Esta enfermedad -que podría ir en aumento por la alta esperanza de vida– suele definírsele como un trastorno neurodegenerativo progresivo que afecta al cerebro y, conforme avanza, tiene efectos adversos sobre la memoria y, en general, para realizar de manera normal actividades cotidianas.
Esta iniciativa surgió en 2003 por la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP), con el respaldo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), con el objetivo de visibilizar esta problemática, reducir el estigma y promover acciones preventivas basadas en evidencia.
La variante ha sido clasificada como NB.1.8.1 y, aunque por ahora está en observación, su rápida propagación ha encendido las alarmas de los sistemas de salud pública, particularmente en países como China, Estados Unidos y Australia, donde ya representa hasta el 11% de las muestras secuenciadas recientemente.
Un nuevo estudio con usuarios de Instagram sostiene que sólo una minoría encaja en criterios clínicos de adicción y que hablar de “adicción” empeora el problema.