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Pablo Cabañas Díaz

En 1968, el mundo periodístico tenía particularidades marcadas por la época que imprimieron un carácter particular a lo que se escribió y se dijo del movimiento y de quienes participaron en las protestas. Los propietarios, directores y colaboradores de los periódicos, revistas y agencias de noticias de aquel momento construyeron su visión del movimiento y con ello se influyó en el estado de la opinión pública.

Hay desde luego muchos matices sobre la forma como actuó la prensa mexicana frente al 68. Sin embargo, fue palpable el apoyo que se dio al presidente Gustavo Díaz Ordaz y a quien fue su secretario de Gobernación, Luis Echeverría. Para empezar se les excusó de toda responsabilidad en el desarrollo de los acontecimientos del 2 de octubre. Para que no hubiera duda, en 1969, cuando se celebró el Día de la Libertad de Prensa, el discurso del escritor Martín Luis Guzmán dado a nombre de los propietarios de los más importantes periódicos del país, fue elogioso con Díaz Ordaz y exculpatorio al afirmar que “el gobierno, en ningún momento, coartó o intentó coartar la libertad de prensa.” Guzmán, aseguró enfáticamente que “la libertad de prensa no había sufrido el menor menoscabo, por parte del gobierno de la República, ni en las horas más sombrías del año comprendido entre el 7 de junio de 1968 y el día de hoy”.

Ante tal grado de connivencia ofrecido ese 7 de junio, el presidente Díaz Ordaz básicamente apuntaló los agradecimientos por contar con una prensa “responsable” que había efectuado una excelente cobertura de los Juegos Olímpicos del año anterior, y apenas de soslayo se refrió a los sucesos del 2 de octubre de 1968 como “difíciles y adversas circunstancias” en las que la prensa había demostrado que “no eran un peligro para las instituciones, para la paz, para la patria”. El discurso de Guzmán sería su más grande error para su carrera como literato, su obra fue cuestionado y al paso del os años olvidada, pero era un acierto en su vida política, sería nombrado meses después candidato al Senado de la República.

Con el relevo generacional, los ímpetus de cambio se trasladaron a las redacciones de los diarios. La prensa mexicana, en 1968, estaba dominada por empresarios de Puebla que tenían su origen en el cacicazgo avilacamachista y eran muy cercanos al presidente Díaz Ordaz. A la cabeza de los grandes diarios estaba El Sol de México, del coronel García Valseca quien se había convertido en un hombre de gran poder gracias al éxito de sus publicaciones populares. El coronel, como le gustaba ser nombrado a García Valseca encabezó al grupo de propietarios anticomunistas que se encargaron de reforzar la idea de que el movimiento estudiantil era parte del terror rojo que azotaba al mundo.

Otro periódico importante era El Heraldo de México, fundado en 1965 por el poblano Gabriel Alarcón quien también apoyó a Díaz Ordaz y las iniciativas e intereses del sector privado financiero, industrial y comercial. Alarcón también compartía el anticomunismo del coronel. En el mismo tenor, estaba Novedades de Rómulo O Farrill que también se distinguió por sus ataques al movimiento estudiantil. Novedades y sus propietarios eran de origen poblano y estaban vinculados al poder empresarial alemanista. Novedades había alojado al suplemento México en la Cultura, que dirigió Fernando Benítez, era un espacio en donde comenzaban a publicar su obra los escritores que después se convirtieron en luminarias de las letras mexicanas. Desde 1962 todos los colaboradores del suplemento cultural habían emigrado a la revista Siempre, pues su apoyo a la Revolución cubana había sido muy mal visto por la directiva de Novedades.

Con este éxodo disminuyó el poco prestigio periodístico del diario y, sobre todo, se eliminó un fuerte contrapeso que equilibraba el tono conservador del periódico. El Universal estaba en manos de su propietaria Francisca Dolores Valdés viuda de Lanz Duret y de su hijo Miguel Lanz Duret Valdés, que en esa época pasaba por una mala racha de sucesiones familiares, y problemas internos por lo que no tuvo mayor peso político. En agosto de 1968, Julio Scherer García asume la dirección de Excélsior y, da cabida a nuevos colaboradores, como Daniel Cosío Villegas, quien expresó una profunda crítica al régimen, problematizó el conflicto en el contexto de la realidad política y social de México. Varios de los editorialistas del diario siguieron a Cosío Villegas con una visión crítica y equilibrada; sin embargo, es notable que el mismo medio, en notas de carácter informativo y en algunos reportajes, se hizo contra la lucha estudiantil que marcó a los grandes diarios capitalinos.

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