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Sergio Gómez Montero*
La poesía no es un filtro de las cosas
ni un raro sortilegio ni un consejo rotundo
M/ Benedetti: “La poesía no es”

Es extraño pero cierto, cómo, a pesar de ser instituciones remotas diversas, algunas de esas instituciones aún se mantienen vigentes, como es el caso, hoy, de la realeza británica, vigentes desde la Edad Media y que están aún hoy siendo respetadas por un pueblo que no recibe ningún beneficio de ellas, pero, impúdicamente su riqueza crece sin recato ni medida, como en la Edad Media, con los impuestos que el pueblo aporta para sostener a esos, sus impúdicos nobles, a los que Harry y Meghan, duques de Sussex, hoy han rechazado.
Pero no sólo esas instituciones medievales están hoy vigentes… En el caso de México, por ejemplo, está hoy siendo limitadamente cuestionado el Poder Judicial (desde dentro y fuera de él), quien hasta hace poco se ubicaba libre de toda culpa. Hoy, en la modernidad que nos ha tocado vivir, se le cuestiona con mucha seriedad cuando se le quiere hacer pasar por el matiz de las reformas constitucionales, al margen de que dicho Poder tenga orígenes griegos y que, desde entonces goza de una autonomía hasta hoy incuestionable. ¿Por qué, por antiguo, por supuestamente venerable su función? Pero, ¿por qué él, el Poder Judicial entre nosotros, hasta ahora es el único de los tres poderes de la República que no pasa por el tamiz del voto de la población? ¿Goza él de algún privilegio en especial o ese privilegio él mismo se lo ha otorgado, asumiendo que la tarea de impartir justicia es todavía hoy una tarea divina y que sólo ellos, en su carácter de representantes de los dioses griegos en la tierra, están capacitados para impartir justicia? ¿Tan compleja así es la justicia?
Desde luego que no. Pensando con los pies en la tierra –como corresponde tanto al Presidente de la República como a los senadores que están metidos en esa tarea, en particular a Ricardo Monreal– debiera pensarse que ya es tiempo de poner en conexión con la tierra a nuestro Poder Judicial, encontrando los mecanismos que nos permitan a todos los ciudadanos saber a quién corresponde una representación tan delicada como es el otorgamiento de justicia, que si bien original y muy remotamente era una tarea de los viejos de la tribu, hoy, ella, naturalmente se debe basar en una sabiduría muy profunda, resultado tanto de lo teórico como de lo práctico y que desde el punto de vista parmenideo tenía mucho que ver, en ambos aspectos, con lo hermético; es decir, originalmente entre los griegos, los ministros que impartían justicia aparte de viejos eran personas que se distinguían por su sabiduría y su ecuanimidad, pues actuaban con los ojos cerrados a la hora de emitir sus dictámenes que aparte de justos eran inapelables: nadie tenía derecho a discutirlos, pues ellos eran doctrina.
No es pues fácil enfrentar la tarea que implica la reforma del Poder Judicial, pues ello conlleva problemas complejos tanto de carácter histórico como más actuales, en donde lo que está en juego, desde ambos puntos de vista, es una autonomía que no siempre ha funcionado correctamente y es por esa razón que también, en algunos países, se ha optado por el consenso popular (el voto) para definir quién sí y quién no debe ocupar el cargo de ministro de justicia, pues el cargo, como con los griegos, era de gran responsabilidad y trascendencia. ¿Se garantiza así la autonomía de lo judicial? No, a pesar de ello lo político contamina…, pero menos.
Es decir, no vaya a ser que después de la reforma amanezca el país –gracias a los dioses y diosas del Olimpo– con una SCJN conformada por siete medina moras para impartir justicia a la Nación. De terror esa pesadilla, ¿no?
*Profesor jubilado de la UPN
gomeboka@yahoo.com.mx

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