El 25 de diciembre de 1991: ilusión, optimismo y luto

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Luis Alberto García / Moscú

*La pluma “Montblanc” del corresponsal de CNN que pasó a la historia.
*Murió la Unión Soviética y nació la Comunidad de Estados Independientes.
*En Belovezha, Bielorrusia, Rusia y Ucrania plantearían crear una confederación.
*“Cuando se arrió la bandera roja quedé en estado de choque”: Serguéi Kosárev.
*Habia conflictos bélicos internos al momento de disolverse la URSS.

Cuando llegó el momento de firmar el decreto de su renuncia o su propio cese como presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) (Soyuz Sovietskij Socialistischesjki Respublik, en ruso) y la desaparición formal de la misma, la pluma fuente de Mijaíl Gorbachov se quedó sin tinta y dejó de escribir, en una metáfora o especie de negativa a que él dejara su oficina en el Kremlin.

Sin embargo, Thomas Johnson, corresponsal jefe de la CNN, quien cubría el acto con su equipo de camarógrafos y sonidistas, le prestó a Gorbachov su pluma “Montblanc”. “¿Es americana?”, le preguntó confiadamente el casi firmante en ruso: “No, señor, es francesa”, respondió el periodista, y entonces firmó, devolviendo luego el objeto histórico a su dueño.

Repitiendo lo que diría después uno de los artífices de las reformas económicas de la nueva Rusia, Gorbachov puso así el último clavo en el ataúd: el país había dejado de existir como unidad territorial desde antes, tras el fracasado golpe de Estado de agosto de 1991 por parte de los simpatizantes comunistas más duros, quienes deseaban evitar lo que se veía venir; es decir, la desintegración de la Unión Soviética.

Gorbachov tenía esperanzas de poder conservar unido el país, incluso después de que las repúblicas que la integraban; pero alguien dijo que no las perdió del todo después de que, el 8 de diciembre de ese 1991, las tres repúblicas eslavas -Bielorrusia, Rusia y Ucrania- firmaran un tratado a signarse en Belovezha, pensando que aún era posible formar una confederación.

Las pocas expectativas que le quedaban se desvanecieron el 21, cuando los líderes de las once antiguas repúblicas soviéticas –todas, menos Georgia y las tres bálticas- se reunieron en Kazajistán y anunciaron la formación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

El 25 de diciembre de 1991 fue un día de ilusión para millones de personas en Rusia, que veían con optimismo el futuro; pero también fue un momento de luto para otros millones, al día siguiente convertidos en ex ciudadanos de la URSS.

“Odio esta libertad, he perdido la tumba de mis padres, la victoria, a mi país”, dijo el escritor Alexander Projánov, y es que el nuevo mapa significó para muchos tener que abandonar el territorio donde habían nacido, dejar allí familiares y reliquias.

También había que aceptar la desaparición de la potencia que había ganado la Segunda Guerra Mundial a la Alemania de Adolfo Hitler, derrotada en Moscú, Stalingrado, Leningrado y otros frentes bélicos heroicos y resistentes, hasta llegar a Berlín el 8 de mayo de 1945.

“Cuando se arrió la bandera roja quedé en estado de choque”, recuerda Serguéi Kosárev, que entonces tenía 37 años. “Yo, nacido en Sochi, a orillas del mar Negro, había terminado la secundaria en Kazajistán y luego en el Instituto Tecnológico de Riga, en Letonia); pero de repente mis amigos y mi juventud quedaban atrás, en otros países”.

Kosárev pensó que todo eso era para mal y al principio fue duro, pero lo peor no fue el primer año de la reforma económica sino más tarde, cuando en Rusia se dejaron de pagar a tiempo los sueldos, y había atrasos de seis meses y más.

“Al final, en mi caso, todo fue para bien, pues recuperé la religión de mis antepasados, como otros millones de rusos ortodoxos, y vi medio mundo; ni lo uno ni lo otro habría sido posible en el régimen que desapareció”, concluyó.

Fue un momento de alegría especialmente para los jóvenes y para muchos menores de medio siglo, que intuían que sus hijos no conocerían la dictadura, el anquilosamiento, la censura; que podrían no solo moverse libremente por su país e instalarse donde quisieran, sino también hacerlo por el mundo, cosas que ya habían comenzado a perfilarse en los años de la “perestroika”.

Verdad es que estas expectativas no se cumplieron para todos los ciudadanos de la nación ex soviética, pues en varios países se perpetuaron los regímenes dictatoriales, entre ellos las antiguas repúblicas de Asia Central como Azerbaiján.

Otros se vieron envueltos en conflictos bélicos internos o en guerras civiles como Georgia, Moldavia y Tayikistán, o entre el centro y sus autonomías étnicas, en Abjasia y Osetia del Sur con Tbilisi, seguido una década después por la guerra entre Georgia y Rusia; o el conflicto entre los ruso-parlantes del Transdniéster en Moldavia y de Chechenia contra el Kremlin; o contra sus vecinos, Armenia y Azerbaiján.

Estos procesos, algunos de los cuales continúan, habían comenzado antes como en Ucrania: en el momento de la renuncia de Gorbachov, cuando en Georgia se combatía, Chechenia había declarado su independencia y Moldavia había anunciado su aspiración a reunificarse con Rumania.

Tras el mensaje de Gorbachov —o, según el exdiputado Vladímir Isákov, mientras hablaba—, se arrió la bandera roja soviética y en su lugar se izó en el Kremlin la blanca, azul y roja de la autocracia zarista, para que momentos después del discurso de despedida, en un pasillo del Kremlin, el general Yevgueni Sháposhnikov entregara el maletín de los códigos atómicos a Borís Yeltsin.

El punto final lo puso formalmente al día siguiente la Cámara de las Repúblicas del Soviet Supremo de la URSS, antes de ser disuelta: sus miembros aprobaron la declaración que ratificaba el término de lo que, históricamente, tuvo su principio y nacimiento en el otoño de 1917.

La nueva Rusia se echaba a andar con reformas y terapias económicas de choque: el 2 de enero los rusos se despertaron con un alza sustancial de los precios, la inflación superó ese año el 300% (al año siguiente llegaría al 2.600%); pero, según los expertos, se logró terminar con el déficit de muchísimos productos.

También se logró restablecer el consumo, comenzar el proceso de privatizaciones, liberalizar el comercio exterior, empezar la reforma agraria y detener los procesos desintegradores de amenazaban a la Nueva Rusia, como la bautizó Peter Pomarentsev, escritor anglo-ruso, autor de un libro de crónicas con el mismo nombre.

Liudmila Martinova, con doce años cuando se acabó la antigua URSS, cuenta que no recuerda mucho, salvo la atmósfera “tensa y de preocupación” que había en su casa a fines de 1991, que empezó a ser fatídico, prolegómeno de las historias que se sucederían durante casi una década.

“Después llegó el alza de los precios y también la libertad de compraventa, y me acuerdo que un día mi mamá me llevó al centro y nos instalamos junto con otras muchas personas a lo largo de los grandes almacenes Detski Mir, El Mundo de los Niños; pero nosotros poseíamos solamente dos pares de calcetines y unos paquetes de cigarrillos para vender y así adquirir algo”, refiere Liudmila.

La pobreza y el invierno llegaron de repente, mientras unos tenían todo y otros nada o casi nada, mientras algunos moscovitas ofrecían botellas de vodka, guantes para niños tejidos por las abuelas, conservas y mostraban algo de dignidad, que los rusos difícilmente recuperarían.

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