domingo, junio 16, 2024

Yuri Knorósov y Tatiana Proskouriakoff, sabios prodigiosos

Adrián García Aguirre / Cdmx

*Antropólogos rusos cumplieron una misión histórica.
*Las órdenes depredadoras del obispo de Yucatán.
*Debate científico con Eric Thompson, arqueólogo inglés.
¨*Profundizar e interpretar la importancia de esos símbolos.

El “alfabeto” del obispo Diego de Landa -destructor de una vasta y valiosísima colección de códices y esculturas mayas encontradas en Yucatán y regiones aledañas tras la conquista española- erraba al suponer que cada símbolo correspondía a un sonido, cuando en realidad lo que representaban eran sílabas, justo lo que supo ver el explorador y lingüista ruso Yuri L. Knorósov.
El sabio moscovita relacionó la escritura maya con otras de la antigüedad -había estudiado también egiptología-, y comprendió que, dado que la escritura maya tiene unos 800 signos, no podía ser ni puramente alfabética (no se necesitarían más de 40 signos) ni ideográfica, pues ninguna lengua tiene tan sólo 800 palabras.
Debía ser, por tanto, una combinación de logogramas y de signos silábicos, como la escritura cuneiforme, que tiene 600 signos, aunque el descubrimiento de Knorósov fue recibido con escepticismo por sus colegas de otros países, sobresalió la opinión del británico Eric Thompson.
Era la mitad del siglo XX, al iniciarse la llamada “Guerra Fría” entre las naciones socialistas y las capitalistas, y ni Knorósov pudo mostrar con libertad sus descubrimientos, ni Thompson –que desarrolló la mayor parte de su carrera académica en Estados Unidos– quiso dar paso a nada que viniera del otro lado de la Cortina de Hierro.
Pese a ello, los buenos profesores tienen alumnos contestatarios, y afortunadamente eso sucedió con Thompson: los mayistas que le siguieron no aceptaron su obstinación, como fue el caso de Tatiana Proskouriakoff, arqueóloga, fotógrafa y dibujante estadounidense de origen ruso, quien conocía y tradujo los trabajos de Yuri Knorósov, con quien cumplió una misión histórica poco conocida.
En la década de 1960 descubrió que las inscripciones del yacimiento de Piedras Negras, en Guatemala, mencionaban hechos biográficos de los reyes, como su nacimiento, su ascenso al trono y sus títulos y nombres propios.
Con ello mostró por primera vez que las inscripciones mayas no se referían únicamente a la religión y el calendario, sino que hablaban de la historia política de cada ciudad maya, en una exposición tan clara que Eric Thompson no tuvo más remedio que dar al ruso la razón.
A partir de las aportaciones de Knorósov y Proskouriakoff, los especialistas posteriores no han dejado de profundizar en la interpretación de los símbolos mayas escritos, y la posibilidad que hoy tenemos de leer casi todas las inscripciones mayas ha cambiado radicalmente nuestro conocimiento de esa grandiosa civilización.
Los textos cuentan la historia de las élites gobernantes, lo que éstas querían que perdurara en el tiempo, pues al fin y al cabo, sólo esos círculos de poder tenían acceso a la lectura y escritura, y ésta era vista como un instrumento de dominio político y religioso.
Es reveladora, por ejemplo, la estela 12 del yacimiento de Piedras Negras en la que se describe la captura de un escriba, que tiene los dedos fracturados y al que espera de la tortura y el sacrificio, porque ese personaje era un blanco prioritario en las guerras.
Y no sólo porque era de condición noble, e incluso podía pertenecer a la familia real, sino porque eliminándolo se borraba la historia misma del Estado vencido, sustituyéndola por la que elaboraban los escribas al servicio de los vencedores.
Se ha avanzado mucho en el conocimiento de la lengua en la que están escritos los textos jeroglíficos, y en la mayoría de los casos se trata de la que se conoce como lengua maya clásica, hermana de lenguas como la maya yucateca o la tzeltal chiapaneca.
Estas aparecen ocasionalmente también en textos, convirtiéndose el maya en una lengua de prestigio en todo el imperio, de un modo similar a lo que ocurrió con el latín en la Europa medieval y renacentista.
Hoy puede conocerse a través de dos lenguas derivadas: el chortí –hablado en pequeñas regiones de Guatemala y Honduras– y el chol –arraigado en la región chiapaneca de México–, mientras que el yucateco y el tseltal también siguen vivos en México.
Los primeros epigrafistas apenas hablaban lenguas mayas contemporáneas, lo que dificultó el proceso de desciframiento, pues la relación de vocabulario y estructuras gramaticales actuales con los antiguos textos es directa.
Para los estudiosos, en cambio, es casi obligatorio aprender una lengua maya moderna, lo que ha facilitado un avance más rápido en el desciframiento de las, hasta no hace mucho, enigmáticas inscripciones mayas, que no dejan de maravillar por ser representativas de una parte prodigiosa de la raíz ancestral de la actual nación mexicana.

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