viernes, abril 19, 2024

En Acapulco, el crimen nunca se fue

Fernando Irala

 

Todavía no se recupera Acapulco de la devastación del huracán Otis, que hace tres meses y medio azotó la bahía con una fuerza destructiva no recordada, pero ya la delincuencia organizada ha hecho sentir su presencia y su dominio de la vida cotidiana en el puerto.

Muchas calles de las colonias populares aún se observan llenas de basura, la mayoría de las casas todavía exhiben los daños que en sus techos, ventanas e interiores causó el meteoro, tres cuartas partes de la infraestructura hotelera se encuentran en reparación, pero los criminales hacen sentir de nuevo su presencia en las calles y en los servicios de la ciudad.

El paro del transporte público, ordenado por los grupos de delincuentes, se acató el fin de semana y casi todos los taxistas y conductores de autobuses lo obedecieron por temor a las represalias de los carteles. Saben que no se andan con cuentos y que están exponiendo literalmente la vida.

La respuesta de las fuerzas de seguridad no podría ser más triste y significativa. Los vehículos oficiales y sus conductores ahora la hacen de suplentes del transporte público. Se supone que su presencia debería dar seguridad a los prestadores de servicios para sentirse protegidos y desarrollar sus actividades de manera normal. Pero no es así, y entonces tanto la policía local como la guardia nacional intentan dar un servicio deficiente e insuficiente, dejando de lado su tarea fundamental de dar orden y tranquilidad a la población.

Mientras tanto, la gobernadora estatal y la alcaldesa acapulqueña ni se asoman por estos días. No es su tema, no lo dominan, no saben qué hacer.

Sólo los trabajadores que cada mañana intentan llegar a buena hora a sus trabajos sin lograrlo, saben de la relevancia que tiene que el camión pase más o menos a tiempo. Y sólo su conductor sabe a lo que se arriesga cada jornada, cuando saca su vehículo a dar servicio y en cada esquina pueden estarlo esperando los sicarios, que operan a la luz del día y en absoluta impunidad.

Se fue Otis, pero el crimen se quedó sin que nadie intente detenerlo. Es más bien la fuerza que gobierna el puerto y sus alrededores.

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