OTRAS INQUISICIONES: Arte fúnebre

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Pablo Cabañas Díaz

Las honras fúnebres en honor de los grandes hombres surgieron y se desarrollaron en la Grecia clásica y la república romana, estableciendo referentes que fueron recuperados durante el Renacimiento. Las honras fúnebres de cada monarca devinieron en una ceremonia capital en el espectáculo de la representación del poder, y aun más tratándose de un sistema hereditario. Cada fallecimiento de un rey implicaba la subida al trono de otro miembro de la dinastía. Para garantizar que la transición de uno al otro en el trono se efectuaba sin dificultades y que la lealtad de todos los reinos, ciudades y villas del imperio al príncipe heredero no corría peligro, un enorme aparato de propaganda se ponía en marcha en cada ocasión, siendo sus principales elementos los ritos funerarios, los túmulos arquitectónicos y los programas iconográficos que decoraban espacios y estructuras efímeras luctuosas, en cada una de las miles de exequias que se organizaban en todos los templos del imperio.

 

Las ceremonias luctuosas  fueron una verdadera  fuente de inspiración para la creació de  imágenes y textos.  En la sociedad virreinal  se escribieron cientos de páginas en las que la muerte era la protagonista. Además las pintores de la época contribuyeron a cimentar la cultura fúnebre y a divulgar sus imágenes.

 

Cada vez que fallecía un monarca –o una reina, o un príncipe– se organizaban ceremonias mortuorias en honor del personaje fallecido. Estas solemnidades, impulsadas habitualmente por el virrey tenía  como marco la Catedral de la ciudad de México, capital del virreinato. El interés que ofrecían  estas exequias catedralicias por encima de otras es evidente: a ellas asistía la corte virreinal y los intelectuales y los artistas más destacados y, evidentemente, los presupuestos para estas ceremonias pública fueron  un apoyo invaluable para el sustento de  los músicos, pintores y escritores.

 

Tras cada homenaje las estructuras arquitectónicas diseñadas y levantadas para la ocasión eran desmontadas , olvidadas, o en su caso  destruidas. Algunas pervivían un tiempo siendo reutilizadas en celebraciones posteriores, pero conforme el ciclo llegaba a su fin prácticamente todas desaparecen, hasta el punto de que las obras conservadas son escasas, y de éstas algunas son sólo versiones rehechas durante el siglo XIX .Entre  las obras conservadas de lo que fueron las manifestaciones artísticas de la gran fiesta barroca en el mundo hispánico, destaca la conservación de dos piras mexicanas anónimas: el armazón del convento de El Carmen, construido en madera y pintado al óleo en el siglo XVIII  que se encuentra en el  Museo de Bellas Artes de Toluca, y la pira de Santa Prisca, en Taxco, Guerrero pintada al temple sobre tela en una fecha indeterminada que podemos ubicar entre los siglos XVIII y XIX.

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