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Como ocurre cada año, ha dado comienzo el nuevo ciclo escolar pero esta vez en una  realidad educativa renovada por los avances de la reforma que desde su planteamiento original fue considerada la de mayor importancia del paquete reformista con el que arrancó el sexenio. La madre de las reformas, porque sustenta la idea reformadora, la fortalece y tiende a reproducirla pues su génesis recapitula, a querer o no, la de un país cuya evolución democrática todavía responde a un ímpetu social que proviene de una historia revolucionaria. Así, y no obstante que sus propios diseñadores y promotores previeron que sus efectos no serían visibles sino en un plazo más o menos largo, desde su fase inicial ha dado lugar a cambios que ya están incidiendo en la calidad de la enseñanza, en los vínculos de la escuela con la comunidad y en la relaciones del magisterio con el Estado. La gran turbulencia desatada por la reforma correspondió, ni más ni menos, a su profundidad que aunque pareció amenazar intereses colectivos legítimos, en realidad desafió percepciones erráticas que era urgente corregir. Porque no ha sido menor la trascendencia de los esfuerzos por mejorar las instalaciones escolares, dignificar el ejercicio docente y recuperar la rectoría educativa estatal. Y ahora está en marcha la que podría llamarse segunda etapa de la reforma que habrá de actualizar  los programas y métodos de enseñanza así como cargar de futuro los contenidos y alcances de la educación. En esta nueva fase la participación del profesorado será decisiva, tanto más cuanto haya asumido la superación de sus condiciones institucionales que la reforma le ha conferido.

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