Por Pablo Cabañas Díaz
Netflix estrenó el documental: Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero, dirigido por María José Cuevas y producido por Laura Woldenberg e Ivonne Gutiérrez. Cuevas, conocida por Bellas de noche (2016) y su capacidad para explorar los pliegues de la memoria y el espectáculo, emprende aquí un viaje que va más allá de la nostalgia. No se trata únicamente de rescatar imágenes inéditas —que las hay, y son extraordinarias—, sino de mostrar el sistema solar que giraba alrededor de Juan Gabriel: su talento como fuerza vital, su vulnerabilidad como motor creativo y su dolor como materia prima de una obra que hoy forma parte del ADN sentimental de México.
El mayor hallazgo de la serie reside en su fuente: el archivo personal del artista, cedido por su familia. Grabaciones caseras, videos en Super 8, entrevistas registradas por él mismo desde los años setenta, y fragmentos íntimos donde se revela no al ídolo de lentejuelas, sino al hombre que reflexiona sobre la fama, la soledad y la necesidad de amar.
Desde su infancia en Parácuaro y sus primeros años en Ciudad Juárez, Alberto Aguilera Valadez entendió que la pobreza podía ser destino o desafío. Eligió lo segundo. El documental reconstruye ese tránsito con material visual que vibra entre el archivo y la leyenda: el joven que canta en cabarets, el compositor que escribe de madrugada, el hombre que se inventa un personaje para sobrevivir en un país donde la diferencia aún se castiga.
Ser Juan Gabriel fue su estrategia y su condena. La serie se detiene en ese punto con un respeto que no evita la tensión. La dualidad entre el genio público y el hombre privado atraviesa toda la narrativa. El artista que llenó estadios y rompió récords fue también aquel que, en silencio, soportó las presiones de la fama, la censura mediática y la vigilancia de una sociedad que celebraba su música pero juzgaba su libertad.
Con Debo, puedo y quiero, se ofrece una reflexión sobre cómo la cultura mexicana narra su memoria. Como sucede con los grandes artistas populares, su figura trasciende el tiempo y el juicio moral. En él, como escribió Octavio Paz, “la herida se convierte en canto”.
Hoy, casi una década después de su muerte, la obra de Juan Gabriel continúa viva, desafiando etiquetas, convenciones y generaciones. En cada palabra, en cada gesto, resuena la afirmación que da título al documental: debo, puedo y quiero. Tres verbos que resumen no solo una vida, sino una filosofía entera de resistencia y creación.
