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*Mónica Herranz

Y ahí estaba ella contemplando la pantalla, en plano vasallaje de una verdad que en su interior alguna vez sospechó y de la cual hasta ese momento no había encontrado negativa o confirmación.

 

Las historia había comenzado tiempo atás, allá por la preparatoria. Él, un chico muy apuesto a ojos de ella, formal, simpático, con sentido del humor, conservador, sensible, alto, delgado y con ese gusto por la música que tanto los hacía coincidir. Ella, chica encantadora de profundos ojos expresivos, alegre, reservada al inicio pero desenvuelta despues, carismática y sensible también. Adolescentes ambos, con ganas de descubrir y experimentar la vida, el mundo, la músca y el amor, así fue como comenzó su camino juntos; un camino que algún día pensaron sería para siempre, como se suele pensar con los primeros amores de juventud.

 

Al inicio y durante los primeros años todo marchó como miel sobre hojuelas, el entendimiento mutuo, la comprensión, la atracción, la complicidad, la visión que del mundo tenían, ¡fluía!, y hasta en las discusiones que a veces tenían, hasta en eso había cierta armonía.

 

La etapa de vida por la que atravesaban estaba llena de cambios, de emociones, de decisiones por tomar. Hasta ahora habían compartido escuela y eso hacía que tuvieran la posibilidad de verse con frecuencia, de convivir, de tener un grupo de amigos en común. Conforme cursaban el último año de preparatoria habían de elegir carrera y universidad y con ello se abría un mundo nuevo para los dos, nuevos amigos, nuevos trayectos, nuevos proyectos, nuevas rutinas y sí, nuevas amenazas también.

 

-¿Que tal si en ese nuevo mundo ella encuentra a alguien que le guste más?- pensaba él, -¿qué tal si ahora que no coincidiremos tanto él se aleja?- pensaba ella. Jóvenes al fin, iniciaron sus carreras y así pasaron unos dos años más.

 

Allá por el cuarto año de noviazgo, ya siendo ambos menos adolescentes y más adultos, algo empezó a cambiar, o bueno, quizá no a cambiar sino a ser más evidente, más manifiesto.

 

Las cosas eran correctas o adecuadas si se pensaban como él las pensaba y se hacían como a él le gustaba que se hicieran y las discrepancias en cualquier caso ocasionaban cada vez mayor conflicto.

 

Ella percibía estos aspectos rígidos en él y trataba de entenderlo a la par que trataba de etenderese a sí misma y así comenzó una etapa de vaivenes, de terminar y regresar a un amor que parecía irrompible, porque cada vez que decidían separarse, ya fuese por uno o por otro, terminaban por regresar.

 

Llegaron a un punto en dónde el sentimiento puro y duro no bastaba, en el que la relación se tornó insostenible, en dónde hasta la sexualidad, campo en el que nunca llegaron a concretar, también estaba afectada. Esos acercamientos mutuos ya no eran suficiente, las caricias reclamaban más, y él por algún u otro motivo terminaba por no concretar. Ella dolorosamente se cuestionaba, -¿será que no me quiere lo suficiente?, ¿será que no soy del todo de su tipo?-. No tenía prisa por iniciarse en la sexualidad, pero trás siete años de noviazgo…¿qué había que esperar?. En fin, el cúmulo de dudas, de zozobra, de problemas, de peleas, de desencuentros, los llevo finalmente a poner punto y final.

 

Despúes de un tiempo de recuperación, de sanamiento, ella continuó su camino, se volvió a enamorar, se casó y formó una familia. Él continuó con sus estudios y ambos, de tanto en tanto, tenían noticias de lo que era del otro por aquel grupo de la preparatoria del que aun tenían algunos amigos en común.

 

Trás la boda de ella, él reapareció, le hizo digamos que una visita virtual, una conversación por chat que a ella, aun casada, logró agitarle el corazón, pero ahí quedó, la vida seguía su curso, hasta aquel día en que se volvieron a ver; años habían transurrido desde la última vez.

 

Charlaron por horas y se contaron otra versión de su propia historia, una, aparentemente, más llena de verdad, una con mayor objetividad y fue justo en el transcurso de esa charla, en el que ella recordó, a través del discurso de él, ciertos sentimientos y dudas que la habían asaltado tiempo atrás. Así que al llegar a casa, sin vacilar, prendió su computadora, buscó sobre él, stalkear lo llaman, y fue ahí cuando se encontró contemplendo la pantalla siendo avasallada por lo que ella había intuido alguna vez y él no se había atrevido a confesar.

 

Una declaración en su muro, una articulo autobiográfico, “…y entoces tuve una relación homosexual con una mujer trans”. Ella no supo ni cómo reaccionar, ¡mi ex es gay!, ¿si lo es?, ¿siempre lo fue?, ¿es homosexual o estará en vías de ser transexual?. Finalmente el texto daba para pensar eso y más.

 

Sorpresa, indignación, incredulidad, perplejidad, confirmación, fueron algunas de las piezas de ese rompecabezas que de pronto parecían encajar. Fue innevitable recordar la ocasión en que en su terapia planteó la posibilidad de que su novio fuera gay, pero era una realidad tremenda de aceptar, así que una parte de su mente pensaba que lo decía en realidad por dolor, por el dolor de la inminente ruptura, por el dolor de la tristeza y la impotencia, de ese sentimiento que alguna vez tuvo de no poder hacer nada más, porque hiciera lo que hiciera, terminaba siempre por no funcionar.

 

Ahora sabe que no se trató de ella, que no es que no lo entendiera o que no fuera sufuciente para él, ahora sabe que haberse dado la oportunidad con alguien más, aún con el dolor que aquello en su momento representó, fue una buena decisión, porque a decir verdad, nunca, nunca, hubiera podido ofrecerle a él aquello…, aquello que los terminó por distanciar.

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

facebook.com/psiherranz psiherranz@hotmail.com

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