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Luis Alberto García / Moscú

* “Sin corruptos, la mafia rusa estaría muerta, sin garras ni cabeza”.

* Están entre las principales amenazas para el país, según Yuri Schekochijin.

* Los mafiosos van contra la seguridad nacional, el desarrollo y la estabilidad.

* “Criminales alcanzan el poder, se introducen en el gobierno”: Borís Yeltsin.

* En 1999, conflictiva coyuntura política con telón de fondo sucesorio.

* Escenario de crímenes globales en “McMafia”, obra clásica de Misha Glenny.

El diputado, periodista e investigador Yuri Schekochijin está convencido de que, en la última década del siglo anterior en Rusia, los principales factores amenazantes eran, junto con el fenómeno mafioso en todos los segmentos de la sociedad, los corruptos, especialmente los enquistados en el poder: “Sin ellos, la mafia estaría muerta, sin garras y sin cabeza”, asegura el legislador.

El Consejo de Seguridad de la Federación Rusa elaboró en julio de 1999 un informe en el que se afirmaba que el crimen organizado era “una amenaza a la seguridad nacional, al desarrollo social y económico y a la estabilidad política, así como un freno a la inversión extranjera”.

En su momento, el presidente Borís Yeltsin reconoció que los criminales estaban alcanzando el poder, se introducían en el gobierno y sobornaban a jueces, funcionarios y fiscales, “arrojando un guante en la cara”, como también admitía el Ministerio del Interior: “Hay un cambio estructural de la delincuencia, ya que crece su organización y la eficacia de su resistencia a los órganos de justicia”.

La sombra de la sospecha de corrupción recayó –entre muchos ejemplos—sobre Anatoli Chubáis, destituido de Ministerio de Finanzas por Yeltsin debido a los desproporcionados honorarios que recibió por escribir un perfecto manual sobre las privatizaciones que tanto daño hicieron a la economía rusa, afectando a todas capas de la población en aquel ciclo de ventas de garaje que él se encargó de instrumentar junto con Yegor Gaidar.

Sin embargo –precisa Golovchansky- Yeltsin conservó a Chubáis en su gabinete –de acuerdo a sus caprichos etílicos y a sus cambios de carácter–, como primer vicepresidente del gobierno, porque su cese hubiera tenido aún peores consecuencias para la economía, y porque, en esos momentos, el mandatario no tenía candidato para reemplazarlo.

En la conflictiva coyuntura política rusa –cuyo telón de fondo era la guerra de sucesión por el Kremlin, de la cual habían salido derrotados Víktor Chernomyrdin, Sergei Kiriyenko, Evgueni Primakov y Sergei Stepashin- el cargo de Primer Ministro quedó en manos de Vladímir Putin, el delfín de Yeltsin, sin que dejaran de influir los sectores petroleros y militares alejados de los perdedores de una crisis de la cual pocos se salvaban.

Ésta se generó también por el espectacular desarrollo del rapaz y avorazado grupo privatizador de las empresas estatales que, desde hace más de dos décadas, han incurrido en abusos en el reparto de licencias de exportación e importación, de las cuales también participa abiertamente la delincuencia organizada

Yeltsin no tenía de que alegrarse, porque la hiperinflación redujo los ahorros a cero y convirtió los créditos en regalos, con la rapiña y el saqueo de capitales como normas y con una política económica que facilitaba la transferencia indiscriminada de divisas al extranjero, y una increíble ineficiencia estatal para recaudar impuestos.

El gobierno ruso no pudo acabar con la llamada “economía negra” y dio lugar a una reconversión salvaje al libre mercado, que dejó a millones de rusos tirados en el camino como lo narró Frederick Forsyth en “Manifiesto negro”, una de sus más estremecedoras novelas, mientras que la clase política, aliada con los mafiosos, llenaba sus bolsillos en esa Rusia propiedad de Boris Yeltsin.

Misha Glenny, ex corresponsal de “The Guardian” en Europa del Este, testigo del hundimiento del comunismo, ganador de importantes premios por su obra periodística debido a una notable contribución a la difusión informativa, merece una mención por separado, puesto que publicó “McMafia: el crimen sin fronteras” (Ediciones Destino, Barcelona, 2008), el mejor reportaje que se haya escrito sobre el tema en los últimos años.

Vigente hasta la fecha, es una investigación de referencia sobre los códigos del hampa como ejes y guías con el narcotráfico, el comercio ilegal de armas, el tráfico de influencias y más factores altamente explosivos como elementos que ponen en riesgo a un mundo que, perdida la capacidad de asombro, ha contemplado la tragedia rusa como si fuese un capítulo de “Crimen y castigo”, la obra maestra de Fedor Dostoievsky.

En su libro –del cual apenas se podrían adelantar algunas líneas-, Glenny establece que el crimen organizado trató de controlar ramas enteras de la economía, dictando su ley en algunos territorios y ciudades, principalmente Moscú y San Petersburgo, y no es solamente un fenómeno socialmente peligroso, sino una amenaza real no nada más para Rusia, sino para otras naciones.

En ellas se ubican mafias delincuenciales serbias, croatas, búlgaras, rumanas, ucranianas, italianas, israelíes y de otros países que operan estrechamente con las rusas”, estima el escritor residente en Inglaterra, especializado en asuntos políticos y económicos de la ex Unión Soviética.

“Quien quiera entender lo que ha pasado a fines del siglo XX y en la primera década del XXI en Rusia y otros territorios, debía leer esos textos, esenciales para establecer las diferencia entre las mafias y la criminalidad relacionada con el poder”, asegura el sociólogo Chistopher Hitchens al recomendar la obra clásica de Misha Glenny.

Son catorce capítulos divididos en cuatro partes, que muestran la penetración del delito en el tejido político del Estado: “Se trata –dice el profesor Hitchens- de una forma superior de delincuencia que comete crímenes extremadamente crueles, que tortura y vive según sus leyes y tradiciones internas con disciplina y en secreto”.

Lo más grave –consideran los sovietólogos, hoy dedicados a estudiar los fenómenos de la nueva Rusia—es que las mafias se vinculan con órganos del poder político e influyen en vastas zonas geográficas, estatales e interestatales.

Éstas van de Moscú a Vladivostok; es decir, de los límites con Europa Occidental, hasta China, Japón, el Océano Pacífico –Hawaii, Indonesia y Australia- y el Lejano Oriente, con extensiones que van más allá de lo que la imaginación pueda intuir.

De ello se encarga Misha Glenny al referirse a las raíces del crimen sin fronteras y a la delincuencia global, las cuales –dice el autor sin dudarlo- están en el Cáucaso, Azerbaiján, Georgia, Armenia y otros centros de poder, en los que se manejan grandes recursos para desplazarse a grandes ciudades y así lograr controlar todo lo que esté a su alcance.

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