lunes, mayo 27, 2024

La Unión Soviética ejerció su poder para unificar Alemania

Luis Alberto García / Moscú

*Mijaíl Gorbachov admitió que no había los medios para oponerse.

*La entrada de Helmuth Kohl supuso la derrota de Erich Honecker.

*“Es evidente que Alemania formará parte de la OTAN.

*“Haríamos bien en derribar el muro de Berlín nosotros mismos”.

*Eduard Shevardnadze, el hombre con olfato para lo nuevo.

*La situación en el “reino” soviético quedó fuera de control.

Trece meses antes de la caída del muro de Berlín, en octubre de 1988, el canciller de la República Federal Alemana (RFA), Helmuth Kohl, se presentó en Moscú, cuya aparición en escena supuso la derrota para su homólogo oriental, Erich Honecker, a quien, durante algunos años, Mijaíl Gorbachov había observado con recelo cómo el jefe del Partido Socialista Unificado Alemán (SED).

Honecker dirigía una westpolitik independiente intentando tomar distancia de los soviéticos, y Kohl era lo suficientemente profesional como para aprovechar las crecientes diferencias entre ambos dirigentes comunistas.

Se quejaba constantemente del testarudo de Berlín Este y se presentaba ante Gorbachov como su verdadero homólogo alemán, como demostró en junio de 1989, durante la visita a Bonn del jefe del partido alemán prosoviético. “Honecker no muestra ningún tipo de inclinación hacia los cambios o reformas; pero no haré nada que pueda desestabilizar la situación”, dijo Kohl.

Gorbachov, el gran estratega, escurría el bulto, pues no quedaban ni cinco meses para la cita en Berlín oriental, y es el jueves 5 de octubre de 1989 cuando Anatoli Chernáyev escribe en su diario: “M. S. vuela mañana a la RDA con motivo de su 40 aniversario. No está en absoluto con ánimo para ello. Hoy han salido veinte mil personas a la calle en Dresde. Ayer, otras tantas en Leipzig”.

Y aunque Mijaíl Gorbachov no quiere, finalmente vuela a su destino: Erich Honecker convaleciente de una grave enfermedad, lo recibe en el aeropuerto de Schönefeld con un beso fraternal y en apariencia afectuoso y sincero.

El líder soviético vuelve preocupado a Moscú porque, lo sabe, es imprevisible lo que pueda pasar con la RDA; pero hay una cosa segura: los soviéticos se verán arrastrados por la vorágine, pues tuvieron claro que habría un tema prioritario: la reunificación.

Gorbachov también dejó de confiar en su nuevo amigo, Helmut Kohl, de quien sospecha que llevará las cosas al extremo en la RDA a sus espaldas, percibió la inquietud en Occidente e incluso en los estadounidenses.

“La Unión Soviética va a oficiar de padrino en la reunificación alemana”, protestó Gorbachov ante Willy Brandt, presidente de honor del SPD, cuando éste llegó a Moscú poco después.

El tiempo avanzó mucho más rápido de lo que uno se figuraba detrás de los muros del Kremlin porque, ciertamente, hacía tiempo que los expertos en la cuestión alemana tenían el muro de Berlín en la mira.

¿Pero no es esto innecesario cuando Egon Krenz, sucesor de Honecker, quien entre tanto había sido destituido, se muestra resignado? El 1 de noviembre, en su primera visita al Kremlin tras la toma de posesión del cargo, Krenz declara a Gorbachov lo siguiente:

“Estamos tomando medidas en contra de una irrupción en masa en el muro de Berlín. Habrá policía. Si hubiera intentos de abrirse paso hacia el Oeste, nos encontraríamos en una situación delicada. En ese caso tendríamos que declarar el estado de excepción; pero pienso que no se llegará a tales extremos”.

En Moscú no había seguridad de eso; tampoco querían seguir depositando más su confianza en Krenz, Kriuchkov no tiene aún una respuesta, y entonces interviene el ministro de Asuntos Exteriores, Eduard Shevardnadze, el hombre “con olfato para lo nuevo”, y dice algo que en esa reunión suena monstruoso: “Haríamos bien en derribar el muro de Berlín nosotros mismos”.

Propone una idea que sus colegas encuentran desacertada; sin embargo, Gorbachov da a entender que la RDA ya no se puede sostener sin la ayuda de Bonn; sin embargo, todavía quedan aún seis días hasta que en efecto se abra la frontera, gracias a una torpe maniobra de los propios camaradas germano orientales.

Este antecedente del Politburó moscovita explica quizá por qué entre las cuatro potencias victoriosas de la Segunda Guerra Mundial, es precisamente la Unión Soviética la que acepte con tanta serenidad el dramático desmoronamiento de la autoridad comunista en la RDA, que comienza el histórico 9 de noviembre.

En la hora de la verdad, el 26 de enero de 1990, varios miembros del Politburó y asesores celebran una reunión secreta que se prolonga durante cuatro horas en el edificio del Comité Central, en la Plaza Roja de Moscú, la Krasnaya Ploschad, donde Vladímir Ilich Uliánov y John Reed guardan el reposo eterno.

Kriuchkov, el jefe del KGB, apuntó que se podría descartar al primer ministro de la RDA, Hans Modrow, y al SED, y el primer ministro Rischkov también considera a la RDA irremediablemente perdida.

¿Qué hace entonces? Kriuchkov, experto en cuestiones de infiltración, sugiere, junto con el asesor Yakovlev, que Modrow, el hombre del SED, se coloque como líder del recién fundado SPD de la Alemania Oriental; pero todos saben que ya sólo se puede ejercer influencia a través de Bonn.

Las conversaciones con Kohl ya no versan más que de dinero, puesto que la situación en el “reino” soviético está fuera de control, y sin los créditos procedentes de Occidente, Gorbachov no puede mantenerse a flote.

Sólo en un tema sigue ofreciendo resistencia: no quiere bajo ningún concepto que la Alemania unificada pase a ser miembro de la OTAN, y así, el 4 de mayo de 1990, Chernayev, su mano derecha, le escribe una nota reveladora:

“Mijaíl Sergueiévich: Es evidente que Alemania formará parte de la OTAN. Y nosotros no contamos con medios para oponernos a eso. ¿Y para qué querríamos alcanzar un tren que ya ha salido, si es indudable que ya no podemos saltar hasta la locomotora? Ni los carros blindados, ni los obuses del Ejército emplazado en la línea Oder-Neise, en el Elba o en cualquier otro sitio, tienen ya influencia alguna sobre la seguridad real de la Unión Soviética”.

Y concluye: “Mijaíl Sergueiévich, usted dice que, si se admite a la Alemania unificada en la OTAN, vamos a detener el proceso de Viena y las negociaciones sobre las armas nucleares estratégicas. Pero esto sería un golpe mortal a toda la política del nuevo pensamiento”.

Una versión de la revista alemana “Der Spiegel”, consignó en esos días para la historia, que Gorbachov resistió dos meses, se reunió con Kohl en el Cáucaso, y Moscú perdía en la carrera por la reunificación alemanas; sin embargo y no obstante, triunfó el realismo de Gorbachov, el más inteligente y visionario de los jerarcas que transitaron por el Kremlin, sustituto de la gerontocracia fosilizada en el pasado.

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