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Pablo Cabañas Díaz
En el primer párrafo de su novela sobre las conversaciones en el bar “La Catedral” de Lima, Mario Vargas Llosa lanza su ya conocida pregunta: “¿en qué momento se jodió el Perú?”. El personaje gris que la enuncia estaba tan “jodido” como su país en decadencia.  Se puede hacer nuestra esa frase en el contexto mexicano  y preguntar: ¿en qué momento se jodió México? Más precisamente, ¿en qué momento la violencia jodió a México? Entender “qué nos pasa”. Afirmar que en algún momento algo “se jodió” es asumir que en una instancia previa ese mismo orden funcionaba en forma razonable, o que al menos tenía una dirección progresiva, pero que debido a un proceso, una serie de circunstancias o una fatalidad, se descarriló el devenir normal de los acontecimientos. Es pensar que veníamos bien.
No veniamos bien pero en el segundo diálogo por la paz, el Presidente electo Andrés Manuel López Obrador pudo constatar el nivel de dolor y desaliento prevaleciente. Frente a familiares de víctimas, colectivos y organizaciones de derechos humanos –el o reivindicó su creencia en el lema “Olvido no, perdón sí”, lo que generó molestia en la asamblea. “Respecto a los que dicen: ‘Ni perdón, ni olvido’, tengo otra convicción y podemos ponernos de acuerdo”, aseveró el político tabasqueño, en eco a su proyecto de conseguir la paz mediante un plan de amnistía. En México,  no se puede olvidar hay más de 50 000 muertos, familias desmembradas, secuestros a la alza, extorsiones sin límites, miles de desaparecidos y una orgía macabra de cuerpos destrozados? ¿Cuándo se jodió este México? ¿Por qué?
Horas después, a menos de un kilómetro de donde había estado López Obrador, una nueva balacera se registró en la Ciudad de México, que  dejó un saldo de cuatro muertos en la Plaza Garibaldi. En los últimos años, los homicidios en el país han llegado a niveles, nunca antes vistos. El temor aumenta  en la medida en que se conocen las noticias difundidas en medios y redes sociales. Es obvio que   hay narco en Ciudad de México  o cómo quiera que se  llame: grupos, pandillas o cárteles.  No hay “territorio neutral” como quería hacernos creer Miguel Ángel Mancera. Tláhuac, Tepito y el corredor Roma-Condesa, se han convertido en el escenario de una pugna entre diferentes bandas. En esas zonas de la ciudad son cotidianos los secuestros, la extorsión,  y los asesinatos. Al paso de los días se van “normalizando” la violencia .
El jefe de Gobierno de la Ciudad de México, José Ramón Amieva, reconoció a finales de junio pasado que en la capital del país operan dos grupos criminales de narcomenudeo, y que es su confrontación la que ha aumentado la violencia: La Unión Tepito y la Antiunión Tepito. Explicó también que estos dos grupos de la delincuencia con presencia en la zona centro. Se había negado una y otra vez la presencia de cárteles en la capital del país.  La Comisión Nacional de Seguridad confirmó el 9 de agosto la detención de Roberto “N”, alias “El Betito”, presunto líder de “La Unión Tepito”, en la zona del Pedregal en la delegación Tlalpan, al sur de la capital del país. “El Betito” cuenta con atecedentes penales desde 2008, fue detenido y sentenciado por el delito de robo a transeúnte, y actualmente encabezaba actividades de narcomenudeo, extorsión, despojo, secuestro, lavado de dinero, entre otros ilícitos, principalmente en el centro de la capital. Además, para fortalecer nuestro pesimismo las autoridades advirtieron que  “La Unión Tepito” está vinculada con la venta y distribución de drogas al menudeo y extorsión en centros nocturnos ubicados en la Zona Rosa, la Condesa y Polanco; así como con el cobro de derecho de piso a establecimientos mercantiles de diversos giros en la delegación Cuauhtémoc.  Peor imposible.

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