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*Mónica Herranz

 

Pensó en la vida por un momento como si de estar en un barco de vela se tratara, a veces cerca de la costa, con un pie en tierra, manteniéndose segura, otras alejándose con un rumbo trazado, otras con buen clima para salir a alta mar y otras con pésimo clima estando ya mar adentro. Y es que, ¿no es en parte así la vida?. A veces tememos soltar amarras y salir del puerto aunque el destino sea atractivo, otras tantas por tan atractivo que es el destino, no nos importa cómo salimos del puerto, a veces tomamos en cuenta las condiciones climatológicas o tenemos un rumbo con una carta de nevegación trazada y en otras sólo nos lanzamos a navegar y a ver qué pasa.

 

Ella había navegado de muchas maneras ya, lo mismo capitaneando un gran trasatlántico que comandando una pequeña balsa de remos, lo malo, es que no siempre lo había hecho de forma acertada, en ocasiones por desafortunadas elecciones suyas y en otras por verse forzada a navegar en condiciones muy poco favorables.

 

Como sea, en cualquiera de los casos, siempre había conseguido regresar a puerto sana y salva, hasta que sucedió aquella terrible tormeta. No la vio venir, ni nadie le advirtió que, aunque aparentemente el sol brillaba y el cielo estaba despejado, se avecinaba un gran temporal.

 

En alta mar se encontraba cuando de pronto, el oleaje comenzó a volverse feroz, sentía que el mar se la quería tragar y si, se la tragó. Se la tragó, la zarandeó,  la revolcó y finalmente la escupió a tierra firme. Había tenido suerte, despues de todo, “sólo” había naufragado.

 

Y ahí estaba, tendida en la arena, mareada, vapuleada, medio ahogada, tosiendo, intentando recuperar la respiración, y lastimada por las piedras contra las que las olas la habían estampado antes de arrojarla a la arena. Miró a su alrededor, no había más que la pequeña isla en la que estaba y agua, nada más.

 

Pasó días muy complejos, hasta que de repente alcanzó a divisar una balsa, ésta se acercó, pero para poder ser rescatada, tenía que librar las piedras que cercaban la isla. Una y otra vez lo intentó, las piedras parecían atroces, chocaba contra ellas y era regresada a la arena, cada vez con una lastimadura más. Se estaba debilitando, a cada intento menor fuerza. Notó que en su desesperación por salir, estaba luchando contra las olas en lugar de aprovecharlas. Así que en uno de los últimos intentos, estratégicamente, aprovechó la fuerza de la marea, esta vez a su favor, y fue así como logró llegar a la balsa.

 

Se sentía aliviada aunque muy temerosa a la par, había comenzado el viaje de regreso, podría volver a puerto seguro, pero para ello, habría de hacer el mismo camino que la hizo naufragar. Fue entonces cuando comenzó el que resultó, el más profundo, contrariado, interesante e intenso viaje de su vida; el viaje hacia dentro de sí misma. Aprendió mucho en esa travesía aunque llegando a tierra firme habría jurado no volver a navegar jamás.

 

Pero extrañaba el mar, el mar  y su va y ven…, se acercaba a la orilla, se mojaba los piés, se sentaba frente a él y lo contemplaba.  Poco a poco volvió a nadar, poco a  poco fue de nuevo confiando en él y en ella también.

 

Llegó el día en el que se sintió suficienemente fuerte y recuperada como para volver a alta mar, pero había aprendido, esta vez llevaría chaleco salvavidas y un radio, una carta de navegación, víveres, y todo lo necesario para lidiar exitosamente contra cualquier eventualidad que se pudiera presentar.

 

Navegó y llegó a buen puerto, una y otra vez, gracias a lo aprendido en el naufragio pero también gracias a la cautela que había adquirido. Sin embargo, junto con la cautela, también había quedado cierto  resquemor que, de tanto en tanto, no hacía más que alterar su percepción haciéndola ver tormentas dónde tan sólo había chubascos.

 

Cierto día, se sintió con grandes deseos de volver a navegar lejos, de adentrarse en alta mar en su bote de vela, con un destino prefijado, aunque no inamoviblemene trazado. La ruta ofrecía distintas alternativas, así que fue surcando y explorando cada una de ellas. Se sentía cómoda con aquella situación, iba observando, analizando, reflexionando y tomando decisiones conforme la ocasión. Llevaba las velas desplegadas y ella iba al mando en el timón.

 

Recordó que antes del naufragio simepre había querido hacer un viaje a un punto específico y tenía una gran ruta trazada para ello. Había pensado que ya que llegara ahí la esperarían cosas maravillosas y entonces podría al fin ser feliz. El problema fue, y ahora podía verlo con claridad, que para llegar a ese puerto tan sólo había trazado una ruta, una única y exclusiva ruta, por lo que llegó a pensar que sólo por ese camino podría llegar a dónde quería llegar y por ningún otro más. Por eso el naufragio fue terrible y devastador, la hizo sentir que ya no podría llegar al puerto deseado por que aquella ruta del naufragio, estaba claro, nunca más la volvería a surcar.

 

Pero hoy era diferente, el panorama había cambiado, había dejado de contemplar sólo un camino y una ruta nada más. Se encontraba ahí en medio de la nada, en medio de alta mar, contemplando el horizonte decidiendo, dentro de la variedad de posibilidades, qué camino quería tomar.

 

Había dos rutas con infinidad de posibilidades, la del querer y la del deber y ella se encontraba ahí justamente a la puerta de cualquiera de las dos. Como había aprendido a hacerlo, meditó y sopesó pros y contras de cada una de ellas, pensó, analizó y reflexionó, sin embargo, no lograba llegar a ninguna conclusión. Un día pensaba que lo correcto sería tomar rumbo hacia el deber, y al siguiente consideraba que no había nada como ir hacia el querer.

 

Notó que tanto analizar la situación no la estaba llevando a nada, estaba paralizada, había dejado de avanzar sólo por no tener suficientemente claro hacia dónde debía ir y no dejaba de escuchar una y otra vez aquella voz interna que le decía, -bueno, entonces, ¿hacia dónde vamos?-.

 

El día en que decidió fue diferente a cualquier otro, sí, estaba en alta mar, como decía anteriormente, mirando al horizonte y se sentía plena, fortalecida y dueña de sí. Cuando su voz interna volvió a preguntarle, -¿hacia dónde vamos?-, ella notó que iba a responder algo, lo que fuera, cualquier cosa, lo notó e hizo silencio. De nuevo la voz, -¿hacia dónde vamos?- y fue entonces cuando su respuesta llegó pero no verbalizada, sino en forma de actuación. Alzó las manos y soltó el timón, izó las velas y apagó el motor, se sentó -¡que este barco vaya a dónde quiera y que pase lo que deba, estoy lista para lo que venga. Si este barco vuelve a naufragar, sé mantenerme a flote, aunque a veces me quiebre, aunque a veces me canse, me gusta y me seguirá gustando, de tanto en tanto, estar en alta mar. Es cierto que prefiero las cálidas bahías, particularmente después del último naufragio, pero ahí se corre el riesgo de encallar, así que asumo el reto, asumo el riesgo de atreverme conscientemente, a soltar el timón e izar las velas, ¡que pase lo que tenga que pasar!-.

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

facebook.com/psiherranz psiherranz@hotmail.com

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