viernes, abril 12, 2024

OTRAS INQUISICIONES: Tesoro ruso en Cuernavaca

Pablo Cabañas Díaz
El príncipe Félix Yusúpov (1887-1967) pasó a la historia por ser uno de los hombres más ricos de Rusia a inició del siglo XX, y también  por  ser el principal miembro de la aristocracia rusa que participó en el asesinato del monje Grigori Rasputín. (1860-1916). Pocos saben que en México, se guardaba una parte de lo que quedaba de esa inmensa fortuna. Llevaba  años guardada en Cuernavaca, Morelos.
Una muestra de aquel legado salió a subasta  en noviembre del 2016, en la casa Drouot de París. Ese día se pusieron en venta  400 lotes de orfebrería de Fabergé, trajes, fotos, cartas o dibujos. El objeto más importante era una estatuilla de Júpiter hecha en plata, atribuida a Benvenuto Cellini, uno de los pocos tesoros que Yusúpov salvó de la Revolución. Montada en una base de oro por la firma joyera Cartier, la figura estaba valorada en  dos millones de pesos. También destacaba el  traje que el príncipe exhibió en un baile que tuvo lugar en Londres en el año de  1912, y una colección de 25 dibujos, los célebres “grotescos”, que Yusúpov pintó a finales de los años 30.
Se vendieron desde alfileres de corbata hasta retratos familiares, pasando por iconos religiosos, ropa, cartas manuscritas y sellos para lacrar la correspondencia, la lista de los casi 400 objetos comprendía todos los precios. ¿Cómo acabaron esos tesoros en una casa mexicana? Para entenderlo, hay que remontarse al giro que dio la vida de Yusúpov con la muerte de su hermano mayor en 1908.
Con 21 años heredó todo el patrimonio de una dinastía centenaria, y en 1914 adquirió el título de príncipe al casarse con la única sobrina del zar Nicolás II, Irina. En su palacio Moika, donde residía, fue donde en diciembre de 1916 asesinó a Rasputín junto a otros conspiradores.
El príncipe alimentó la leyenda en su autobiografía al relatar cómo suministraron al monje suficiente cianuro como para matar a cinco hombres y cómo, para su horror, el veneno no actuó. Después le dispararon, golpearon con una barra de hierro, ataron y arrojaron a las aguas del río Neva, donde Rasputín pereció de hipotermia.
El asesinato de Rasputín, que tanto había influido en los zares, generando la impopularidad de la familia imperial, no pudo parar la revolución que se avecinaba. Una semana después del levantamiento de febrero de 1917, previo a la Revolución de Octubre, Nicolás II abdicó.
A los pocos días, los Yusúpov, que habían sido desterrados a una de sus fincas por el asesinato de Rasputín, volvieron al Moika para recoger lo más valioso que se pudieran llevar antes de poner rumbo al extranjero. Los principes tomaron unos diamantes que escondieron en los pañales de su hija, entre ellos el «Sultán de Marruecos» -el cuarto más grande del mundo-, unos pendientes que pertenecieron a María Antonieta y dos cuadros de Rembrandt, que financiaron gran parte de su exilio en París.
Fue en esa ciudad donde conocieron, en 1958, a Víctor Manuel Contreras (1941), por entonces estudiante de Bellas Artes. El afecto mutuo entre la pareja y aquel joven mexicano de 17 años fue tal que lo acogieron en su casa durante cinco años e hicieron de él casi un hijo espiritual.
El príncipe murió en 1967 y después del fallecimiento de la princesa, en 1970, su única hija, Irina Félixovna Yusúpova, encargó esa colección de objetos y recuerdos a Contreras, quedaba clara la confianza que le tenía la hija del príncipe. Pocos sabían que en Cuernavaca, existía un tesoro de la Rusia zarista. La casa de la familia Yusupov en París tenía solo tres dormitorios en el segundo piso, en lo alto de una escalera de madera.
El personal, que se parecía a un pequeño ejército en el palacio de San Petersburgo, era mínimo: estaba formado solo por Denise, una mujer de origen franco-ruso, que se encargaba de la limpieza y la cocina. La única seguridad era un pequeño letrero afuera que decía . “Cuidado con los perros”. Los Yusúpov aceptaron sus circunstancias sin rencor. No extrañaban su vida de riqueza. Tampoco esperaban volver a su país.  “Siempre decían: Éramos de las personas más ricas del mundo, pero no sabíamos quiénes eran nuestros amigos y enemigos. Ahora, puede que no tengamos grandes riquezas, pero tenemos grandes amigos”.

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