OTRAS INQUISICIONES: “El México de mis recuerdos”

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Por Pablo Cabañas Díaz

 

En 1894, el geógrafo y cronista Antonio García Cubas publicó “El México de mis recuerdos”, una obra que se sitúa entre la autobiografía, la crónica costumbrista y el ensayo histórico. A través de sus páginas, el autor nos conduce por una Ciudad de México que hoy solo sobrevive en fragmentos: aquella de los léperos, los organilleros, los aguadores y las pulquerías. Pero más allá de la descripción minuciosa de las calles y personajes, lo que resalta en esta obra es el tono nostálgico con que García Cubas observa el paso del tiempo.

 

La nostalgia no es solo una emoción; puede ser también una forma de resistencia. En su libro, García Cubas no esconde su desencanto ante los cambios acelerados del México moderno. La industrialización, los ferrocarriles, la urbanización desordenada: todo parece haber desdibujado la imagen de la ciudad que él conoció en su juventud, durante las décadas de 1830 a 1860. En su narrativa, hay una idealización evidente del pasado, pero también una crítica implícita a la pérdida de identidad provocada por el “progreso”.

 

Hoy, a más de un siglo de distancia, “El México de mis recuerdos” sigue interpelando al lector. ¿Qué ciudad recordamos cuando pensamos en nuestro propio México? ¿Cuáles de nuestras costumbres actuales sobrevivirán en la memoria de quienes vendrán después? García Cubas ofrece respuestas desde su tiempo, pero también nos deja preguntas abiertas que siguen teniendo vigencia. Porque cada generación construye su nostalgia, y en ella se refleja tanto lo que se fue como lo que desearíamos conservar.

 

A diferencia de los relatos oficiales que glorifican héroes y fechas patrias, esta obra recoge los detalles que conforman la vida común: el bullicio del mercado, la rutina escolar, las vestimentas, los juegos infantiles. Son esas pequeñas escenas las que, al ser recordadas, dotan de humanidad a la historia. En ese sentido, la mirada de García Cubas resulta valiosa no por objetiva, sino por profundamente personal.

 

Tal vez lo más inquietante de “El México de mis recuerdos” sea su capacidad para hacernos reflexionar sobre nuestro presente desde el pasado. Si él sentía que su ciudad se le escapaba entre los dedos, ¿qué sentimos nosotros ante la transformación vertiginosa de nuestras propias calles, costumbres y lenguajes? La obra, al final, no es solo un libro sobre el ayer, sino una advertencia sutil: no olvidar que el progreso, cuando arrasa sin memoria, puede dejar detrás un país irreconocible.

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