Gloria Analco
El retorno de una lógica macartista hemisférica bajo el trumpismo
Tres décadas después del fin de la Guerra Fría, parecieran regresar viejas lógicas de confrontación continental. Donald Trump parece incluso reivindicar, bajo nuevas formas, el espíritu del macartismo, algo que no resulta extraño si se recuerda que su mentor político y jurídico fue Roy Cohn, principal asesor del senador Joseph McCarthy durante la cacería anticomunista de los años cincuenta.
El caso de Raúl Castro no puede verse hoy como un episodio aislado ni exclusivamente judicial. Se inscribe dentro de un nuevo clima de confrontación ideológica impulsado desde Washington, donde figuras vinculadas a la izquierda vuelven a quedar bajo presión política, mediática y judicial.
Más allá de la veracidad o falsedad de cada acusación particular, lo significativo es el patrón político que emerge: dirigentes vinculados al progresismo latinoamericano, al chavismo o a la Revolución Cubana aparecen crecientemente sometidos a presión judicial, financiera y mediática en medio de un renovado clima de confrontación ideológica continental.
El concepto histórico que quizá más se aproxima a lo que hoy está ocurriendo es la vieja doctrina estadounidense de seguridad hemisférica durante la Guerra Fría. Washington definía en esos tiempos qué proyectos políticos eran tolerables en América Latina y cuáles debían ser contenidos o aislados.
La visión política de Trump parece orientada a dividir el continente entre gobiernos aceptables y gobiernos enemigos, resucitando una lógica de Guerra Fría donde la izquierda vuelve a ser tratada como amenaza ideológica.
Bajo la tutela de Cohn, Trump aprendió a utilizar la atención mediática -favorable o adversa- como herramienta de permanencia política, pero no fue lo único que aprendió de él. Su visión de la política se basa en la confrontación permanente, la erosión de la confianza institucional y la subordinación de la legalidad a la lógica de la victoria.
Se trata de una estrategia que privilegia la disputa sobre el consenso y la presión sobre la negociación, rasgos que han sido señalados como característicos de su estilo político.
No fue casual que Trump bautizara recientemente su alianza hemisférica con dirigentes conservadores latinoamericanos como Shield of the Americas (el Escudo de las Américas). Todo escudo supone una amenaza. Y en la nueva narrativa política del trumpismo, esa amenaza vuelve a tener un nombre: la izquierda, aunque para los efectos del trumpismo equivale a comunismo.
Dentro de esa lógica comienzan a inscribirse episodios aparentemente distintos, pero unidos por un mismo trasfondo político: la acusación contra liderazgos de la izquierda.
La acusación contra Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate; las investigaciones abiertas en España contra José Luis Rodríguez Zapatero, figura cercana al Grupo de Puebla y defensor del diálogo con Venezuela; acusaciones múltiples contra Evo Morales, cuyos cargos él denuncia como persecución política; y el caso de Nicolás Maduro en Venezuela.
En el caso de las avionetas de Hermanos al Rescate, fue Fidel Castro quien ordenó el derribo en 1996.
En los años noventa, Cuba vivía bajo una presión extraordinaria estadounidense destinada a provocar el derrumbe definitivo de la Revolución tras la desaparición de la Unión Soviética.
En ese escenario de asedio, las autoridades cubanas consideraban las incursiones aéreas procedentes de Florida como parte de una estrategia hostil más amplia contra la isla.
Resulta imposible separar lo ocurrido el 24 de febrero de 1996 del contexto histórico en que se produjo.
Fue en el contexto del endurecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos tras el fin de la Guerra Fría cuando se produjo el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate.
Con el colapso de la Unión Soviética, Cuba quedó sumida en una profunda crisis económica durante el llamado Período Especial.
Lejos de producirse una distensión automática en la política de Washington, la estrategia hacia la isla se endureció, en un clima en el que se percibía la vulnerabilidad del sistema cubano como una oportunidad para forzar su transformación.
La isla sufría una crisis económica devastadora mientras en Washington crecían las expectativas de que el sistema cubano finalmente colapsara.
Las autoridades cubanas habían denunciado reiteradamente incursiones aéreas de la organización Hermanos al Rescate sobre espacio aéreo cubano.
Según La Habana, aquellas operaciones no se limitaban a labores humanitarias, sino que formaban parte de un clima de hostilidad política y de acciones dirigidas a desestabilizar internamente al país en uno de los momentos más vulnerables de la Revolución.
En ese escenario, Fidel Castro tomó la decisión de impedir nuevas incursiones aéreas tras múltiples advertencias previas.
Décadas después, el Departamento de Justicia estadounidense reabre el caso colocando a Raúl Castro como figura central de la acusación, aun cuando Cuba sostuvo siempre que actuó en defensa de su soberanía territorial frente a reiteradas violaciones de su espacio aéreo.
Documentos desclasificados y diversos análisis posteriores reflejan el incremento de la presión económica, diplomática y política sobre Cuba en aquellos años.
Apenas el gobierno cubano contenía una ofensiva, surgía otra.
En ese contexto apareció Concilio Cubano, como se denominó una reunión de opositores, promovida desde sectores externos y amplificada desde Miami, e interpretada en La Habana como parte de una estrategia más amplia de articulación de oposición interna en uno de los momentos más frágiles del país.
Hermanos al Rescate –conformada por pilotos cubano-americanos que se dedicaban a rastrear a los balseros en las aguas del estrecho de la Florida- formaba parte de esa estrategia, y hacia continúas incursiones en el espacio aéreo para lanzar propagando invitando a participar en Concilio Cubano, organizado por secciones a lo largo y ancho de Cuba.
Fue en ese escenario de máxima confrontación cuando Fidel Castro tomó la decisión de comunicar al gobierno de Estados Unidos que si continuaban esos vuelos los derribaría, luego de numerosas quejas para ser contenidos.
Concilio Cubano formaba parte de una operación política más amplia de Estados Unidos que intentaba desbaratarle la casa a Fidel Castro.
La reunión de Concilio Cubano estaba programada para efectuarse el 24 de febrero de 1996, pero el 17 de febrero Fidel Castro ordenó la detención de los delegados, acusándolos de actuar en coordinación con intereses estadounidenses.
El 24 de febrero de 1996, fecha prevista para la reunión del Concilio Cubano, pilotos de Hermanos al Rescate realizaron nuevas incursiones hacia el espacio aéreo cubano, en continuidad con vuelos anteriores que habían sido objeto de advertencias y protestas diplomáticas reiteradas. En total, según las autoridades cubanas, se habían producido alrededor de 28 incursiones previas.
Ante las quejas cubanas, Washington se mostró en distintos momentos cooperativo en el plano diplomático, pero las violaciones no cesaron.
En ese contexto, el gobierno cubano advirtió formalmente que, de repetirse esas incursiones, los aviones serían derribados conforme al derecho internacional.
Esa advertencia, según versiones posteriores, no habría sido transmitida de forma efectiva a los pilotos de Hermanos al Rescate.
El 24 de febrero de 1996, los pilotos cubano-americanos hicieron dos entradas a Cuba, una aproximadamente a las once de la mañana, cuando fueron advertidos del peligro que corrían.
En ese momento Fidel fue consultado, en un principio decidió que se les transmitiera la advertencia de que podrían ser derribados si no se alejaban del espacio aéreo cubano.
Solo cuando volvieron a enfilar rumbo a aguas cubanas, Fidel Castro dio la orden de abatirlos.
El resultado fue que dos de los aparatos fueron hechos polvo por los Mig-29 cubanos, con cohetes aire-aire muy efectivos, de tecnología rusa.
El líder de Hermanos al Rescate, José Basulto, se rezagó quedando fuera de las aguas territoriales cubanas, por lo que no fue derribado.
Décadas después, el caso reaparece en el terreno judicial con nuevas acusaciones dirigidas contra Raúl Castro, en medio de una narrativa de presión política internacional.
Apenas dos días después del derribo, llegó a La Habana Juan Pablo Roque, quien hasta poco antes había sido piloto de Hermanos al Rescate. Su llegada abrió una nueva dimensión del caso al ofrecer una narrativa interna sobre el funcionamiento de la organización.
Roque arribó en un vuelo comercial y, en una entrevista en la televisión cubana, aseguró que las operaciones de Hermanos al Rescate estaban financiadas por sectores del exilio cubano, incluyendo la Fundación Cubano-Americana y empresarios de origen cubano, entre ellos el propietario de la empresa Bacardí. También afirmó que los vuelos eran monitoreados por agencias estadounidenses.
Sostuvo además que no había sido infiltrado en la organización y que decidió abandonarla al considerar que estaba siendo utilizado en operaciones contrarias a su país de origen.
El impacto de sus declaraciones fue inmediato en Miami, donde su esposa fue entrevistada por medios estadounidenses, expresando su desconcierto ante la aparición pública de Roque en la televisión cubana.
En su testimonio, Roque detalló operaciones de sabotaje, incluyendo planes para colocar explosivos contra infraestructuras eléctricas en Cuba y acciones dirigidas contra el liderazgo del país.
El episodio cerró una de las crisis más tensas entre Cuba y Estados Unidos en la década de los noventa, en un momento en que la isla atravesaba su mayor fragilidad económica tras el fin del bloque soviético, y en el que la confrontación bilateral lejos de disminuir se reconfiguraba en nuevas formas de presión política, mediática y estratégica.
A la distancia, aquel caso no puede leerse solo como un incidente aéreo ni como un expediente judicial aislado. Forma parte de una secuencia más amplia donde la política exterior estadounidense hacia Cuba -y hacia los gobiernos identificados con la izquierda en América Latina- ha oscilado entre la contención, la presión y la judicialización del conflicto político.
En ese sentido, los hechos de 1996 no pertenecen únicamente al pasado: se insertan en una lógica que, bajo distintos lenguajes y narrativas, continúa reapareciendo en el escenario hemisférico contemporáneo.
