POR PABLO CABAÑAS DÍAZ
La designación de Gonzalo “Bobby” López Beltrán como supervisor “honorífico” del Tren Interoceánico no es una anécdota administrativa ni un exceso menor del poder presidencial: es la síntesis moral de un régimen que hizo de la retórica anticorrupción una coartada para reinstalar viejas prácticas bajo nuevos disfraces. Que el hijo del presidente haya sido colocado —por decisión directa del padre— en una obra estratégica, sin nombramiento formal, sin responsabilidades legales claras y sin rendición de cuentas, revela una concepción patrimonial del Estado que Andrés Manuel López Obrador juró erradicar y terminó normalizando.
El descarrilamiento del tren en Oaxaca, ocurrido el 28 de diciembre de 2025 y que dejó 14 muertos y casi un centenar de heridos, no puede entenderse como un accidente aislado ni como una fatalidad técnica. Es el desenlace lógico de un sistema de decisiones tomadas en la penumbra, sin bitácoras públicas, sin contrapesos civiles y bajo una supervisión difusa donde el poder familiar se confunde con la autoridad del Estado. La tragedia fue, en ese sentido, una tragedia anunciada: cuando nadie responde, nadie cuida; cuando todo es “honorífico”, la negligencia se vuelve estructural.
Los audios filtrados de Amílcar Olán —amigo íntimo de Bobby López Beltrán— profundizan el cuadro de descomposición. No se trata solo de la presunta facilitación de contratos millonarios para el suministro de balasto o del acceso privilegiado a minas en Oaxaca, sino de la naturalidad con la que se describe el tráfico de influencias como una extensión cotidiana del poder presidencial. “Bobby es el que me metió en este desmadre”, afirma Olán con una franqueza brutal, que desmonta la narrativa oficial del hijo desinteresado y del padre ajeno a los negocios de su entorno.
La participación de mandos navales —desde el Capitán de Navío Alan Tarsicio Cruz hasta el almirante Raymundo Pedro Morales Ángeles— añade otro elemento inquietante: la militarización de la infraestructura estratégica sin controles democráticos efectivos. Bajo el argumento de la eficiencia y la lealtad, el gobierno de López Obrador entregó proyectos civiles a las Fuerzas Armadas, desplazando la transparencia por la disciplina y la rendición de cuentas por el secreto castrense. El resultado no fue mayor seguridad ni mejor gestión, sino una cadena de mando opaca donde los errores se diluyen y las responsabilidades se evaporan.
Cuando en 2024 López Obrador minimizó públicamente el papel de su hijo —“no está metido en política”, dijo— no estaba aclarando nada: estaba ejerciendo el viejo reflejo del poder personalista que se siente por encima del escrutinio. En los regímenes donde el presidente confunde la lealtad familiar con la virtud pública, la corrupción no necesita firmas ni sobres: opera por cercanía, por guiños, por silencios compartidos.
El Tren Interoceánico, presentado como emblema del nuevo nacionalismo desarrollista, terminó convertido en metáfora del sexenio: una obra gigantesca sostenida por discursos épicos, gestionada con improvisación política y atravesada por redes de influencia que contradicen todo el relato moral del obradorismo. La sangre derramada en Oaxaca no es solo consecuencia de un fallo técnico; es el costo humano de haber sustituido las instituciones por la voluntad del caudillo y la administración pública por la familia presidencial.
