Ciudad de México.- El fenómeno pasa desapercibido en las estadísticas oficiales, pero está ocurriendo en colonias de clase media y alta de la Ciudad de México. Mujeres mayores de 60 años, viudas o divorciadas, están replanteando su vida afectiva e íntima de formas que hubieran sido impensables para la generación anterior. Sin hacer ruido, sin pedir permiso, están reclamando un espacio que la sociedad les negó durante décadas.
La doble moral que persiste
La sociedad mexicana sigue aplicando estándares diferentes para hombres y mujeres mayores. Un hombre de 70 años con una pareja joven recibe comentarios entre envidiosos y admirativos. Una mujer de 65 en la misma situación es una “viuda alegre”, objeto de burla. El término “viejo verde” existe, pero rara vez se usa con el mismo desprecio.
El psicólogo Ricardo Iacub, especialista en vejez de la Universidad de Buenos Aires, explica que estos prejuicios se transmiten de generación en generación. La sexóloga Gloria Loresi Imaz señala que muchos pacientes arrastran este tema como un tabú, llenos de mitos que incluso los jóvenes comparten.
La diferencia está en cómo se construyó históricamente la feminidad alrededor del cuidado y la maternidad. Cuando esos roles terminan —hijos independizados, pareja ausente o fallecida— muchas mujeres no saben cómo procesar su propio deseo. Nadie les enseñó que podían tenerlo.
Más allá de la pareja tradicional
Según un estudio de la National Poll on Healthy Aging de 2020, el 68% de las personas adultas mayores que mantienen relaciones de pareja activas reportan sentirse menos solas. Pero el dato esconde algo importante: un número creciente de estas mujeres no busca pareja formal. Buscan compañía, conversación y afecto sin compromiso.
Este cambio responde a una realidad práctica. Después de décadas dedicadas al cuidado de hijos, esposos o padres ancianos, muchas mujeres mayores no están dispuestas a repetir el patrón. Quieren compañía, pero no a cambio de volver a cocinar para alguien más o de convertirse en enfermeras de una nueva pareja.
Alternativas fuera de lo convencional
Algunas encuentran compañía en sus círculos sociales o aplicaciones de citas. Otras han explorado opciones menos tradicionales. En colonias como Polanco, Roma y Condesa ha crecido la demanda de servicios de acompañamiento masculino discreto, enfocado en mujeres mayores que buscan compañía sin las complicaciones de una relación formal.
No siempre se trata de encuentros íntimos. La demanda incluye alguien con quien salir a cenar, ir al teatro o simplemente conversar sin ser juzgadas. Un número creciente de escorts en CDMX han especializado sus servicios para este segmento —tanto hombres como mujeres— ofreciendo compañía y escucha activa además del componente físico cuando este existe.
Para algunas mujeres mayores que están explorando su sexualidad después de décadas de matrimonio heterosexual, este espacio también representa una oportunidad para experimentar sin presiones ni etiquetas. El pago garantiza algo que las relaciones tradicionales no siempre ofrecen: ausencia de expectativas emocionales, discreción absoluta y la libertad de definir los términos del encuentro.
Un mercado en transformación
La industria del acompañamiento ha registrado cambios significativos en los últimos años. Diversas plataformas digitales han notado un incremento en la demanda de servicios enfocados en conexión emocional más que en encuentros puramente físicos. Sitios especializados como Skokka Mx han visto aparecer perfiles de acompañantes masculinos que describen sus servicios en términos de “conversación”, “compañía para eventos” y “discreción total”, respondiendo a una clientela femenina mayor que hace una década no se hacía visible, o que simplemente no se atrevía a buscar estos servicios.
Especialistas en psicología gerontológica señalan que este fenómeno refleja un cambio cultural profundo. Las mujeres de esta generación crecieron en un México donde la sexualidad femenina estaba completamente subordinada a la reproducción y al matrimonio. Ahora, liberadas de esas ataduras, están explorando territorios que antes les estaban vedados.
Libertad sin el reloj biológico
A diferencia de cuando tenían 30 o 40 años, estas mujeres ya no cargan con el miedo al embarazo ni con la presión social de casarse o formar familia. Esta libertad biológica y social les permite experimentar sin las consecuencias que habrían enfrentado décadas atrás.
Los datos médicos respaldan los beneficios de mantener vida íntima activa. Según el Journal of Sexual Medicine, las mujeres que lo hacen después de los 60 presentan menores niveles de depresión y ansiedad. La intimidad, en cualquiera de sus formas, ayuda a contrarrestar el aislamiento social y mejora la calidad de vida.
La médica gerontóloga Andrea Cassi señala que cuando sus pacientes “se dan cuenta de que con la edad se puede mejorar la sexualidad, renace el deseo y echan mano a la imaginación para procurarse placer mutuo”. Y eso, añade, no requiere necesariamente de una pareja estable.
El silencio que se rompe
Lo más significativo de este fenómeno no es que estas mujeres tengan vida íntima activa, sino que empiezan a hablarlo. En grupos de amigas, en clases de yoga, en conversaciones de café, el tema deja de ser tabú. Se comparten experiencias, recomendaciones y, sobre todo, la certeza de que no están solas en este proceso.
El cambio generacional es evidente. Mientras que sus madres cargaron con la culpa y el silencio hasta el final de sus días, ellas están decidiendo que la última etapa de su vida será vivida en sus propios términos. Sin pedir permiso, sin dar explicaciones.
Como escribió el poeta uruguayo Mario Benedetti: “El amor es el único territorio donde envejecer no significa deteriorarse, sino profundizarse.” Estas mujeres están demostrando que no hace falta amor romántico para esa profundidad. A veces basta con la libertad de elegir y la certeza de que el deseo no tiene fecha de caducidad.
Los derechos afectivos no envejecen. Las mujeres que los reclaman después de los 60 simplemente están viviendo, por primera vez, sin culpa.
