CONCATENACIONES: En Tultepec, la enésima explosión

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Fernando Irala

Todavía inmersos en la borrachera democrática que tuvo su apoteosis el pasado uno de julio, ha pasado relativamente inadvertido lo ocurrido en Tultepec, la enésima explosión de un registro en el que ya se ha perdido la cuenta.

Con un saldo de veinticuatro muertos y más de medio centenar de heridos, esta vez entre las víctimas hay incluso bomberos y policías que llegaron en auxilio luego de los primeros estallidos.

Sucedido lo que ocurre a cada rato, la respuesta de las autoridades es también la misma: las investigaciones pertinentes, la atención a los afectados, la reposición de talleres y comercios, y el anuncio de que se reforzará la seguridad. Luego, a esperar la siguiente deflagración.

El respeto a los usos y costumbres de Tultepec, pueblo de coheteros donde desde tiempo inmemorial se dedican a la fabricación de pirotécnicos, sólo garantiza que en cierto tiempo los medios volverán a reseñar otra tragedia en el lugar.

Los habitantes de esa población parecen decididos a persistir en su forma de ganarse la vida y la muerte. No está en su horizonte cambiar de actividad, dedicarse a otra actividad menos riesgosa.

Así ocurre en las familias y en las comunidades. Lo que no se entiende es que de parte de los distintos niveles de gobierno no exista la capacidad de una intervención positiva para cambiar el destino de Tultepec.

En la ciudad de México, el principal mercado de la pirotecnia, hace décadas que se prohibió su comercio y utilización, aunque de manera paranoica cada 15 de septiembre vemos iluminarse la noche del Zócalo por efecto de los fuegos artificiales, en una fiesta patrocinada desde la Presidencia de la República.

La prohibición es de sentido común. No vale la pena por una diversión fatua poner en riesgo la vida de quienes producen y comercian con pólvora.

Una tragedia más, parece el momento propicio para reiterar una demanda que no acaba de digerirse: cerrar los talleres artesanales de juegos pirotécnicos y prohibir la elaboración y venta de sus productos; dar salida productiva a la comunidad, orientar y capacitar los habitantes para cualquier otra actividad artesanal o agropecuaria.

Mientras no se proceda de esa forma, otro accidente fatal se estará incubando.

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