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Pablo Cabañas Díaz

Decía Fray Bernardino de  Sahagún que Tezcatlipoca:… era tenido por verdadero dios, e invisible, el cual andaba en todo lugar, en el cielo, en la tierra y en el infierno; y tenían que cuando andaba en la tierra movía guerras,. enemistades y discordias, de donde resultaban muchas fatigas y desasosiegos. El carácter complejo y conflictivo de Tezcatlipoca se ve por sus diferentes nombres y atributos. Casi todos los cronistas lo mencionan y Sahagún habla del dios en varios libros de su obra. Sólo en el Libro VI del Códice Florentino (la Historia General de las Cosas de Nueva España), la investigadora Doris  Heiden encontró 360 nombres o maneras de dirigirse a Tezcatlipoca.

 

En el Antiguo Palacio del Arzobispado erigido sobre el Templo de Tezcatlipoca, una de las más importantes construcciones de la antigua Tenochtitlán se encontaba el espejo en el lado suroeste del gran patio del edificio colonial referido. De unas dimensiones aproximadas de 15 centímetros. Su material es de obsidiana negra. El espejo de obsidiana,  llamado tezcatl, era instrumento de magia negra usado sólo por los hechiceros. Contemplar sus profundidades humosas permitía viajes a otros tiempos y lugares, al mundo de los dioses y los antepasados. Los espejos de obsidiana presentan una apta metáfora para las imágenes de los sitios y los objetos del antiguo México: ellos reflejan el observador y el objeto a la vez.

 

El espejo de obsidiana era el principal atributo de la deidad azteca Tezcatlipoca, cuyo nombre significa ‘espejo humoso’. Tezcatlipoca era el señor de la noche y todas sus criaturas—sobre todo el jaguar, un poderoso animal pensado capaz de cruzar entre el reino de la tierra y el averno.

Entre los muchos tesoros de México que forman parte de colecciones en museos del mundo, existe una pieza especialmente intrigante. Se trata de un espejo de obsidiana exquisitamente pulida que, se dice, habría sido utilizado como instrumento ritual entre los mexicas y que posteriormente fue un preciado artilugio del alquimista, astrólogo y consejero de la Reina Isabel I, John Dee.

 

No está claro cómo llegó el espejo mágico a manos de Dee, pero el instrumento, cuyo material se asociaba a Tezcatlipoca –elusiva deidad de la noche–, era empleado por él con fines adivinatorios. Al parecer, esta pieza conjuraba en su superficie visiones de rincones inaccesibles para la percepción ordinaria, mismas que eran aprovechadas por los brujos mexicas en su momento y luego por el célebre mago británico, para “llamar espíritus” en el siglo XVI. John Dee fue, un hombre misterioso. Entre sus virtuales hazañas, mismas que le valieron la confianza de la reina, se incluye el lanzar un hechizo contra el ejército español durante su campaña para invadir Inglaterra, y negarle así la victoria.

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