Los aliados a las vencidas

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Federico Berrueto
La soberbia moral puede mover montañas (imaginarias), pero no emprender negociaciones fructíferas. El régimen político pretende depurarse a partir de la discutible premisa de superioridad ideológica y, para ello, precisa reducir la influencia de sus socios del PT y del PVEM, en su perspectiva, poco honorables. Si Morena hubiera competido sin coalición en 2024, habría alcanzado 49% de las curules; es decir, no habría tenido números ni siquiera para aprobar el presupuesto. La interpretación amañada de la Constitución y la concurrencia de sus socios permitieron al régimen político hacerse de una sobrada mayoría calificada, con la cual ha podido avanzar en la construcción de un régimen autocrático.
Por eso Morena pretende cambiar las reglas para la integración de las Cámaras federales y establecer la sobrerrepresentación de la minoría mayor, de modo que pueda alcanzar los asientos suficientes sin tener que “subir al coche” a socios incómodos. De eso se trata la reforma política propuesta. No pretende que todos los legisladores sean votados de manera directa para eliminar la decisión discrecional de las dirigencias; si así fuera, se habrían incorporado elecciones primarias para seleccionar candidatos. Mucho menos se trata de reducir el costo político: el despilfarro y el desorden del régimen vuelven ese argumento tan ridículo como risible. El huachicol fiscal y el contrabando de combustible representan un costo que daría para financiar cien años de procesos electorales.
Los socios se conocen bien y entre ellos no hay engaño. Ni la austeridad ni la democracia están de por medio. Es un tema de poder y, sí, efectivamente, subyace la idea del partido histórico, del único representante del pueblo o de la nación, una reminiscencia de corte fascista. Tienen razón los publicistas de Morena cuando afirman que se trata de rehacer la alianza; pero, sin reforma, el proyecto de alejarse del PT y del PVEM para efectos electorales es un grave error, como es la decisión del PAN de competir en solitario.
El PT y el PVEM pueden conceder mucho, como ha sido al votar todas las iniciativas de la presidenta; pero el régimen no puede pedirles que se inmolen en función de Morena. Sheinbaum no se asume electa por una coalición, sino por “el Movimiento”, aludiendo a Morena; incluso anunció que la coalición para 2027 no la verían con ella, sino con Luisa María Alcalde. Los observa con desdén e ingratitud. Si se trata de los suyos, todo es perfecto, como el ridículo espectáculo de los “acordeones” en la elección del Poder Judicial y de la Corte, y la forma en que se resuelven las candidaturas. La trampa y el engaño es normal y regular en Morena, pero está mal y resulta inaceptable en sus aliados partidistas. No es un tema de desconfianza, sino de la más elemental, interesada y grosera inconsistencia.
Los verdes, con largo recorrido y experiencia, han sabido sacar provecho de las reglas del juego, particularmente, de quien mayores posibilidades tiene de ganar. El PT también tiene lo suyo, pero su alianza histórica ha sido con el PRD y con Morena, mientras que los Verdes han transitado por todo el espectro partidario. Ninguno de los actores parte de la ideología o de la ética; son juegos de poder, que el PVEM, mejor que nadie, entiende. Por eso, las admoniciones presidenciales carecen de efecto. De haber un cambio, sería en la medida del Verde, no de Morena ni de la presidenta Sheinbaum.
El PVEM se sabe necesario para Morena. Es absurdo que los estrategas de la presidenta le hagan creer que es un socio prescindible. En 2025 le fue mal a Morena por competir sin el Verde y el PT; más aún en la elección de gobernador en San Luis Potosí el Verde ganó sin Morena y ahora quien perdió pretende imponerle condiciones en la elección de gobernador. En interés propio Morena tendrá que negociar y llegar a acuerdos para suscribir una coalición total en la elección de diputados y en casi todas las elecciones de gobernador. Requiere humildad, algo que no se le da a Luisa María Alcalde, menos a la presidenta Sheinbaum. Transitar con soberbia y desdén hacia el interlocutor aleja cualquier el acuerdo.
En el juego de vencidas entre el PVEM y Morena, los primeros ganan con claridad. No requieren de Morena para ganar San Luis Potosí y como sucedió al PRI en su momento, pueden convertirse en la opción partidista para que muchos morenistas insatisfechos compitan bajo sus siglas o, eventualmente, postulen a un candidato presidencial propio, como Ricardo Salinas Pliego. La soberbia, ciega.

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