DE ENCANTOS Y DESENCANTOS: Perdida en la madrugada

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*Mónica Herranz

Conducía por la ciudad sin rumbo fijo, aire cálido, ventanilla abajo, manos al volante, atención fija en la nada, música suave, melancólica, música herida. Acordes que rondaban una cicatriz, nostalgia por la pérdida de lo que no había tenido.

 

Las once y media, salida del cine. Objetivo, no llegar a casa. Aturdimiento de una mente en laberinto que no encuentra salida.

 

Luz roja en el semáforo, frenar, esperar, observar el coche de al lado, un mundo ajeno, una historia distinta -¿a dónde se dirigirá?. Verde, avanzar, primera, segunda, tercera velocidad, incorporarse a la avenida principal. Una vuelta más.

 

Doce y media, la luna en su mirada y ella sin rumbo extraviada. -¿un café?, ¿ya no hay de aquellos veinticuatro horas?-. Explorar, buscar, desear  no hablar con nadie, apagar el celular, desaparecer de todo y de todos un rato nada más, escapar de sí misma, fuga de la realidad.

 

Una y media, el reloj avanza, ¿a dónde dirigirse?, no son ya horas para llamar y seguía sin querer llegar. Una vuelta más vagando por la ciudad, mientras, una rabia fría y una tristeza agotada y sombría eran esa noche su compañía. Deseo de seguir y terminar, deseo de avanzar sin rumbo y a la par frenar. Dos y media, quizá él ya se haya dormido, tal vez ahora, sea hora de llegar y no por ganas, sino por seguridad, no era prudente seguir vagando sin rumbo por la gran ciudad.

 

Entrar a casa sigilosamente, asomarse a la recámara nada más, ahí estaba él, cubierto hasta la nuca, de espaldas a la entrada, fingiendo roncar. Uno, dos, tres pasos para atrás, ella había entrado en casa pero se resistía, de alguna manera, a terminar de llegar.

 

En absoluto silencio se dirigió a otra habitación, se descalzó, se cubrió con una manta y se colocó los audífonos y ahí sí, en la itimidad, resguardada del mundo y de aquél que dormía en su cama, acompañada ahora por una intensa melodía de Rachmaninov, dejó que un llanto inmensamente silencioso y profuso brotara desde lo más profundo de su alma para no volver jamás.

 

Cada nota retumbaba en su interior, y aun con ello y a su pesar alcanzó a oirlo cuando entró, -¿amor?- escuchó que él le preguntaba, pero ella fingió también dormir y así mientras él volvía los pasos hacia la otra habitación, ella alcanzó a mirarlo con el rabillo del ojo y lo sabía, le estaba diciendo adios.

 

Por su parte él volvió a la cama, se sentía aliviado porque ella hubiera llegado, pero no podía dormir. Ella nunca había dejado de ir a a cama, él sí, pero ella no. Recapituló el día, las discusiones continuas de los días previos, su actitud de fría sobervia y de hostil indiferencia y ahí tenía el resultado. Lo intuyó mientras ella no llegaba, pero una vez que lo hizo, tuvo la confirmación.

 

Al verla agotada y acurrucada, cobijada por aquella manta, sin haber querido ni si quiera llegar a la cama, supo que irremediablemente la había perdido y que no habría manera de recuperarla.

 

Ella, que siempre había sido partidaria de la reconciliación, despertó con el ímpetu de establecer una tregua, pero una tregua consigo misma, una tregua dónde él ya no estaba considerado.

 

La noche de duelo y confusión había terminado. Despertar, tomar un baño y un café, poner maleta. Determinación, firmeza, dueña de sí de nuevo, frente a la atónita y perpleja mirada de él. En el umbral de la puerta una última mirada, adios. Ponerse en marcha, primera, segunda, tercera velocidad…algo de dolor y una gran sensación de libertad.

 

*Mónica Herranz

 

Psicología Clínica – Psicoanálisis

 

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