CONCATENACIONES: La primavera perdida… ¿y el año?

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Fernando Irala

Fue larga como nunca, pero al fin terminó una estación siempre ponderada por alegre y esperanzadora, esta vez escenario de enfermedad, muerte y pánico.
Para cuando la primavera llegó a México, este año adelantada al 19 de marzo, hacía apenas un día que se había reconocido el primer fallecimiento por Covid-19, y poco más de una semana de que la Organización Mundial de la Salud había declarado la pandemia planetaria.
En ese momento, los casos confirmados de contagio en el territorio nacional no llegaban a doscientos.
Pero ya había cundido el pánico.
La falta de seriedad, de preocupación y de protocolos del gobierno ante la catástrofe que estaba por caernos, movilizó a mandatarios locales, autoridades de universidades y de otras instituciones, incluso de empresas y corporaciones privadas, a anticiparse en tomar medidas unilaterales de protección.
El resultado fue una desactivación económica y social desordenada, caótica, excedida, justamente al inicio de la primavera.
Ahora, el cambio de estación, cuando debíamos vivir los días más luminosos del año, nos ha tocado en una situación desastrosa que todavía puede empeorar.
Al empezar el verano, el pasado sábado, hemos rebasado ya los veinte mil fallecimientos, los contagios registrados siguen creciendo, marcando nuevos records, y en pocos días llegarán a los doscientos mil.
El temprano y desarticulado confinamiento primaveral produjo inmensos daños económicos, sobre todo desempleo millonario y quiebras aún no cuantificadas de pequeñas y medianas empresas, cuyas secuelas viviremos en los próximos meses y años.
Ahora, en medio de simulacros y mensajes oficiales contradictorios –del “quédate en casa” al “salgamos sin miedo a recuperar la libertad”— la actividad económica y la movilidad social retornan mientras el virus no sólo no se ha ido, sino que está más presente que nunca.
Como en toda enfermedad, individual o epidémica, aun si hubiéramos librado el primer episodio, el peligro mayor radica en la posible recaída, previsible al querer ahorrarnos la convalecencia.
Perdimos, pues, la primavera. Pero no está claro que podamos salvar lo que queda del año.

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