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Francisco Gómez Maza

Basta seguir las instrucciones

No hay fármaco para el covid-19

Me contaron una especie de chiste mexicano que puede ser jocoso si su contenido no fuera dramático.

Y se los paso como me lo narraron, palabras más, palabras menos.

El Sabio se encontró con la Peste, en el camino.

A dónde vas y ahora qué harás – le preguntó el Sabio a la Peste.

A la gran ciudad. Tengo el encargo de matar a 500.

Se fue la Peste y el Sabio continuó su marcha hacia el bosque del Destino. Ahí estuvo tres días y regresó a su casa. En la ciudad todo era desolación.

Miles de pacientes llenaban los hospitales y los médicos no se daban abasto. Había muchos sufrientes que caían como moscas. Murieron estos en menos de tres días.

Al cuarto día, el Sabio tuvo que viajar de nuevo. Y en el camino volvió a encontrarse con la Peste.

-Por qué mataste a 5,000 personas. Tú me dijiste que te habían ordenado que fueran 500.

– Así fue – respondió la Peste-. Maté a 500. Los 4,500 murieron de miedo…
Así puede pasar en este tiempo de desolación, preocupación y miedo por la Peste, que ahora se llama Pandemia, del Coronavirus. A veces podemos magnificar las cosas. Imaginarlas más terribles de lo que son. Pero el león no es como lo pintan.

Parece que esta Peste no es tan fatídica como la mediática lo presenta. Que, siguiendo las sugerencias e instrucciones de los sabios, en este caso, los que saben de salud y salubridad, puede sortearse con relativa facilidad y puede evitarse la muerte.

De acuerdo con los especialistas, las estimaciones actuales de mortalidad asociada al nuevo coronavirus lo sitúan en un rango parecido al de otras infecciones respiratorias serias, causadas por virus. Igual que la gripe, afecta especialmente a personas con otras patologías, con sistemas inmunitarios comprometidos, o de avanzada edad. Quienes han fallecido, generalmente, fueron personas de una tercera edad, tirándole a la cuarta. Curiosamente, los niños se están salvando.

Pero, como digo en la anécdota, la Peste mata. Pero el miedo, convertido en pánico, mata más. Por ejemplo, las mayorías de personas que van por el mundo con los oídos tapados, con los ojos casi cerrados, no se dan cuenta de que hay otro virus más fatídico que el Covid-19. El hambre.

Unos 8.500 niños, en promedio, mueren, cada día, de desnutrición y, según las estimaciones de Unicef, el Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la División de Población de Naciones Unidas, se calcula que 6.3 millones de niños menores de 15 años murieron en 2017 por causas, en su mayoría, prevenibles.

La pandemia comenzó el 1 de diciembre de 2019 en la ciudad de Wuhan, en China central, cuando se reportó a un grupo de personas con neumonía de causa desconocida, vinculada principalmente a trabajadores del mercado mayorista de mariscos del sur de China de Wuhan, el cual vende, entre otros productos, varios tipos de animales exóticos vivos.

Hasta ahora, para la neumonía del coronavirus no hay vacuna. Pero no han muerto 8,500 niños diariamente. Para el virus del hambre sí hay vacuna. Ya saben ustedes cuál es: ¡Comida! Pero nadie de los que comen y se alimentan sin problemas se da cuenta. Y no quiere darse cuenta. Bueno. No les importa. Por ellos, que mueran los que sean.

Pero ahora, ante el fantasioso “peligro de muerte” por el covid-19, empiezan a preocuparse, por lo menos, por ellos mismos.

Y la pregunta que queda en el aire, en el vacío: ¿No seremos nosotros mismos la causa de esta desgracia? La vacuna para curar el hambre existe, pero tan solo en México, diariamente echamos a la basura unas 31 mil toneladas de comida, buena, comible, mientras que 28 millones de personas viven en pobreza alimentaria y hay, oficialmente, 53 millones de pobres.

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