Por José Luis Camacho López.- El cubano de Miami y el principal agente de la CIA en México son los encargados de “hacer algo por México” como se los ordena la Doctrina Trump, y con ello cumplir otra etapa expansionista anunciada por el empresario republicano al ocupar desde hace un año, por segunda ocasión el salón Oval de la Casa Blanca.
En ese “hacer algo por México” se encuentra romper uno de los lazos históricos más sólidos entre dos países, México y Cuba.
Marco Rubio, secretario de Estado, y Ronald Johnson, el último procónsul en México tienen esa infame tarea sobre México. Johnson con su más cercana y exitosa experiencia en El Salvador en el gobierno de Nayib Bukele. con más de 20 años de experiencia en espionaje y la adquirida en el ejército de su país, son los méritos como el más conocedor en proyectos dominación e intervención.
Rubio, hijo de inmigrantes cubanos antes de la Revolución Cubana, senador republicano, un burócrata encargado de los programas de asistencia USAID en el exterior, tiene como secretario de Estado y consejero de seguridad nacional, ahora la oportunidad de crecer al lado de un Trump desquiciado, un tipo de narcisista patológico que cree que puede gobernar el planeta.
Para Rubio y Johnson uno de los objetivos centrales es cómo elevar las presiones contra el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum y acorralar la política exterior con la República de Cuba.
La nota editorial del Wall Street Journal es un previo aviso de la amenaza y clave para lo que se cierne sobre el país. “México está actuando como un adversario de Estados Unidos”, dice la nota de este periódico vocero de los intereses geoeconómicos del capitalismo imperial.
Para este diario “Morena, el partido del gobierno mexicano, que bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum ha buscado mantener buenas relaciones con Trump, está emitiendo denuncias estridentes contra las acciones de Trump. Esto revela una verdad fundamental sobre Morena: es amigo de las autocracias del hemisferio occidental y falso amigo de las democracias liberales, incluida Estados Unidos”
A Rubio y a Johnson les favorece el renacimiento de un rabioso anticomunismo semejante al de los años cincuenta y sesenta tanto en conservadoras organizaciones políticas, económicas como religiosas que critican airadamente que el gobierno de la IV Transformación de la República mantenga el apoyo petrolero a la isla socialista, duramente cercada por el bloqueo decretado desde el gobierno de Kennedy.
Las amenazas de intervenciones militares en zonas del país que según Trump están dominadas por las organizaciones del crimen dedicadas al narcotráfico aumentan los grados de presión sobre el gobierno mexicano. Podrían desmontarse y reducirlas a nivel de asesorías e intercambio de entrenamientos, como estaban previstas entre fuerzas militares de los dos países para ser aprobadas por el Senado de la República el lunes 5 de enero, suspendidas por el golpe militar en Venezuela.
Estaba programado que a través de su Comisión de Marina aprobar la presencia en el país de fuerzas especiales de la Marina de Estados Unidos “en ejercicios navales y la salida de elementos de la Armada mexicana a Camp Shelby, Mississippi, para un ejercicio similar”. La Jornada, 6 de enero de 2026.
En el mismo marco de cooperación y colaboración con Trump, que manifiesta la presidenta Sheinbaum, este tipo ejercicios de pueden ser una salida a sus ansías de que militares con las barras y las estrellas ocupen zonas del país. Es probable salir al paso de las bravatas de Trump para que este pobre hombre deje de estar triste por “ver lo que le ha pasado a ese país, porque los carteles controlan el país y matan a entre 250.000 y 300.000 personas cada año”. El País, 9 de enero de 2026.
La amenaza real es de mayores dimensiones. A Trump le obsesiona Cuba. Busca coloquar al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum en una posición de un debilitamiento de lo que ha sido la política exterior mexicana desde el siglo pasado con Cuba y el apoyo por solidaridad con el petróleo como símbolo, al pueblo de esa nación, tan cercana a los sentimientos históricos mexicanos.
Lo que más irrita y saca de quicio a Trump es que el gobierno de la presidenta Scheinbaum conserve ese apoyo petrolero a Cuba. Es un acuerdo que tiene su origen en el Pacto de San José , suscrito por los presidentes de México y Venezuela el 3 de agosto de 1980, José López Portillo y Luis Herrera Campins, un Programa de Cooperación Energética para los países de Centroamérica y el Caribe (PCE), con el propósito de atender el consumo petrolero de los países de la región.
La intención de Trump es obligar al gobierno de la presidenta Sheinbaum a dejar de suministrar petróleo a Cuba. ¿Cuál sería su método de intervención? Es el que seguramente estudian y decidirán Rubio y Johnson. ¿Repetirán atajar y secuestrar los buques con petróleo mexicano hacia la isla como lo hicieron con el petróleo venezolano?
El económico parece ser el más viable con un tratado comercial colgado de alfileres.
A nivel interno favorece a Rubio y Johnson que en círculos de poder conservadores mexicanos -que aplaudieron el secuestro de Maduro y su esposa, renazca el anticomunismo, tan feroz y rabioso como el de los cincuenta y sesenta del siglo pasado- reprochen al gobierno de Morena los envíos de petróleo mexicano a una dictadura de un “régimen comunista”.
En diversos círculos de opinión resurgieron también los mismos espíritus anticomunistas de esos años cincuenta del macartismo y de los sesenta cuando México mantuvo sus relaciones con Cuba y se negó a su aislamiento como decretó la Organización de Estados Americanos, por mandato de la Casa Blanca. El presidente Adolfo López Mateos mantuvo una actitud de entereza frente a Washington.
Desde los sesenta la relación de México con Cuba ha provocado que los anticomunistas mexicanos sufran diarreas mentales. No conciben que México mantenga relaciones con un país donde “se comen a los niños”, sea una “dictadura” porque su democracia no es capitalista.
La política exterior mexicana ha sido un sólido dique en dos direcciones. Por un lado, en conservar sus principios de no intervención, autodeterminación de los pueblos, solución pacífica de los conflictos, bajo el lema juarista de “el respeto al derecho ajeno es la paz”. En otra dirección ha sido un baluarte de la defensa de la soberanía mexicana con las amargas y trágicas experiencias del siglo XIX, del siglo XX y ahora en el XXI.
Han sido principios fundamentales para un país como México que en estos momentos están a prueba. Son principios creados a partir de ser una nación arteramente agredida por el imperialismo norteamericano, principios que han compartido gobiernos liberales, neoliberales y hasta los de la derecha de Acción Nacional. Una política históricamente obligada con Cuba para el Movimiento de Regeneración Nacional, una política donde las figuras de Juárez y Cárdenas representan los momentos de los peores agobios para el Estado mexicano.
Seguramente hacen cuentas en el proconsulado sobre el caso de Cuba. Suman las reacciones de la oposición representada por esa alianza fangosa del PRI con el PAN y círculos políticos de opinión que del podrido y añejo anticomunismo, sacan las uñas.
En el marco del discurso de enero de 2025 de Trump, a diferencia de acciones más directas de las emprendidas contra el gobierno de Salvador Allende entre 1970 y 1973, la preparada para México conlleva otros grados de actividad intervencionista. Están más perfeccionadas, más estructuradas y progresivas. Cuentan con información de sus más de 60 agencias desplegadas con diferentes tareas en el país, que les permite conocer todas las zonas territoriales.
Por eso Trump se ufana de que México está controlado por las organizaciones del narcotráfico y con ello se alimentan sus enfermizas obcecaciones de ver lo que quiere ver hacia su frontera sur y al Caribe con la espada desenvainada del destino manifiesto.
