OTRAS INQUISICIONES: El Oro de Moscú

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(Segunda y última parte)

Por Pablo Cabañas Díaz

En las páginas más oscuras de la Guerra Civil Española, cuando Madrid temblaba bajo el avance de las tropas sublevadas y el gobierno republicano se encontraba aislado por el cinismo del Pacto de No Intervención, se tomó una decisión que aún hoy enciende pasiones y alimenta leyendas. Se trató del traslado de 510 toneladas de oro —el 72,6 % de las reservas del Banco de España— hacia la Unión Soviética. No fue un robo, ni un regalo caprichoso a Stalin, como la propaganda franquista quiso hacernos creer durante décadas. Fue, en realidad, un acto desesperado de supervivencia en un mundo que había cerrado las puertas a la República.

España contaba entonces con la cuarta reserva aurífera más importante del planeta: unas 708 toneladas custodiadas en las bóvedas madrileñas. Con el cerco cerrándose, el presidente Francisco Largo Caballero y su ministro de Hacienda, Juan Negrín, firmaron el 13 de septiembre de 1936 un decreto reservado —aprobado por el Consejo de Ministros y rubricado por Manuel Azaña— que autorizaba el traslado del tesoro “al lugar que se estimase de mayor seguridad”. La URSS, único país dispuesto a vender armas masivas en aquel bloqueo occidental, se convirtió en el destino inevitable.

El operativo se llevó a cabo en secreto militar: tren de Madrid a Cartagena en octubre de 1936, embarque en cuatro buques soviéticos —Kim, Kursk, Nevá y Volgolés— rumbo a Odesa, y de allí a Moscú bajo la vigilancia de la NKVD. Valorado en alrededor de 518 millones de dólares de la época, el oro se vendió progresivamente entre 1937 y 1938 para pagar tanques T-26, aviones, artillería y municiones. El coste total de la ayuda soviética ronda los 750 millones de dólares, similar al que Alemania e Italia prestaron a Franco.

El régimen vencedor convirtió el episodio en arma propagandística: “robo” o “regalo” de Negrín a Stalin, traición comunista, sumisión a Moscú. La frase “Oro de Moscú” se instaló en la posguerra como sinónimo de expolio y corrupción, y sirvió incluso en la Guerra Fría para descalificar a cualquier izquierdista como “a sueldo de Moscú”.

Sin embargo, la apertura de archivos soviéticos en 1991, junto con documentos del Banco de España y el “dossier Negrín” —entregado por su hijo Rómulo al régimen en 1956, con 168 piezas de contabilidad, correspondencia y protocolos—, ha desmontado el mito con rigor implacable. El oro se entregó en depósito, no como donación; se gastó íntegramente en la guerra, con comisiones altas, sobreprecios y manipulación de tipos de cambio por parte soviética (hasta 51 millones de dólares adicionales, según algunas estimaciones); las operaciones fueron aprobadas por el Consejo de Ministros y las Cortes. El acta de recepción en Moscú (febrero de 1937), firmada por Marcelino Pascua, Grigori Grinkó y N. N. Krestinski, detalla 7.800 cajas de monedas y lingotes. La última carta de Negrín, del 8 de abril de 1938, confirma el agotamiento total. El remanente —193 toneladas— fue a Francia, el “Oro de París”, convertido en divisas.

La historiografía moderna, lejos de las pasiones políticas, coincide en que no hubo robo ni regalo, sino una operación costosa —marcada por abusos soviéticos— pero legal y pragmática. Permitió prolongar la resistencia republicana más allá de lo imaginable sin aquellos suministros.

Entre los autores que han iluminado este laberinto destacan Ángel Viñas, el más prolífico y documentado con fuentes primarias soviéticas y españolas. Su obra pionera El oro de Moscú: alfa y omega de un mito franquista (1979, Grijalbo) inició la desmitificación, y culmina en Oro, guerra, diplomacia: la República española en tiempos de Stalin (2023, Crítica), considerada la síntesis definitiva con nueva evidencia de archivos rusos. Viñas ve en la decisión un realismo trágico ante el aislamiento internacional. Pablo Martín-Aceña, en El oro de Moscú y el oro de Berlín: finanzas y expolio en tiempos de guerra (2001, Taurus; reed. 2012), compara con equilibrio las operaciones republicanas y franquistas. Francisco Olaya Morales, en El oro de Negrín (1990), mantiene una crítica dura y acusa a Negrín de mala gestión o expolio.

Otros textos contextualizan el episodio: La economía de la guerra civil (2006, Marcial Pons), coeditado por Martín-Aceña y Elena Martínez Ruiz. Todos se sustentan en el Archivo Histórico del Banco de España, protocolos bilaterales y el dossier Negrín.

El oro no regresó jamás. Se evaporó en el torbellino bélico, dejando una herida económica en la España de posguerra y un mito que persiste más en narrativas políticas que en la investigación seria. Junto al tesoro del yate Vita —enviado a México en 1939 por el mismo Negrín para sostener el exilio—, alimenta debates sobre la República, el comunismo y la gestión del patrimonio en crisis. En última instancia, fue el símbolo de una República asediada que, al intentar salvarse, se entregó a manos que nunca devolvieron lo recibido. La historia, cuando se escribe con documentos y no con rencores, termina por desarmar los mitos más persistentes

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