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Sergio Gómez Montero*

y como hombre de su tiempo que era, 
también ardientes cantos y poemas civiles
 
de esquina y banderas

R. González Tuñón: “El poeta que murió al amanecer”

No podemos hablar de sorpresas. La jornada electoral del domingo pasado en seis estados del país fue tranquila, con resultados electorales previstos (sobre todo el nuevo triunfo de López Obrador en Puebla y Baja California), y una jornada electoral en donde la votación promedió 30% del padrón (en Baja California un poco más del 22%, que no representa ni la cuarta parte del padrón), lo que refleja la pérdida de popularidad y capital político de AMLO, aunque eso fue suficiente para que sus candidatos (Miguel Barbosa en Puebla y Jaime Bonilla en Baja California) salieran triunfantes. No podemos restarle méritos al triunfo de Morena en esos dos estados (aunque perdiera frente al PAN las capitales de Durango y Aguascalientes), pero sí señalar que en Puebla nadie sabe qué pasará frente a la salud endeble de Barbosa (lo dice alguien diabético, con dos piernas amputadas) y sobre todo en Baja California, en donde el estado va a quedar en manos de Amador Rodríguez Lozano, un priista de vieja estirpe, quien en su calidad de Secretario General de Gobierno se encargará de dirigir, junto a una cauda de priistas, a la entidad, en tanto Jaime Bonilla quedará sólo como una figura decorativa.

¿De qué vale pues, entonces, otro triunfo de López Obrador?

Esa carencia de voluntad política para modificar realmente a fondo el panorama político de la Nación es lo que hoy, cada vez con más fuerza, se le está reclamando a López Obrador, quien, por ejemplo en la jornada electoral que acaba de pasar imponiendo candidatos que sólo reproducían viejas fórmulas, dejó que las cosas pasaran de acuerdo a como él las planeó, sin que se aventurara, mínimamente, a modificar el panorama partidista hasta hoy vigente, por más muestras que tenga de que ese panorama le ha causado muy graves daños al país y que tarde que temprano allí germina el mal que lo va a llevar a él como gobernante a su derrumbe total. Y no, no es que se le quieran pedir peras al olmo, pero qué reclamaban en julio los 30 millones de mexicanos que votamos por él: ¿el fin del neoliberalismo:, ¿la recuperación del crecimiento?, ¿el adiós a la corrupción?, o, más sencillo, ¿un cambio sensible del viejo modelo de país que se nos había impuesto? Mas, hasta ahora, seguimos sin ver claro, porque nada o muy poco ha cambiado y eso ya tiene inquieta a una gran parte de la población, que no entiende la austeridad, ni el neoasistencialismo ni, mucho menos, el renacimiento de viejas tramas partidarias en cada proceso electoral.

Fue, pues, el pasado, un domingo amargo: por un lado las intemperancias de Trump y por el otro, un domingo electoral que pareció haber logrado el renacimiento del PRI y llevar en Puebla, ¿realmente a quién? Es decir, lo peligroso de todo esto es que se sigue jugando con la voluntad del pueblo, sin que éste entienda realmente qué está pasando, y así no se puede seguir exponiendo la voluntad de un pueblo que pensó que, al fin, las cosas iban a cambiar. Y no, hasta hoy pocas cosas han cambiado.

*Profesor jubilado de la UPN

gomeboka@yahoo.com.mx

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