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CIUDAD DE MÉXICO, 9 de septiembre.- (AlmomentoMX).- Liev Nikoláievich Tolstói (León Tolstoi), nació en Yasnaia Poliana, el 9 de septiembre de 1828, hace 191 años., hijo del noble propietario y de la acaudalada princesa María Volkonski, Tolstói viviría siempre escindido entre esos dos espacios simbólicos que son la gran urbe y el campo, pues si el primero representaba para él el deleite, el derroche y el lujo de quienes ambicionaban brillar en sociedad, el segundo, por el que sintió devoción, era el lugar del laborioso alumbramiento de sus preclaros sueños literarios.

El muchacho quedó precozmente huérfano, porque su madre falleció a los dos años de haberlo concebido y su padre murió en 1837. Pero el hecho de que después pasara a vivir con dos tías suyas no influyó en su educación, que estuvo durante todo este tiempo al cuidado de varios preceptores masculinos no demasiado exigentes con el joven aristócrata.

En 1843 pasó a la Universidad de Kazán, donde se matriculó en la Facultad de Letras, carrera que abandonó para cursar derecho. Estos cambios, no obstante, hicieron que mejorasen muy poco sus pésimos rendimientos académicos, y probablemente no hubiera coronado nunca con éxito su instrucción de no haber atendido sus examinadores al alto rango de su familia.

Durante algún tiempo viajó por Francia, Alemania, Suiza…, y de allí se trajo las revolucionarias ideas pedagógicas que le moverían a abrir una escuela para pobres y fundar un periódico sobre temas didácticos al que puso por nombre Yasnaia Poliana. La enseñanza en su institución era completamente gratuita, los alumnos podían entrar y salir de clase a su antojo y jamás, por ningún motivo, se procedía al más mínimo castigo. La escuela estaba ubicada en una casa próxima a la que habitaba Tolstoi y la base de la enseñanza era el Antiguo Testamento.

Pronto fue imitada por otras, pero su peligrosa novedad, junto a los ataques del escritor contra la censura y a su reivindicación de la libertad de palabra para todos, incluso para los disidentes políticos, despertó las iras del gobierno, que a los pocos años mandó cerrarla. Era uno de los primeros reveses de su proyecto reformador y uno de los primeros encontronazos con las fuerzas vivas de Rusia, aunque no sería el único. Sus discrepancias con la Iglesia Ortodoxa también se hicieron notorias al negar abiertamente su parafernalia litúrgica, denunciar la inútil profusión de iconos, los enrarecidos ambientes con olor a incienso y la hipocresía y superficialidad de los popes.

Además, cargó contra el ejército basándose en el Sermón de la Montaña y recordando que toda forma de violencia era contraria a las enseñanzas de Jesucristo, con lo que se ganó la enemistad juramentada no sólo de los militares sino del propio zar. Incluso sus propios siervos, a los que concedió la emancipación tras el decreto de febrero de 1861, miraron siempre a Tostoi, hombre tan bondadoso como de temperamento tornadizo, con insuperable suspicacia.

A pesar de ser persona acostumbrada a meditar sobre la muerte, el trágico fallecimiento de su hermano Nicolás, acaecido el 20 de septiembre de 1860, le produjo una extraordinaria conmoción y, al año siguiente, se estableció definitivamente en Yasnaia Poliana. Allá trasladará en 1862 a su flamante esposa Sofía Behrs, hija de un médico de Moscú con quien compartió toda su vida y cuya abnegación y sentido práctico fue el complemento ideal para un hombre abismado en sus propias fantasías.

Sofía era entonces una inocente muchacha de dieciocho años, deslumbrada por aquel experimentado joven de treinta y cuatro que tenía a sus espaldas un pasado aventurero y que además, con imprudente sinceridad, quiso que conociese al detalle sus anteriores locuras y le entregó el diario de su juventud donde daba cuenta de sus escandalosos desafueros y flirteos. Con todo, aquella doncella (que le daría trece hijos) no titubeó ni un momento y aceptó enamorada la proposición de unir sus vidas, contrato que, salvando períodos tormentosos, habría de durar casi medio siglo.

Merced a los cuidados que le prodigaba Sofía en los primeros y felices años de matrimonio, Tolstoi gozó de condiciones óptimas para escribir su asombroso fresco histórico titulado Guerra y paz, la epopeya de la invasión de Rusia por Napoleón en 1812, en la que se recrean nada menos que las vidas de quinientos personajes. El abultado manuscrito fue pacientemente copiado siete veces por la esposa a medida que el escritor corregía; también era ella quien se ocupaba de la educación de los hijos, de presentar a las niñas en sociedad y de cuidar del patrimonio familiar.

La construcción de este monumento literario le reportó inmediatamente fama en Rusia y en Europa, porque fue traducido enseguida a todas las lenguas cultas e influyó notablemente en la narrativa posterior, pero el místico patriarca juzgó siempre que gozar halagadamente de esta celebridad era una nueva forma de pecado, una manera indigna de complacerse en la vanidad y en la soberbia.

Si Guerra y paz había comenzado a publicarse por entregas en la revista El Mensajero Ruso en 1864 y se concluyó en 1869, muchas fueron después las novelas notables que salieron de su prolífica pluma; sus obras completas pueden llenar casi un centenar de volúmenes. La principal de ellas es Ana Karenina (1875-1876), donde se relata una febril pasión adúltera, pero también son impresionantes La sonata a Kreutzer (1890), curiosa condenación del matrimonio, y la que es acaso más patética de todas: La muerte de Iván Ilich (1885).

El día que Tolstói conoció a Nezahualcóyotl

 

No es difícil imaginar una parte del testamento de Nezahualcóyotl traducido en ruso. Lo que parece sorprendente, es que lo haya hecho Tolstói, quien la pasaba en Yásnaia Poliana, a poco menos de 200 kilómetros al sur de Moscú, recopilando sentencias filosóficas de latitudes y épocas distintas. Esa magna obra llevaría el nombre de El camino de la vida. Con el título Aforismos, la traductora Selma Ancira (México, 1956) hace público, por primera vez en español, una selección de textos del volumen original del escritor ruso, publicado póstumamente a finales de 1911.

Editado bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, Aforismos es un conjunto de pensamientos que Tolstói adaptó a su propia voz después de una búsqueda minuciosa de la filosofía universal de todos los tiempos. Es la suma de postulados propios y ajenos que poseen un carácter reflexivo y humano, a través de los cuales propone llevar una vida de bien.

En esta exploración ecuménica, en donde el autor ruso hace a un lado cualquier tendencia ideológica, cita a Buda, Confucio, Lao-Tse; recoge fragmentos del Corán, de los Evangelios, de la filosofía griega y romana; rescata a pensadores y humanistas alemanes, franceses e ingleses, y no se detiene ahí: hace visible parte del testamento del poeta prehispánico Nezahualcóyotl.

Selma Ancira, ganadora del Premio Nacional a la Obra de un Traductor en 2011, cuenta que estaba en la isla sueca de Gotland, durante una estadía del Baltic Center of Writers and Translators, cuando encontró la cita al tlatoani texcocano en uno de los capítulos finales de El camino de la vida, dedicado al tema de la muerte, del también autor de Ana Karénina.

La sorpresa de Ancira la llevó a la necesidad de esclarecer la fuente posible de la que el escritor ruso se sirvió para traducir a Nezahualcóyotl. Desde la isla, la eslavista solicitó ayuda al crítico literario Adolfo Castañón, quien la remitió con el historiador Rodrigo Martínez Baracs. Así empezó una serie de correspondencias que finalizó con el descubrimiento de la cita en un libro de la biblioteca de la finca Yásnaia Poliana, propiedad Tolstói.

Un conde con una vida sencilla

 

Aunque era conde, llevaba una vida sencilla y frugal. Eligió vivir entre campesinos y ejercía el oficio de  zapatero. Creó una escuela para los niños humildes de su zona, editaba sus propios libros de texto y les enseñaba a que respetaran a otros así como a sí mismos.

Fue al finalizar su obra Anna Karérina, que Tolstói entra en una profunda crisis espiritual y en una terrible depresión que lo lleva al borde del suicidio. Necesita desesperadamente encontrar un sentido a su vida. Primero busca en la ciencia y en !a filosofía. Después en la Iglesia ortodoxa, pero queda con todo decepcionado. Entonces, con el fin de conocer también las Sagradas Escrituras aprende hebreo y griego para poder leerlas en sus idiomas originales y llega a la conclusión de que muchas doctrinas eclesiásticas nada tienen que ver con las enseñanzas de Cristo. A partir de ahí escribe obras como Confesión, ¿En qué consiste mi fe?, Crítica a la teología dogmática, El evangelio abreviado y El reino de Dios está en vosotros, obra imprescindible para conocer su pensamiento religioso.

Tolstói acusa a la Iglesia y al Estado del uso en la historia de la violencia para conseguir sus fines. La Iglesia ha pervertido las enseñanzas de Jesús por conciliar dos conceptos totalmente incompatibles: violencia y religión. Y coloca el inicio de esa corrupción cuando se unió al poder estatal en el siglo IV con Constantino. A partir de entonces, sus intereses han sido más terrenales que seguir las enseñanzas de Jesús. Afirma también que la vida de la mayor parte de los hombres es una contradicción, porque se hacen llamar cristianos pero se envía a los jóvenes a luchar en guerras que responden a intereses solo de algunos. Por eso el servicio militar no es cristiano ni natural y quienes siguen de verdad a Cristo deberían rebelarse pacíficamente contra toda esa maquinaria bélica.

Cree también Tolstói, que habría que abolir el orden social de Estados sectarios, no como pretenden los revolucionarios o los anarquistas, sino mediante la resistencia pasiva y un modo de vida basado en los principios cristianos, lo que finalmente conducirá al establecimiento del reino de Dios en la tierra.

Tolstói había recibido una gran influencia de los escritos de Henri David Thoreau, sobre todo de su obra Ensayo sobre la desobediencia civil. A su vez los escritos de Tolstói ejercieron una gran influencia en Mahatma Gandhi con quien mantuvo alguna correspondencia. Toda esa cosmovisión de la no violencia tuvo una gran influencia en los movimientos pacifistas de todo el mundo.

Mahatma Gandhi, quien leyó algunos de sus escritos, escribió:

“‘El reino de Dios está en vosotros‘ me abrumó. Me marcó para siempre. Comprender su pensamiento independiente, su profunda moralidad y la veracidad de este testimonio, hizo que todos los libros que antes me había dado Mr. Costes me resultaran insignificantes.– Authobiography. The story of my experiments with Truth, Mohandas K. Gandhi. Dover publications, Inc., New York, 1983.

Prescindiendo en si se puede compartir o no todos los planteamientos de Tolstói, no cabe duda de que lo que más sobresale en él es su deseo ardiente de entender y vivir según el Evangelio de Jesús de Nazaret. Aunque reconoce que hacerlo al cien por cien no es posible, solo el esfuerzo constante en llevarlo a cabo es ya un gran logro

Algo de su pensamiento religioso

 

A diferencia de la fraternidad positivista, comunista y socialista, para la concepción cristiana del mundo, el amor no es una necesidad, ni se concentra en nada, sino que es un rasgo esencial del alma humana. El hombre ama no porque le sea ventajoso amar a éste o a aquellos, sino porque el amor es la esencia de su alma, porque no puede no amar.

“La doctrina cristiana le indica al hombre que la esencia de su alma es el amor, que su dicha no procede de amar a tal o a cual, sino de amar al principio de todo, a Dios, al que reconoce en su interior mediante el amor, y por ello ama a todo el mundo y a todas las cosas”.

“No solamente hace mucho que hay conciencia de la incompatibilidad entre cristianismo, la violencia y la guerra, sino que esa incompatibilidad hace tiempo que fue demostrada de manera clara e inequívoca, y solo cabe sorprenderse de que la Iglesia haya propugnado y siga propugnando esta conjunción imposible entre doctrina cristiana y violencia”.

“Creemos que la ley del talión del Antiguo Testamento, ‘Ojo por ojo, diente por diente’, fue abolida por Jesucristo. Conforme al Nuevo Testamento, todos sus discípulos han predicado el perdón al enemigo en vez de la venganza, en todos los casos y sin excepción alguna… la verdadera seguridad se encuentra en la bondad, en la paciencia infinita y en la misericordia… creemos en la profecía de que llegará un tiempo en el que las espadas se hagan arados y de las lanzas, hoces, y debemos contribuir a esta causa con todas nuestras fuerzas, sin demora alguna”. – Declaración de los principios adoptados por la sociedad para la paz en el mundo, Boston, 1838. Citado por León Tolstói en el “El reino de Dios está en vosotros“, Kairós, 2009.

“Hay personas -cientos de miles de cuáqueros, menonitas, nuestros dujobori y molocanes, y otras personas que no pertenecen a ninguna secta determinada- que consideran que la violencia (y por tanto el servicio militar) es incompatible con el cristianismo, y por ello cada año en Rusia hay hombres que son llamados a filas que se niegan a realizar el servicio militar debido a sus convicciones religiosas… conozco el caso de un hombre que se negó a realizar el servicio militar en Moscú en 1884, y a los dos meses de su negativa, se abrió un expediente voluminoso… Normalmente envían al rebelde a que visite un sacerdote, el cual, siempre -y para su vergüenza-, trata de hacerle cambiar de parecer”.

“Cristo es un reformador que desmoronó los antiguos fundamentos de la vida y nos proporcionó unos nuevos, y cuya reforma aún no se ha llevado a cabo y todavía sigue vigente”.

“En vez de dar un conjunto de normas, tal y como habían hecho las confesiones anteriores, esta doctrina únicamente expuso un modelo basado en la perfección interior, en la verdad y en el amor encarnados por Cristo”.

“La herejía es una manifestación que hace avanzar a la Iglesia, es un intento de desmoronar las entumecidas aseveraciones de la Iglesia, un intento por comprender vivamente la doctrina. Cualquier paso que se ha avanzado en la comprensión y el cumplimiento de la doctrina ha sido dado por herejes; Tertuliano, Orígenes, Agustín, Ligero, Han Hus, Chelcicky: todos ellos fueron herejes, y no podría haber sido de otro modo”.

“El hombre con una concepción divina reconoce la vida no en su individualidad ni en el conjunto de individuos (familia, clan, nación, patria o Estado), sino en la eterna e inmortal fuente de la vida: en Dios; para cumplir la voluntad de Dios sacrifica su dicha personal, familiar y social. El motor de su vida es el amor, y su religión consiste en adorar mediante hechos y verdades el principio de todas las cosas: Dios”.

“Una vida auténtica y sensata es posible para el hombre solo en la medida en que éste pueda ser partícipe no de la familia o del Estado, sino de la fuente de la vida: del Padre; en la medida en que el hombre pueda fundir su vida con la del Padre. Ésta es, indudablemente, la concepción cristiana de la vida, visible en todas las máximas del Evangelio”. – León Tolstói, El reino de Dios está en vosotros, Kairós, 2009.

Un dramático final

 

Al igual que algunos de sus personajes, el final de Tolstoi tampoco estuvo exento de dramatismo y el escritor expiró en condiciones bastante extrañas. Había vivido los últimos años compartiendo casi todo su tiempo con depauperados campesinos, predicando con el ejemplo su doctrina de la pobreza, trabajando como zapatero durante varias horas al día y repartiendo limosna. Muy distanciado de su familia, que no podía comprender estas extravagancias, se abstenía de fumar y de beber alcohol, se alimentaba de vegetales y dormía en un duro catre.

Por último, concibió la idea de terminar sus días en un retiro humilde y el octogenario abandonó su hogar subrepticiamente en la sola compañía de su acólito el doctor Marivetski, que había dejado su rica clientela de la ciudad para seguir los pasos del íntegro novelista. Tras explicar sus razones en una carta a su esposa, partió en la madrugada del 10 de noviembre de 1910 con un pequeño baúl en el que metió su ropa blanca y unos pocos libros.

Durante algunos días nada se supo de los fugitivos, pero el 14 de noviembre Tolstoi fue víctima de un grave ataque pulmonar que lo obligó a detenerse y a buscar refugio en la casa del jefe de estación de Astapovo, donde recibió los cuidados solícitos de la familia de éste. Sofía llegó antes de que falleciera, pero no quiso turbar la paz del moribundo y no entró en la alcoba hasta después del final. Le dijeron, aunque no sabemos si la anciana pudo encontrar consuelo en esa filantropía tan injusta para con ella, que su últimas palabras habían sido: “Amo a muchos.”

En cierto modo, la biografía de León Tolstoi constituye una infatigable exploración de las claves de esa sociedad plural y a menudo cruel que lo rodeaba, por lo que consagró toda su vida a la búsqueda dramática del compromiso más sincero y honesto que podía establecer con ella. Aristócrata refinado y opulento, acabó por definirse paradójicamante como anarquista cristiano, provocando el desconcierto entre los de su clase; creyente convencido de la verdad de los evangelios, mantuvo abiertos enfrentamientos con la Iglesia Ortodoxa y fue excomulgado; promotor de bienintencionadas reformas sociales, no obtuvo el reconocimiento ni la admiración de los radicales ni de los revolucionarios; héroe en la guerra de Crimea, enarboló después la bandera de la mansedumbre y la piedad como las más altas virtudes; y, en fin, discutible y discutido pensador social, nadie le niega hoy haber dado a la imprenta una obra literaria inmensa, una de las mayores de todos los tiempos, donde la epopeya y el lirismo se entreveran y donde la guerra y la paz de los pueblos cobran realidad plásticamente en los lujosos salones y en los campos de batalla, en las ilusiones irreductibles y en los furiosos tormentos del asendereado corazón humano.

AM.MX/fm

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