jueves, julio 18, 2024

Kiev, Lviv, Lemberg, capital de Ucrania, sobrevive a todo

Luis Alberto García / Moscú

*Nación enfrentada al poder ruso y de la Unión Soviética.
*Fue invadida por la URSS y por la Alemania nazi.
*Esa ciudad representa una historia europea turbulenta.
*Pronto podría ser escala turística para miles de viajeros, como Praga.
*La península de Crimea fue anexada por Rusia en 2014.
*“Slava Ukrayini”, histórico lema étnico de los nacionalistas.

A la fecha, bombardeada, semidestruida y enfrentada al poder político y militar de la Federación Rusa, de cuyo territorio formó parte antiguamente como una de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, Ucrania y Kiev, su capital, son ejemplo de un nacionalismo que los identifica con una cultura y lengua homogéneas, y que no dudó en destruir a grupos con religiones e idiomas distintos.
Leópolis, la principal ciudad de la Ucrania occidental, cambió varias veces de Estado y de nombre oficial a lo largo del siglo XX: primero fue Lemberg, la capital de la provincia austriaca de Galitzia, en el Imperio austrohúngaro; y luego Lwów, en la Polonia independiente de entreguerras.
Invadida por la Unión Soviética en 1939 y por la Alemania nazi en 1941, sufrió de manera intensa los azares de la Segunda Guerra Mundial, incluida por Iósif Stalin entre los territorios que se anexó tras su victoria sobre Adolfo Hitler y pasó a ser Lvov durante más de cuatro décadas.
Por fin, la Ucrania emancipada en 1991 la convirtió en Lviv, representando en Europa una historia turbulenta, la de las zonas bautizadas por el historiador Timothy Snyder como tierras de sangre, incluida su capital, y es que al llegar a Kiev -Lviv en ucraniano- llaman la atención la grandiosidad de la estación ferroviaria, a pesar de las circunstancias bélicas actuales.
Enseguida, la amplitud de su casco histórico, conformado en la época austriaca y sometido a una constante reconstrucción en los últimos años, salpicado por iglesias barrocas de diferentes confesiones, conteniendo un muestrario de arquitecturas eclécticas y del estilo secesión, de moda en los tiempos del emperador Francisco José.
El centro, casi derruido, en torno a la plaza del mercado, atraía a miles de viajeros, muchos de ellos jóvenes, que disfrutaban de la música en la calle y de las delicias de la cerveza, el café y el chocolate locales, todo mucho más barato que en la vecina Unión Europea (UE).
No había duda de que, dentro de poco tiempo, Lviv pudo ser una escala más para miles de turistas como Praga, Viena o Cracovia; sin embargo, la brillante pátina cosmopolita no consigue tapar el mensaje que asoma en cada esquina: estamos en Ucrania, un país inestable que desde 2014 sufre las injerencias violentas de la Rusia de Vladímir Putin, que la atacó el 23 de febrero de 2022.
En marzo de 2014, las tropas de Rusia ocuparon la península de Crimea y mantuvo, con altibajos, un enfrentamiento permanente en la zona oriental del Donbás, poblada por rusos, porque Lviv es una de las sedes más activas del nacionalismo ucraniano, fortalecido por el conflicto.
El viejo templo de los jesuitas, dedicado a almacén de libros en el periodo soviético, exalta hoy a los héroes caídos en el Este, con banderas nacionales adornadas por Cristos y lemas patrióticos, y no en vano la Iglesia greco-católica sobrevivió al régimen comunista, que la había condenado a la clandestinidad, para situarse en el núcleo de la identidad ucraniana.
Una de las atracciones más populares de la ciudad consistía en una taberna subterránea donde se ofrecían vodka y comidas típicas entre la parafernalia militar y las canciones patrióticas, con una condición para entrar, consistente en exclamar “Slava Ukrayini!” (“¡Gloria a Ucrania!”).
Ese aliento nacionalista, que impregna la percepción del pasado que transpiran las instituciones públicas y privadas, es de martirologio y camaradería militar, y no era raro encontrarse con la memoria de los movimientos que lucharon por la independencia de Ucrania, levantados contra los soviéticos y también contra los nazis en la II Guerra Mundial.
Su bandera roja y negra acompaña a la azul y amarilla del Estado, los museos ilustran la genealogía de la nación y repasan los agravios y violencias que experimentaron los ucranianos a manos de rusos, polacos y alemanes.
Hay horrores que describen con todo detalle la siniestra prisión que utilizaron estos ocupantes para torturar y asesinar a los patriotas, y si uno se atiene a las apariencias, se abandona Lviv con la sensación de que siempre fue una urbe ucraniana maltratada por extranjeros feroces.
Lo cierto es que esta ciudad albergó una historia distinta, y hasta la década de 1940, la mayoría de su población no hablaba el ucraniano como lengua materna, sino el polaco y el yidish; es decir, era en buena parte católica latina o judía; pero de la herencia polaca queda poco, pues los choques armados provocaron, antes y después de acabar la última gran contienda mundial.
Hubo una cruel limpieza étnica que dejó a Ucrania sin apenas polacos y a Polonia casi sin ucranianos, y de la presencia hebraica no hay más que un rastro residual en ciertos rincones del plano y en la carta de algún restaurante.
Las sinagogas fueron reducidas a cenizas, y cientos de miles de judíos —casi la mitad de los habitantes de Lvov en 1941—, asesinados en pogromos o en el no lejano campo de exterminio de Belzec, y es que los judíos han sido casi sido borrados, como si nunca hubieran existido.
Unos cuantos monumentos erigidos en años recientes habían roto el silencio soviético sobre el asunto —la llamada Gran Guerra Patria contra la Alemania nazi no dejaba espacio para la conmemoración judía—, pero resultan tímidos, para evitar problemas.
Hay la Lemberg austriaca y la Lwów polaca que se pierden en los relatos de la Ucrania eterna, y es cuando aparecen las estatuas que honran a los escritores que recuperaron la lengua ucraniana, hablada más por los campesinos que por los habitantes de las ciudades.
Este es un ejemplo de nacionalismo étnico, que identifica la comunidad política con un grupo de cultura y lengua homogéneas, y que no dudó en destruir a los colectivos con religiones e idiomas distintos, que ha terminado por triunfar.
Los guerrilleros nacionalistas, hoy tan admirados, no ocultaban la xenofobia y el antisemitismo que implicaron a algunos de ellos en matanzas de polacos y en el Holocausto, aunque se rebelaran contra la negativa nazi a concederles un Estado.
Kiev promueve versiones sesgadas del pasado, según las cuales los suyos nunca hicieron nada reprochable, y la bandera europea, que abunda asimismo en Lviv, no parece aludir a los valores democráticos y cívicos de la Unión, sino a su necesario apoyo frente a la amenaza rusa.
Pocas personas se acuerdan de celebrar la antigua diversidad y la convivencia entre gente distinta, tan difícil como prometedora, algo que parece una advertencia seria para toda Europa, invadida por la derecha partidaria, antinimigrante, nacionalista y nostálgica de lo ocurrido en la primera mitad del siglo XX, cuando se quiso imponer un nuevo orden para el mundo.

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