martes, abril 23, 2024

Los reinos de Hiquíngari, Hirepan y Tanganxoán I

Luis Alberto García / Pátzcuaro, Michoacán

* La Relación de Michoacán de fray Jerónimo de Alcalá.
* Es la más valiosa fuente histórica sobre su pasado.
* Resistencia a los ataques e invasiones de los mexicas.
* Axayácatl propició la unificación de tres señoríos.
* Sometimiento sin oposición a la conquista española.
* Nuño de Guzmán, saqueador y destructor de una cultura.

Con el viento templado que sopla sobre la superficie azulada el lago de Pátzcuaro y un sol mañanero que entibia la explanada del complejo arqueológico de las yácatas de Ihuatzio cercanas a Tzintzuntzan, el doctor Gabriel García Romero hace otras revelaciones.
Refiere que, indudablemente, la más valiosa fuente histórica acerca de los purhépechas es la segunda parte de la Relación de Michoacán -la primera se extravió y nada se supo de ella- escrita alrededor entre 1535 y 1540 por fray Jerónimo de Alcalá por órdenes del virrey Antonio de Mendoza.
Basado en ese hecho, el cronista destaca que el mayor personaje en la historia de los purhépechas, el rey Tariácuri (“Sacerdote del Viento”) nacido en el siglo XVI, símil de Topíltzin Quetzalcóatl, mandó sobre un pueblo dominador que se consolidó como un imperio poderoso, con influencias que se expandieron hacia otros territorios mesoamericanos.
Al final de su vida, Tariácuri dividió militar, política y administrativamente su imperio en tres reinos, uno de ellos resguardado por su hijo Hiquíngari y los otros por sus dos sobrinos, Hirepan y Tangaxoán.
Posteriormente Axayácatl, emperador de los mexicas, invadió el imperio purhé, lo que llevó a que se unieran los tres reinos hasta entonces divididos en uno solo, con Tanganxoán I como irecha que reunificó y logró expulsar finalmente a los de Tenochtitlán de los dominios de los purhépechas.
Sin embargo, los conflictos entre nahuas y purhépechas no terminarían, ya que después de la derrota de los mexicas comenzaría otro enfrentamiento bélico que los historiadores han llamado la “guerra del salitre”.
Después de la llegada de los españoles, el irecha (“señor de las innumerables casas”) o señor michoacano Tangaxoán II Tzintzicha, sin ofrecer resistencia se sometió en 1522 ante Hernán Cortés en su residencia del sur de Tenochtitlán, contemporizó con Cristóbal de Olid para salvar a su gente y así creer que podría negociar un tratado de paz.
En 1530 el gobernador Nuño de Guzmán -que también se desempeñaba como presidente de la Primera Audiencia de la Nueva España-, arrasó con la región, destruyó templos, saqueó tumbas búsqueda de metales preciosos en los centros religiosos sin encontrarlos, sembrando muerte y desolación por donde pasaba.
Asimismo, ese año, en Tzintzuntzan mandó asesinar a Tangaxoán II Tzintzicha, después de someterlo a un juicio en el que se le acusó de dar muerte a dos españoles, robar a la Corona, mantener oculta su antigua religión y alentar la desobediencia.
Tales circunstancias provocaron un levantamiento que fue sofocado, luego de que los grupos indígenas huyeran y ocurrieran diversos episodios de violencia, situación que movió a la Corona a enviar como visitador a Vasco de Quiroga, oidor y posteriormente obispo.
En La conquista divina de Michoacán (FCE – Cuadernos de la Gaceta UNAM, México 1984), Jean-Marie Gustave Le Clézio recuerda que fue el Tata Vasco quien logró establecer un orden colonial humanitario y de respeto, además de respaldar y favorecer la continuidad de los remanentes de la cultura purhépecha.
A él se atribuye la enseñanza de diversos oficios, las especializaciones artesanales de cada pueblo y otras tradiciones con influencias españolas que permanecen hasta hoy, y ser recordado como el protector y benefactor de los indios, inspirándose en la Utopia de Tomás Moro y así aspirar a crear una sociedad más justa en armonía con la naturaleza en Santa Fe de la Laguna; pero en medio de la opresión colonial.
Existe una estatua monumental erigida en su memoria y recuerdo en el centro de la Plaza Grande de Pátzcuaro, la única en América Latina que no tiene un templo religioso por ninguno de sus cuatro costados: los más cercanos son el Sagrario y la parroquia de San Juan de Dios, donde se fundaría un hospital por cuenta de los franciscanos.
Durante la época colonial, el territorio purhépecha fue dividido en jurisdicciones gobernadas por alcaldes mayores, dependientes del virreinato de la Nueva España y, desde el punto de vista eclesiástico, la mayor parte de la provincia quedó dentro del obispado de Mechuacan.
Como un hecho poco conocido, algunos purhépechas participaron en la colonización y poblamiento del norte de la Nueva España y de las regiones deshabitadas del actual Bajío, para aprovechar al máximo sus tierras fértiles y su agua abundante.
Se debe tener en cuenta que, una parte de lo que hoy son Guanajuato, Querétaro y Jalisco perteneció en esos tiempos al imperio purhépecha, cuya capital fue Tzintzuntzan, cercana al lago de Pátzcuaro, un “pedazo del cielo”.
Rocío Diaz García, bisnieta del doctor Gabriel García Romero -antiguo director del hospital civil de la población-, definió así esos hermosísimos parajes, segura de saber lo que dice, como originaria de esa histórica localidad michoacana.
Pátzcuaro -junto con Tzintzuntzan- está entre los grandes centros políticos y religiosos en la era fundacional del imperio purhépecha, célebre por su lago y puerta de entrada a la meseta umbrosa y fría que tiene cerca de sus orillas al Tzirate, el monte de perfil azul, vigilante de que la historia siga su curso inapelable.

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