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por Raúl Moreno Wonchee

Cuando muere un personaje, suele ocurrir que alguien refiera algún hecho que lo vincule al difunto para hablar o escribir sobre sí mismo, lo que podría ser válido siempre que tenga el propósito de exaltar la memoria del homenajeado. Valga lo anterior como disculpa pues la muerte del revolucionario cubano Armando Hart  me lleva a recordar que en una visita que hizo a nuestro país en 1992, lo entrevisté para La República, órgano de difusión del PRI que jugaba entonces un interesante papel en la vida del partido. En mi condición de director de aquel semanario le solicité al embajador de Cuba, Abelardo Curbelo,  entrevistar a Hart, entonces ministro de Cultura. Pronto tuvo lugar el encuentro. Su larga trayectoria revolucionaria comenzó en el movimiento estudiantil cuyo antiimperialismo dio sentido revolucionario a la lucha democrática devenida antidictatorial. Fundador y dirigente del Movimiento 26 de Julio, en la clandestinidad, en la sierra y en la cárcel dejó huellas profundas de su coraje y talento. Al triunfo de la Revolución fue ministro de Educación y emprendió la histórica campaña que hizo de Cuba el primer territorio libre de analfabetismo en América, hazaña indeleble. En las siguientes dos décadas, fue clave para hacer del educativo el campo más fértil de la Revolución.  Aquella entrevista fue una larga y apasionada conversación: ya se había colapsado el campo socialista y se estaba desintegrando la Unión Soviética; Cuba entraba en el período especial. Pero Hart estaba seguro de que su patria no se rendiría y México seguiría a su lado. En aquellos días Rosario Green, por iniciativa propia, reunió tres millones de cuadernos y otro tanto de lápices que llevó a la Isla en acto magnífico y representativo de amistad solidaria.

 

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