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Pablo Cabañas Díaz

Durante su campaña a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto aseguraba que en su sexenio gobernaría “un nuevo PRI”. Como presidente en una intensa campaña publicitaria sin precedente inspirada en la frase “Mover a México”, se presentó al PRI como un partido que había dejado atrás la sombra que siempre lo ha perseguido: la corrupción y la impunidad. Pero la realidad se impuso: el nuevo PRI mostró de nueva cuenta sus vieja prácticas, solo que esta vez se habían perfeccionado. César Duarte es un ejemplo de ese PRI renovado, que Peña Nieto llamó “nuevo” pero que fue más brutal en sus excesos de corrupción  que el de antaño.

En el caso de César Duarte la prensa de Chihuahua y en especial el periodista Alejandro Páez Varela realizaron un puntual retrato de los excesos de este exgobernador. Narra Páez Varela, como en los últimos días de su mandato se acrecentó su afición por la bebida. Primero ordenó que sacaran al personal del segundo piso del Palacio de Gobierno y, de acuerdo con testimonios, dejó únicamente gente de su confianza; a los de su equipo cercano. Luego se encerró aparentemente a beber en su oficina. Fue una encerrona que duro de agosto a octubre de 2016, en la que tuvo que enfrentar el horror de haber perdido la elección.

En esos meses intentó borrar las huellas del mayor saqueo en la historia de Chihuahua, y por otra parte, se dedicó a robar lo que quedaba a su alcance. En la prensa de Chihuahua se documenta como salieron cajas con documentos, carpetas y discos duros. A la par, que fueron sustraídos del Palacio de Gobierno los cuadros que varias administraciones acumularon durante décadas. Incluso los bustos de bronce, de los que dejaron sólo los pedestales de madera. Duarte hurto cientos de vasijas de Mata Ortiz -cotizadas entre 3 y 5 mil dólares por pieza-y cinco mil libros de una edición de lujo que mandó imprimir como regalos personales.  Se robo todo lo que había: platos, las cucharas, las tazas, los cuchillos, los ceniceros. Incluso la vajilla completa que los distintos gobiernos utilizaron en los banquetes oficiales para invitados especiales.

Paéz Varela narra un hecho que pinta el tamaño del hurto cuando Duarte se lleva a su casa una Bandera Nacional de hilo de oro que estaba en la oficina principal, la del Gobernador de Chihuahua. Duarte la sustituyó por otra, de hilo simple, apenas bordada, que es la que recibió al Gobernador Javier Corral Jurado. El periodista menciona como solo dejaron los clavos de los cuadros que no se los llevaron. Cada uno de esos clavos mudos, sin embargo, sirvió para contabilizar el tamaño del saqueo; cada uno habla de un cuadro, una obra de arte que se ha perdido quizás para siempre.

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