en el espacio, hasta que el soviético regresó a la Tierra tras 175 días en órbita, en mayo de 1991, y ella, la maestra laquinto, de todos modos siguió compartiendo las ondas con los cosmonautas a bordo de la Mir.

Lo que pocos saben es que Krikalev conversó con Margaret casi a diario durante su misión, y que la profesora llegó a conversar con hasta veinte cosmonautas a lo largo de cinco años, con un merecidísimo premio, acota Kerdan: “La NASA la invitó a ella y a su familia a visitar a Krikalev en Houston, Texas, donde el nuevo ruso estaba entrenando en 1994”.

Para el profesor Kerdan hay algo conmovedor: “El cosmonauta Serguéi Krikalev fue conocido como el último habitante de la Unión Soviética, y en 1991, mientras trabajaba con sucesivos compañeros en la estación espacial Mir, miraba de reojo a la Tierra y veía cómo su país se desintegraba día a día. Cuando regresó en marzo de 1992, este ya no existía”.

Durante el tiempo que permaneció casi abandonado en el espacio -algo más de nueve meses, cuatro más de lo previsto- contactó con varios radioaficionados, y uno de ellos pudo ser Sergio, -quien toma el papel de Margaret-, el protagonista de “Sergio & Serguéi”, la película de Ernesto Daranas.

El cineasta fue reconocido por su premiada “Conducta” en 2014, que cuenta la historia de un profesor de marxismo de la Universidad de La Habana, que contactará con el cosmonauta Serguéi, y así, la amistad que surgirá entre ellos les ayudará a enfrentarse a los cambios que se están produciendo en sus respectivos países, la Cuba renacida en 1959, y la Rusia postsoviética de 1991

 

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