Por Pablo Cabañas Díaz
En las áridas tierras de Yerbabuena, un remoto poblado en el municipio de Mainero, Tamaulipas, México, se gestó uno de los capítulos más oscuros de la historia criminal del país durante la primavera de 1963. Magdalena Solís, conocida como “la Gran Sacerdotisa de la Sangre”, emergió como líder de una secta sanguinaria que combinaba estafas, delirios religiosos y rituales vampíricos, dejando un saldo de al menos ocho asesinatos confirmados, aunque algunas fuentes estiman hasta 15 víctimas.
Nacida en diciembre de 1928 en Tamaulipas (aunque otras versiones apuntan a 1947), Solís provenía de una familia pobre y disfuncional. Desde joven, se vio envuelta en la prostitución, con su hermano Eleazar actuando como su proxeneta en Monterrey, Nuevo León. Esta vida marginal la llevó a unirse, en 1963, a los hermanos Santos y Cayetano Hernández, un par de estafadores que habían fundado una secta en Yerbabuena a finales de 1962. Los Hernández se presentaban como profetas de dioses incas exiliados, prometiendo riquezas ocultas en las montañas a cambio de tributos económicos, favores sexuales y participación en orgías inducidas por narcóticos como marihuana y peyote. La comunidad, compuesta por unas 50 personas analfabetas y empobrecidas, cayó en su red de engaños.
Solís entró inicialmente como prostituta reclutada por los Hernández, pero un truco escénico la elevó a “reencarnación” de la diosa azteca Coatlicue. Ella misma se convenció de su divinidad, desarrollando una psicosis religiosa con delirios de grandeza y perversiones sexuales, incluyendo vampirismo clínico, sadomasoquismo, fetichismo y pedofilia. Tomó el control de la secta tras el linchamiento de dos adeptos disidentes que cuestionaron las promesas incumplidas. Ideó entonces el “ritual de la sangre”: las víctimas eran golpeadas, quemadas, cortadas y mutiladas en grupo; se les extraía la sangre en un cáliz, mezclada con sangre de pollo y drogas, para que los miembros la bebieran en busca de poderes sobrenaturales, juventud eterna y protección divina, inspirado en mitos aztecas sobre sacrificios para sostener a los dioses. Estos actos, motivados por sadismo sexual, duraron seis semanas y resultaron en al menos cuatro muertes iniciales, escalando a más sacrificios humanos, incluido el de niños en algunos relatos no confirmados.
El horror se destapó el 28 de mayo de 1963, cuando Sebastián Guerrero, un adolescente de 14 años de un pueblo vecino, presenció accidentalmente un ritual mientras buscaba ganado extraviado. Aterrorizado, alertó a las autoridades, pero desapareció junto con el oficial Luis Martínez, quien lo investigaba. Ambos fueron encontrados descuartizados, con el corazón de Martínez extirpado. El 31 de mayo, una operación conjunta de policía y ejército irrumpió en Yerbabuena. Santos Hernández murió resistiéndose al arresto; Cayetano fue asesinado por un miembro de la secta, Jesús Rubio, quien tomó partes de su cuerpo como “amuleto”. Magdalena y Eleazar Solís fueron capturados bajo influencia de marihuana. En cuevas cercanas, se hallaron seis cuerpos más mutilados y descuartizados.
En el juicio, Solís y su hermano recibieron 50 años de prisión por los asesinatos de Guerrero y Martínez, ya que los sobrevivientes no testificaron sobre los demás crímenes por miedo o lealtad. Otros miembros fueron condenados a 30 años por seis homicidios colectivos, con atenuantes por su pobreza e ignorancia. Cargos adicionales incluyeron fraude, extorsión, abuso sexual y corrupción de menores. Solís, clasificada como una asesina serial organizada, visionaria y depredadora sexual, falleció en abril de 2023 en Nuevo León, según algunas fuentes, aunque otras indican que su fecha de muerte es desconocida.
Este caso, uno de los raros ejemplos de asesina serial femenina con motivación sexual explícita, ha inspirado podcasts, documentales y hasta una banda de rock belga. Sin embargo, persisten controversias: las fuentes primarias son escasas, con discrepancias sobre el origen del culto, los elementos religiosos y la veracidad de detalles como las orgías pedófilas, basados en reportes periodísticos de la época y testimonios tardíos.
