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Pablo Cabañas Díaz/
El  muro en la frontera con México no es una “ocurrencia” de Donald Trump como se nos  quiere hacer ver. En su construcción- por etapas-, han estado comprendidos tanto el partido Republicano como el Demócrata. En 1994, las autoridades comenzaron a considerar en serio el desarrollo del muro como un medio de freno a la inmigración ilegal y el narcotráfico. Bill Clinton mandó edificar tres barreras, primero en California y después en Texas y Arizona. En total, fueron construidos 365 millas de una barrera metálica de 25 pies de alto.
Hillary Clinton como senadora por Nueva York, votó varias veces por el fortalecimiento del mismo, como es el caso de la votación en 2006 del “Acta de una Cerca Segura”. La ampliación  de la valla fue promovida por la administración de George W. Bush, con el apoyo de Bill y Hillary Clinton, pero desde entonces se encuentra paralizada, debido a que el Congreso desvió gran parte de los fondos hacia otros proyectos y gastos. El ex presidente Barack Obama no incrementó el muro, pero duplicó los recursos de protección de la frontera,  reforzando  el personal de la Patrulla Fronteriza,  y priorizando la utilización de recursos electrónicos para la detección del paso de personas.
Frente a este complejo escenario, nuestro  gobierno actúa de manera coyuntural.  La falta de una política con visión a largo plazo es de urgencia como también es de urgencia crear políticas públicas que realmente generen condiciones para el anunciado retorno masivo de migrantes y para la retención de la población, pues la política migratoria de los últimos 27 años se ha enfocado más en la labor de vinculación con los mexicanos en el exterior.
En las próximas semanas, el gobierno mexicano deberá garantizar la inclusión real de los migrantes al país lo que implica, entre otras cosas, problemas tales como la desintegración familiar y la llegada al país  de capital humano altamente especializado.
La posición de Trump en contra de los inmigrantes, representa una invitación al gobierno mexicano para repensar y reestructurar su política migratoria, ya que la “válvula de escape”  llegó a su fin. Estamos ante un retorno forzado que el país no está preparado para asimilar.
En Estados Unidos viven actualmente unos 11 millones de inmigrantes indocumentados, de los que el 52 por ciento son de origen mexicano. Según el Pew Research Center, el 45 por ciento de los inmigrantes indocumentados no entraron en Estados Unidos atravesando ilegalmente la frontera mexicana, sino que lo hicieron legalmente con un visado, ya sea de turista, estudiante o de residente temporal, y después se quedaron en el país cuando su visado caducó.

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