jueves, febrero 22, 2024

OTRAS INQUISICIONES: Frida Kahlo y Abby Rockefeller

Pablo Cabañas Díaz.
Existe un expediente de cartas escritas por Frida Kahlo en el “Rockefeller Archive Center”, dirigidas a la millonaria Abby Aldrich Rockefeller, escritas entre 1932 y1933 que revelan que la artista era una conocedora del inglés y acostumbrada a escribir cartas sociales de acuerdo con las costumbres imperantes en la élite estadounidense. Frida le escribió a la señora Rockefeller acerca de los avances de su marido, en los frescos que realizaba en Detroit, Michigan. A diferencia de Diego Rivera, quien hablaba con fluidez el francés y el ruso, pero conversaba poco en inglés, Frida se desenvolvía bien en este último idioma. Frida Kahlo escribía en un inglés formal y correcto.
En 1930, acompañó a su esposo a Estados Unidos, Diego Rivera  quien había recibido la “Instituto de Artes de Detroit”, bajo el mecenazgo del diseñador industrial Edsel Ford, presidente de la compañía de su familia.  Detroit le abrió las puertas en Nueva York, a Diego Rivera, donde su obra fue expuesta en el “Museo de Arte Moderno” en 1931. Desde Detroit, Kahlo le escribió a los Rockefeller. En esta correspondencia ella actuó no sólo como intérprete de Rivera, sino también como cronista, manteniendo a los Rockefeller al día sobre los logros de su marido. Cuando Rivera les daba las últimas pinceladas a los 27 paneles de frescos en el Instituto de Artes de Detroit, Kahlo describió los murales como “verdaderamente maravillosos, creo que lo mejor que [Diego] ha realizado [hasta la fecha]”. Esta obra, dedicada al impacto de la tecnología en la manufactura del automóvil, apasionó a Rivera, quien veía en la tecnología un instrumento para transformar no sólo al ambiente, sino también al hombre. Esto indudablemente resultó de interés para los Rockefeller, cuya fortuna competía con la de la familia de Henry Ford. También aumentó las expectativas sobre lo que Rivera concebiría para el “Rockefeller Center”, ya que tendría que superar lo alcanzado en Detroit.
La correspondencia en el “Rockefeller Archive Center” sugiere que, aún a los 24 años y habiéndose desarrollado en un ambiente de recursos limitados, Frida se encontraba bien preparada para los papeles que habría de adoptar como la esposa del artista mexicano de más renombre de su generación. Abby Aldrich Rockefeller encontró mucho que admirar en el emergente talento artístico mexicano de finales de los años veinte y principios de los treinta.
La joven Frida, la tercera señora Rivera, no sólo encantó a los Rockefeller, sino que deslumbró con sus encantos a la sociedad neoyorquina. La revista “The New Yorker” la describió en 1933 como “una delgada belleza mexicana de oscuros cabellos”, a quien su marido -más de 20 años mayor que ella-, trataba con “galantería afectuosa”. Abby Aldrich Rockefeller debió sentirse satisfecha de conocer a los Rivera en persona y de cartearse con Frida

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