lunes, junio 17, 2024

OTRAS INQUISICIONES: 20 de septiembre de 1629

Pablo Cabañas Díaz
El 20 de septiembre de 1629,en el valle de México un cúmulo nubes se agolparon sobre la capital de la Nueva España. Al caer la noche, rayos y truenos anunciaron la  impresionante tormenta que se avecinaba. Durante treinta y seis horas ininterrumpidas el agua cayó y la tranquila vida colonial fue trastocada. Para unos, el torrencial aguacero era un castigo de la Providencia por los excesos de los españoles. Para otros, Tláloc, el antiguo dios de la lluvia de los aztecas, lloraba sobre México desde su derrota en 1521.

La inundación de 1629 fue considerada como una de las calamidades o plagas bíblicas. En octubre, el arzobispo don Francisco Manzo de Zúñiga, escribió al rey “”que en menos de un mes habían perecido ahogados o entre las ruinas de las casas más de treinta mil personas y emigrado más de veinte mil familias””. La gente sólo encontraba consuelo en la iglesia y los oficios se realizaban en cualquier lugar disponible:

 

La gente recurrió a la intercesión de la virgen de Guadalupe y las autoridades civiles y eclesiásticas acompañadas por gran cantidad de gente del pueblo, organizaron una procesión sin precedentes en la historia de México: a bordo de vistosas embarcaciones -canoas, trajineras, barcazas- la Guadalupana fue llevada desde su santuario en el cerro del Tepeyac hasta la  Catedral de México.

 

La inundación duró varios años y las pérdidas fueron cuantiosas. Muchas de las familias españolas emigraron a Puebla de los Ángeles y propiciaron su desarrollo comercial, mientras la ciudad de México continuaba su decadencia. A oídos del rey Felipe IV llegó la terrible noticia de la gran inundación de 1629 y considerando que todo remedio para salvar a la capital de la Nueva España era imposible ordenó abandonar la ciudad y fundarla nuevamente en tierra firme, en las lomas que se extendían entre Tacuba y Tacubaya. Sorprendentemente, las autoridades virreinales y las pocas familias que permanecieron fieles a la ciudad, rechazaron la idea del rey de España. El argumento económico era muy sólido: trasladar la sede del virreinato costaría cincuenta millones de pesos y desecar la laguna tres o cuatro millones de pesos. Las pérdidas eran muy grandes pero prefirieron seguir en el Valle de México antes que en Puebla

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