OTRAS INQUISICIONES: Grandes maestros: Fernando Wagner

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Pablo Cabañas Díaz.

Fernando Wagner (1906 1973) estudió en la Universidad de Berlín, llegó a México en 1930 para trabajar en la Casa Wagner, fundada por su abuelo en 1851, y se nacionalizó mexicano. Obtuvo el grado de maestro en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue profesor de alemán en la Escuela Nacional Preparatoria en 1932, en la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y en la Escuela Superior de Guerra. En 1934 inició su curso de práctica teatral en la Facultad de Filosofía y Letras (FFL). En 1949 el Departamento de Letras de esa Facultad  que creó la sección de teatro, en que fueron profesores Rodolfo Usigli, Enrique Ruelas y Fernando Wagner, quien daba la cátedra Técnica Teatral Superior. Wagner, se hizo cargo del Departamento de Arte Dramático, de 1959 a 1966.

Wagner dirigió, para estrenos o reposiciones, piezas dramáticas de autores mexicanos, entre  las que estaban: Los Fernández de Peralvillo de Juan Manuel Durán y Casahonda en 1952. Su trabajo de dirección también estuvo en la ópera nacional en 1943. Colaboró para la televisión mexicana desde 1951 y fue uno de los pioneros del teleteatros y de las telenovelas en México.

Como director de escena, de teatro experimental y comercial realizó montajes de piezas de autores mexicanos como Emilio Carballido, Xavier Villaurrutia, Wilberto Cantón, Rafael Solana, Luis G. Basurto, entre otros. Promovido por el  Instituto Nacional de las Bellas Artes y Luis G. Basurto entre 1961 y 1962 .

Según Wagner, tres factores integran el teatro: el público, el actor y el autor teatral. Si uno de estos tres factores es más débil que los demás, se produce un desequilibrio que amenaza seriamente la labor artística del teatro. De ahí proviene, en realidad, toda crisis teatral: de la deficiencia o ausencia de uno de esos tres factores. Este mismo fenómeno observamos todos los días en los mítines o en las asambleas de carácter político, en donde tanto las personas cultas como las incultas pierden igualmente su capacidad crítica, siempre que el orador sepa cautivar a su auditorio o —en el caso del teatro— que la representación logre ilusionar al público.

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