martes, julio 23, 2024

Ternuritas

Fundamentalismo lingüístico en las tierras de Comala
Reseña del libro de David Bak Geler: Ternuritas. México, 2023, editorial Chamuco.
Parte II
Por Rafael Serrano

El pueblo llano que no logró pasar los exámenes de PISA y los de “bajo rendimiento académico” que fueron al CCH, a las vocacionales o las universidades donde “circula mal el razonamiento” no podíamos acceder, en el priato, a un espacio en los periódicos o a un micrófono para pontificar; cuando mucho, nos mandaban a la secciones de “cartas al director”; “voz de los lectores” y otros eufemismos que en realidad, marginando a los desposeídos “del saber”, los cuales solo estábamos destinados a la escucha de los conversatorios “popof” que llaman “mesas de análisis” o “entrevistas con expertos”. Pero eso se acabó.

Para la oposición mediática y para un sector de la “Academia” bien pensante, AMLO les ha nacionalizado el habla y las redes democratizado a los medios. Ya no tienen el monopolio de la palabra y sus antes poderosos mensajes están perdiendo audiencia, credibilidad. Viven una crisis no sólo económica sino expresiva. Ahí, en esa pradera mediática, habitan los bien pensantes, los académicos orgánicos que el “pejeñol” identifica como “sabiohondos”. No se han visto ni oído ni releído: usan un lenguaje en “físico” muy enredado, tramposo; además, la mayoría son ya personal en proceso de extinción que se ha convertido en un coro patético. Han perdido el caparazón del privilegio de la pluma o del micrófono; y han dejado de ser impunes en lo que dicen. Los públicos ya no nos “comemos” sus bulos y sus alegatos “racionales” y podemos replicarlos y desenmascarar sus filias y sus fobias. Se les cayó el púlpito. Ahora hay mañaneras y redes sociales: una república parlante.

Pero sigamos describiendo la saga del habla única:


“La rial akademia”

Gabriel García Márquez en un discurso de 1997 en Zacatecas, México, propuso “jubilar la ortografía” para darle más vitalidad, expresividad y fluidez a la lengua castellana. “No debemos olvidar que la lengua tiene vida propia, adopta y se adapta a todos”.

⦁ AMLO inventa y crea un diccionario propio. Es un hereje y un apóstata de la “LA LENGUA” española. Este político sureño, dicen, descree y usa indebidamente los significados que la Real Academia ha designado para describir sustantivamente lo que pasa y para asignar calificativos a los sujetos y objetos. Desde sus poltronas del bien decir y que cada año acrecienta y estandariza recoge (“revisa”), el habla de los pueblos y certifica los “americanismos” o “mexicanismos”, etcétera; nos “aprueba”. Basta decir que ahora es “permitido” decir wasap y tuiter pero no “wey ya meme” o “Kebien”. Habrá que esperar a que el estetoscopio del habla lo prescriba.

AMLO comete herejía ante la secta del Diccionario y sus dogmas y abandona la cobija académica del habla (apostasía) para seguir otros caminos verbales (herejía). Pero los sanedrines salen para declararlo fuera de la “norma”, de la comunidad de hablantes. La académica “of all places” Denisse Dresser, el catecúmeno Javier Sicilia, el togado Walter Beller, el “padre de la transición” José Woldenberg, la Hécuba Anabel Hernández, el iluminado Jesús Silva Herzog y nuevas plumas incorporadas a la “secta del diccionario” como Vianey Esquinca; Maite Azuela, Gabriela Rojas “denuncian”: AMLO “se infiltró en nuestro idioma” y nos impuso una “dictadura” donde ya hablamos como él, incluso dicen que ha creado una institución: “la Real Academia de la Lengua Morenista” y emprendido una “contra-alfabetización” m al usar “bárbaramente ” los significados “consagrados”.

Heraclio Zepeda les diría que la lengua no está en el diccionario sino en la vida misma; son “una celebración de la pluralidad lingüística”, donde el artículo y el sustantivo no guardan concordancia como la gramática “correcta” pero que comparten el gozo de escucharnos como somos. Los sanedrines prefieren el lenguaje único, “el culto cortesano a una autoridad imaginaria”. Los hablantes nos apropiamos de nuestro idioma sin pedir que este tenga cédula o certificación. No significa que los diccionarios no sirvan sino que éstos sólo son referentes para hablar pero nunca “la única manera” en que “debemos” hablar. Eso lo define el populacho, la plebe. “Me canso ganso” o para decirlo en “físico”: vox populi vox dei. No es prudente oponerse al habla diversa y plural del pueblo.

«En realidad, todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado, y por muchos esfuerzos que hagan sus autores no logran alcanzar las palabras en su carrera hacia el olvido» (García Márquez, 1996).

⦁ AMLO elemental y rupestre. Prístinos, complejos y refinados como son Sicilia, Silva Herzog o el encomendero, ahora de la lengua, Fernández de Ceballos nos revelan que AMLO es un comunicador eficaz porque enfrente tiene una pueblo sin lenguaje (sic) “que malversa sus significados y (banaliza) la vida”. Para estos tlatoanis del habla, los mexicanos somos elementales y primitivos comparados con sus plumajes leguleyos y llenos de tecnicismos amparados por la Suprema Corte de Justicia enredada en sus lianas verbales. Por ejemplo: tenemos que champarnos el “rosario de la democracia” que nos endilga el ilustrado y patricio de la democracia José Woldenberg y digerir estos conceptos: “derechos de las minorías”, “principio de la mayoría”, “revocabilidad de los mandatos”, “relación de dependencia en la relación de los gobernantes con los gobernados”. Son palabras abstractas que no ayudan en contextos lingüísticos diversos y plurales. Si le aplicáramos el “índice inteligibilidad” habría mucha niebla.

Pero México no es un foro académico ni una reunión de “sociedades civiles” que hablan en abstracto. La complejidad y el refinamiento del habla está en lograr que el significado sea comprendido, no oscurecido. Se puede decir, sin perder complejidad o refinamiento: “mandar obedeciendo” y “el pueblo quita y pone”, “los pocos quieren imponer a los muchos”, “en México todos cabemos”, etcétera. El lenguaje académico no sirve para hacer política porque se trata de escuchar, comprender a los de grupos, sociedades diversas que se organizan para resolver problemas “intentando llegar a soluciones prácticas” y no de ascenderlos al Himalaya conceptual como los arrebatos leguleyos de Fernández de Ceballos o las aceradas definiciones de Woldenberg. Confunden y “marean”. Esa tarea “civilizatoria” esconde soberbia y no tiene un enfoque comprensivo sino excluyente: debemos aprender a ser ciudadanos como dicen los sanedrines. Se olvidaron de Freire y del aprendizaje como una construcción colectiva.

Sicilia se escandaliza por la pobreza expresiva en las redes donde el presidente es ejemplo: “15 frases” es su repertorio cuando Cervantes usaba 23 mil vocablos y el diccionario identifica más de 80 mil. Desde el púlpito dictamina: “hemos perdido complejidad” (¡¿?¡). Como si “ganarla” significará escribir y hablar como en el siglo de oro español; donde por cierto, el pueblo y sus monarcas eran analfabetas y los los escritores, tenían que escribir para los pastores y los palafreneros si querían ser entendidos y comprendidos. Les gustaban los libros de caballería, como lo fue o es el “libro vaquero” para nuestros albañiles, pintores, plomeros y vendedores de los tianguis. Sicilia parece un discípulo de Góngora defendiendo la inmarcesible causa de la lengua española cuando hasta los académicos peninsulares nos dicen que hablemos “como se nos pegue la la gana” y que la riqueza expresiva existe a pesar del analfabetismo funcional.

Pero no estamos solamente ante la barbarie de una alfabetización fallida y una tierra lingüística yerma sino de nuevas formas narrativas: “tuitear es una forma de escritura colectiva que con base en un sistema de yuxtaposiciones continuas, pone en crisis ciertas figuras de la narrativa tradicional”. Ahora escribir ya no es un ejercicio solitario, ni hay distancia entre el narrador de un texto y el autor. Incluso este texto es inútil para la conversación en las redes. Mis lectores me reclaman lo largo de mis artículos. Ellos ya están en la república de las redes virtuales. Yo estoy obsoleto y mi fecha de caducidad ya expiró: “me aflojaron en terracería”. Por eso escribo slow y largo.

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