fbpx

Por Gabriel Pereyra

La muerte de Frank White aunque esperada, representó un poco mi propia muerte. “Él hombre es él y sus circunstancias”, decía Ortega y Gasset, de manera que cuando alguien muy cercano muere o desaparece y cambian las circunstancias, uno muere un poco. Jaime Torres Bodet decía “un hombre muere en mí siempre que un hombre muere…” Según la tradición mexicana la única manera de seguir vivo es que tus seres queridos te recuerden, te pongan en el altar de muertos, y sigan dialogando contigo de su vida. De esa manera continua esa relación vital que mantenemos los mexicanos entre vivos y muertos.

 

Los oaxaqueños cantamos “… cuando yo muera, no llores sobre mi tumba, canta ritmos alegres mamá, cántame la Sandunga. ¡No me llores no¡, ¡no me llores no¡, porque si lloras yo muero, en cambio si tu me cantas, yo siempre vivo y nunca muero.”

 

Frank murió en la semana en la que se festejó el año nuevo judío. Una leyenda de esa religión nos dice que en cada generación hay 33 justos en todo el mundo, judíos o no judíos, y otra afirma que los justos mueren en Rosh Hashaná el año nuevo judío que ahora es 5779.  Frank era sin duda un hombre justo, un hombre bueno, a great fellow, fue un ejemplo de como se debe entender la amistad y como se debe vivir con los amigos, sin reproches, sin reclamaciones inútiles, aceptándolos como son, sin tratar de cambiarlos, ni pretender modificar su conducta. El único reclamo que me hizo en la vida fue cuando publiqué en forma equivocada al autor de “En busca del tiempo perdido”.

 

Frank fue de alguna manera una amistad tardía, pero de gran intensidad y aceptación, lo conocí hace 12 años en Oaxaca, cuando los dos en mesas separadas consumíamos una pizza y una copa de vino. Le pregunté si estaba solo y le propuse que cenáramos juntos. Pedimos una botella de vino y me empezó a dar una clase de literatura norteamericana y latinoamericana del siglo XX.  Había leído toda su vida. Fue editor del diario “Houston Chronicle”.  Su autor favorito era el chileno Roberto Bolaños.

 

Nos citamos a la semana siguiente y después los fines de semana y poco a poco fue creciendo una sólida y entrañable amistad. Viajamos varias veces, a Suramérica y a bellísimas ciudades mexicanas. En ocasiones llegábamos por rumbos distintos para disfrutar en compañía la emoción del descubrimiento de las ciudades. Era gratificante compartir la vida con un hombre formado en otra cultura con una inteligencia despierta, conocimiento de la vida y una lucidez y claridad meridiana.

 

Nunc hablamos de los años anteriores a conocernos, pero no era necesario, nos unía el presente, encontrarnos en una esquina, disfrutar un atardecer, mirar y sentir los ambientes de diversas ciudades, el color y forma de expresión de la gente, escuchar sus modismos, ver el desfile de la humanidad.

 

Frank amaba la vida, la belleza del pensamiento creador, las maravillas de la creación del ser humano, los paisajes y espacios.  Era un hombre universal. Llego a Oaxaca y la adoptó como su segunda casa.  Invitaba a sus amigos norteamericanos a venir, a disfrutar todas las delicias de esta tierra. Aquí dejó algunas de sus mejores amistades. Se fue a vivir a Dublín para releer el “Ulises” de James Joyce y respirar el ambiente en que este extraordinario libro fue escrito. Visitó Europa, continente que no conoció en su juventud porque durante la II Guerra Mundial estuvo en el Pacifico.

 

Con el tiempo Frank se fue convirtiendo en un miembro de mi familia. Mis hijas, nietos y sobrinas lo querían, tenía un lugar designado en la mesa con los Pereyra-Havens.  En las navidades al contar a los asistentes para la cena alguien afirmaba “y Frank” quien era un gourmet de la comida mexicana, comía chile, moles, tlayudas, tamales y salsas picosísimas.

 

De esa manera lo fueron adoptando y queriendo todos. Practicaban el inglés con él y en muchas ocasiones recibieron comentarios sobre las traducciones y trabajos. Comento que Karen Pereyra era una excelente traductora. Mis parejas y amigos lo veían como un miembro de mi familia. En ocasiones nos acompañaba a Cuernavaca a viajes cortos.

 

Fui a Brevad NC., cuando le pusieron una rodilla biónica y hace unos meses cuando estaba en una casa de retiro. Siempre disfrutábamos nuestro menú preferido, pizzas y vino, paseamos por las calles de ese bellísimo poblado y nos despedimos con la promesa de vernos más adelante. Volveré en otoño, le dije antes de darle el último abrazo físico e internarlo en mis recuerdos. Frank era ateo, no quiso ninguna ceremonia luctuosa, la cual hubiera sido un perfecto pretexto para conocer a todos los que lo conocimos y amamos. Pero no importa, él, como cree el imaginario mexicano, estará en mis recuerdos con el amor que mantiene vivos a los muertos.

 

Gracias por tu amistad Frank, por haber enriquecido mi vida, por compartir momentos tan importantes, aunque ahora tu partida sea un dolor profundo imposible de ubicar. ggpereyra@hotmail.com

Comentarios

comentarios